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Iniara Iniesta (III)

Con todo lo que pasó el recuerdo de papá y Matilda se desvanece, igual que el perfume. Empapé mi pañuelo con ese olor tan dulce y me lo puse la nariz. La precaria guardia real que me asignó el Capitán apenas si me acompañó hasta las tierras de Don Humberto. No los culpo. Ellos también tienen miedo. El clima está enrarecido.
El pequeño palacio se vislumbra desde lejos. Es imponente, pero por dentro austero y algo renegrido. Siento frío otra vez. Don Humberto tampoco está. Me recibe una mujer de mal talante que dice ser su prima Carlota. Se encuentra en la casa para cuidar mi virtud y no darle motivo a la chusma.
La servidumbre no parece tratarme mejor que los ladrones o la gente del puerto. ¡Cómo no me quedé en América! Hay un grupo de aproximadamente treinta personas afectadas al servicio del palacete y sus inmediaciones.
Me llevan apresuradamente al cuarto que ocuparé hasta que me case. Es inmeso, frío, austero. Acomodo mis cosas como puedo y pido me preparen un baño. Me cuesta desvestirme, mi cuerpo está cansado, al igual que mi mente; demasiadas vivencias negativas. El agua está a punto. Sumerjo mi cuerpo, mis pensamientos vuelan hacia tiempos más halagüeños.
Auspiciada por la prima Carlota, me ofrecen una pequeña recepción, conozco a una docena de personas, pero de Don Humberto ni pistas. Qué lástima, justo hoy estrené el primer vestido de los dieciséis que me regaló mi padre.
La recepción transcurre sin mayores complicaciones. Me tratan como si fuera una joven ignorante. Por mis adentros pienso si tengo que hacerles cambiar de opinión... Mejor no. Que sigan pensando que soy una idiota. Hablo estupideces: Ya está, cumplí con las formalidades.
Esa noche mi descanso no es mejor que el del cuartucho del fortín, aunque las sábanas están limpias. En el desayuno me avisan que Don Humberto ha llegado y desea verme. De repente el corazón me late en los oídos. No es tan mayor como imaginaba, pero sí más petiso. Su tez es aceitunada, debe tener ascendientes árabes, aunque aún a esta altura nadie quiere reconocerlo. Me habla escuetamente, parece que nuestro matrimonio sólo significa un trámite. A todo le digo que sí, es lo que me enseñaron: Obeceder.
En mis sueños de muchacha ingenua siempre imaginé un gran casamiento, estando presente mi padre, mis amigos, Matilda. Un vestido de novia alucinante y un marido devoto. Nada de eso tendré ahora.
El día de la boda amaneció gris. Quizás sea un presagio de lo que se viene. Mientras varias mujeres giran a mi alrededor, yo sólo siento que me incendio. Tengo mucha angustia, qué paradoja, justo el día de mi enlace.
Don Humberto pidió a un obispo que oficiara la ceremonia. Hay unos cuantos presentes. Mi vestido es horrible, lo eligió la prima Carlota. Tiene un gusto espantoso. Escucho como una autómata y sólo digo “acepto”, cuando en realidad me gustaría salir corriendo de la pequeña capilla familiar. Las estatuas me miran espectantes, con ojos muertos y grises como el palacio. La fiesta transcurre lentamente y yo comienzo a ponerme nerviosa por lo que viene después. No me pasa bocado y tengo la sonrisa colgada en mi cara, saludando a desconocidos que no tienen la menor emoción.
La mayoría de los invitados se retira temprano. Con el ambiente político que se vive nadie quiere ser perseguido por ladrones o degollado por algún revolucionario. El fantasma de Bonaparte flota en el ambiente. Muchos se burlan de él, pero todos le temen. Gracias al Señor no se me ocurrió traer los libros de Diderot, pero parece que Smith tampoco es del agrado de los nobles, ahora comienzo a entender por qué.
Los pocos convidados que quedaron estaban demasiado ebrios para pararse. Esto parece ser bastante frecuente en los festejos por estas tierras. La servidumbre ya tiene previstas estas cuestiones, así que de ordinario preparan habitaciones para tan pintorescos huéspedes.
La habitación que ocuparíamos desde hoy en adelante con Don Humberto también estaba preparada, por lo que me limité a subir con una doncella que me ayudó a deshacerme de mi vestido y colocarme un hermoso camisón diseñado por Eulogia. Todo mi cuerpo temblaba y mis manos sudaban frío. Cuando vi aparecer a Don Humberto por la puerta apenas si pude articular palabra, pero no quería que notara la falta total de información que tenía respecto a lo que se venía.
Despidió a la doncella y sin mediar palabra me besó. Y yo, que pocas veces he consumido alcohol tuve ganas de vomitar. Pasó su mano por abajo de mi ropa, me asusté y me hice para atrás. Él se sonrió, se acercó nuevamente, yo estaba tiesa como un mármol. Me llevó a la cama, me recostó, se bajó los pantalones, vino sobre mí y me abrió las piernas... sentí como algo duro ingresaba dentro de mí. Se me caían las lágrimas, pero él parecía no darse cuenta. Me empezó a doler. Él se movía frenéticamente. Le pedí que parara, pero hizo caso omiso. Una vez que terminó se levantó y se fue.
Quedé hecha un ovillo sobre la cama. Ya no me salía el llanto, sólo tenía mi mirada perdida... Cuando despuntó el sol sentí que alguien abría las cortinas del dormitorio. Era su prima Carlota. Me levantó bruscamente de la cama y miró que había sangre. Yo me asusté y pedí los implementos para higienizarme. Pensé que me había lastimado, que en fin, estaba enferma y me moriría... pero no, parece que esto es cosa común después de que una entrega su virginidad.

Texto agregado el 08-08-2014, y leído por 89 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
08-08-2014 "En mis sueños de muchacha ingenua siempre imaginé un gran casamiento, estando presente mi padre, mis amigos, Matilda. Un vestido de novia alucinante y un marido devoto. " ¡Qué paradoja! Si hasta se siente una como la doncella ultrajada. Hermosa narrativa, triste su intriga. Sigo. SOFIAMA
 
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