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Inicio / Cuenteros Locales / cesare7777 / Don Aurelio

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Lo conocí de casualidad, perdido entre mesas y botellas de cerveza. En uno de los bares más concurridos de la vieja ciudad. Estaba sentado solo, fumando unos cigarrillos negros y bebiendo de a pocos una botella de pisco acholado. No encajaba entre ese mar de gente que gritaba y gesticulaba ahogados en alcohol. Miraba a la gente con un cierto aire de conmiseración y simpatía, pero se sentía desde lejos una aire de superioridad. A ratos escribía absorto y sin pausa en un viejo cuaderno. Y luego se detenía disfrutando de un trago y de su cigarrillo. Nada parecía perturbarlo. Tal vez acepto que me sentara en su mesa- pues no había otro lugar libre- por la cantidad de libros que llevaba conmigo o por mi aire de joven imberbe, no lo sé. Después de aceptarle un par de copas, le pregunte si le gustaba leer, el me miro entre burlón y divertido y me contesto algo que nunca olvidaré: “Amiguito-me dijo-yo no leo libros, yo leo bibliotecas”. Y luego entre trago y trago me empezó a contar su historia:
Había heredado una biblioteca de su bisabuelo, que luego se abuelo y su padre incrementaron hasta poseer unos 20 mil ejemplares. Luego en virtud de regalos, préstamos y compras hechas en librerías de segunda mano había logrado incrementar su biblioteca en más de 40 mil libros. Las obras más raras y valiosas, libros de los siglos XVI, XVII y XVIII, las había conseguido de bibliotecas privadas, que los descendientes-jóvenes ajenos a la cultura-remataban al peso, los vendían por kilos a cambio de insignificancias para comprar droga o trago.
Me contaba que de niño, cuando regresaba de la escuela, se iba a biblioteca de su abuelo, allí leía durante largas horas, cuentos, novelas, biografías, historia y todo lo que encontraba. Cuando había terminado de leer todos los libros infantiles continuaba leyendo los otros libros. Su abuelo precisamente le enseñó a leer de una manera diferente al que le habían enseñado en la escuela. Le explico que todo lo que era mera información, pues simplemente no debía detenerse a leer palabra por palabra. Que eso lo dejara atrás, lo que había que encontrar era la idea o ideas que encerraba cada párrafo. Al principio le costó mucho, pero luego de mucha práctica empezó a volar sobre esos textos. Y poco a poco logro leer ese tipo de lecturas a razón de un libro por semana, y luego dos, tres. Hasta que lograba leer un libro diario en cuestión de horas. Pero los otros libros, los de literatura, filosofía o poesía por ejemplo, con estos nuestro voraz lector se deleitaba en saborear cada palabra, giro u expresión. Con ellos iba aprendiendo los conceptos y las palabras nuevas. Con este tipo de libros se tomaba más tiempo. Esos eran libros para leerse con lentitud. Pero además, cuando logro leer hasta dos libros diarios, aplico otra técnica: escogía un tema, digamos todo lo que se refería a la historia de la caballería: entonces reunía 10 o más libros sobre el tema, los mejores y los devoraba en cuestión de dos o tres semanas. De manera que se volvía un experto en la materia. Y aprendió a tomar notas muy breves y sucintas, pues poseía una mente fotográfica, que aquellos brevísimos apuntes que llenaba en decenas de libretas, le servían como una breve referencia y nada más. Pues podía recordar todo con una increíble facilidad.
Don Aurelio había heredado la casa de sus abuelos, era una vieja casona en el centro de la ciudad, cerca al río que recorría la ciudad. Estaba llena de estantes de libros en pasadizos, habitaciones y en cuanto espacio útil existiera.
Pero últimamente lo notaba cansado, y él mismo me confesó una noche que precisamente había consumido más alcohol que de costumbre: “No sé qué hacer Pedrito-me dijo-yo no me he casado ni tengo hijos. No sé qué voy hacer con todos los libros que tengo”. Ambos nos quedamos un largo rato en silencio. Y esa inquietud se quedó en el aíre. Pero fueron varias semanas después, que lo encontré con un talante diferente. Estaba que no cabía en su pellejo. Le pregunte qué es lo que había sucedido. Él me dijo: “Pedrito, ya tengo la respuesta”. Picado por la curiosidad le pregunte qué era aquello. Después de beber un buen trago de pisco me contó. “Mira-me dijo-la vez pasada había decidido deshacerme de muchos libros, la mayor parte de mis antiguos libros de niño, que se habían apolillado porque los había tenido en cajas y decidí sacarlos a la parte posterior de mi casa y prenderles fuego. Cuando en eso, bajo un niño de la barriada que esta por ese sitio. Era un rapazuelo flaco y mal vestido” y luego se quedó un largo rato callado.
-Dígame, don Aurelio, ¿qué pasó? Le pregunté intrigado.
-Pues ese mocoso, sin tener ningún temor al fuego que se había levantado, simplemente se lanzó a rescatar varios libros que todavía no había sido devorados por el fuego, los saco como pudo y luego los apago a punta de pisotones. Y luego cargo con ellos.
-Y qué con eso, don Aurelio, los habrá vendido después.
-Nada de eso, querido Pedrito, no sabes lo que me contó la madre del niño. Ella viene a lavarme la ropa.
-Dígame, don Aurelio.
-Pues, los está usando para enseñar a leer a sus hermanos menores. Ellos son tan pobres que no pueden ir al colegio. Todos ellos ayudan a su padre que es un reciclador de basura.
-Increíble, Don Aurelio.
-Bueno pues, Pedrito, decidí invitar a los niños de esa barriada a venir a mi casa y leer todo lo que quieran. Y verás, ahora me llegan como media docena igual que ese niño y disfrutan de mis libros. Es cierto que se han desaparecido varios de ellos, pero qué más da. La casa antes triste y lúgubre, ahora la llenan esos mocosos con los ojos deslumbrados por la curiosidad y alegría. Me hicieron recordar cómo era yo de niño. Creo que merecen disfrutarlo también. No hay otra forma como puedan acercarse a los libros y eso me hace inmensamente feliz.
-Increíble, don Aurelio.
-Ahora me puedo morir en paz, Pedrito. Vamos sírveme otro trago de este pisco que esta buenazo.

Texto agregado el 02-09-2014, y leído por 89 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
02-09-2014 Un gran cuento, sin duda. La narrativa clara y precisa. Me gustó mucho el símil usado para trasmitir el mensaje: un buen libro es tan importante como la compañía de un niño. Ambos enseñan, cada uno con una estrategia diferente, pero valida en ambos casos. Excelente historia de alta factura literaria y con un invaluable contenido del significado de las cosas y eventos importantes de la vida. Te felicito. Un abrazo full. SOFIAMA
 
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