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Pretender que alguien se conmueva por el crimen de un perrito, en una época donde, glorificados mensajeros de "Dios", cortan cabezas "en vivo" con fines publicitarios, sería un ejercicio inútil.
Vivimos nuestras vidas en un individualismo tal que, uno más o uno menos, (mientras no seamos nosotros o alguien "nuestro") no nos moviliza, insensibles al dolor, nacemos vivimos y morimos, muchas veces violentamente, olvidando la razón y el sentido de nuestra propia existencia.
En honor a Coco y a su "compañera humana" Sandra, va esta, también su historia.


La tribu familiar era el típico exponente de lo que se catalogaría en el futuro como perteneciente a la cultura Auriñaciense en el Paleolítico Superior.
Aún para el período glaciar, era un otoño particularmente frio ese del 31.716 AC.
La ladera norte de los Pirineos era una zona rica en alimentos y proveía no pocas cuevas para refugio. Los mayores de la tribu no recordaban como sus ancestros habían llegado hasta allí, pero tampoco les importaba. El lenguaje como tal, aún no existía y por lo tanto no había historia que trasmitir. Las experiencias se vivían y eran aprendidas por los menores. Entre los integrantes solo había gritos guturales, chillidos y algunos rugidos en imperativo para imponer voluntades o dar órdenes fundamentalmente para procurarse la comida mediante la caza.
El joven de escasos doce años era el tullido de la tribu.
Solo la piedad, poco común de sus parientes, le había permitido sobrevivir. No eran épocas para el ejercicio de la misericordia. Su fea fractura de tibia y peroné, producida al introducir su pie en un pozo, en su primer cacería hacía ya más de tres años, había convertido su pierna derecha en un feo bastón rígido, apenas útil para mantenerse en pie. No podía correr y apenas caminar.
Como todos en la tribu tuvo que ganarse su lugar. En su edad más productiva (la expectativa de vida no superaba los treinta y ocho años) no tuvo más remedio que servir a los demás y cuidar de los niños y mayores.
Pero el joven tenía ambición y disponía de tiempo.
Observaba siempre a sus mayores y aprendió a afilar piedras y a curtir cuero, se volvió diestro en el manejo de las herramientas menores y no pocas veces sorprendía a sus padres a la vuelta de sus cacerías con una nueva punta para sus primitivas lanzas o cuchillos.
Los huesos lo fascinaban, no pocas herramientas había esculpido a partir de ellos. Para su temprana edad el joven ya sabía distinguir calidades, ciertamente los huesos preferidos provenían de los colmillos de marfil del mamut lanudo, pero su pequeña tribu nunca había dado caza a ninguno, solo habían rapiñado sus huesos de osamentas abandonadas.
En una de sus dolorosas traslaciones motivadas por los cambios estacionales, obtuvo una curiosa recompensa. Solo quedaban los restos de una inmensa ave que había alimentado a una cercana manada de lobos.
Rezagado por su discapacidad, se aproximó cautelosamente a la osamenta y recogió un hueso largo que se atrevió a identificar como del ala, lo sorprendió su escaso peso. Rápidamente el joven, apretando los dientes por el dolor, dio alcance a su tribu.
Esa noche, se encontraba al cuidado del fuego, cuando por primera vez lo vio. En realidad fue un presentimiento el que lo obligó a girar su cabeza y se encontró con una figura agazapada y cautelosa. Sus ojos brillaban con el color del fuego. Toda su familia dormía. A punto estuvo de gritar o de arrojarle una roca de las que siempre tenía a su alcance, pero algo lo contuvo. El lobo era particularmente osado o demasiado inconsciente o quizás, pensó "es tan curioso y joven como yo". Por un momento apostó a este ultimo pensamiento y moviéndose lentamente recogió un pedazo de hueso con carne de cabra que había sobrado de la comida y se decidió a acercarse.
Enseguida observó de que se trataba de un animal joven, un lobo gris. El lobezno retrocedió desconfiado caminando hacia atrás pero sin quitarle la vista. El joven se agacho y dejo el alimento sobre una piedra. El lobo se detuvo y mirándolo ladeo su cabeza. El joven sonrió y se retiró unos pasos, luego se sentó y esperó.
El cachorro, casi imitándolo también se sentó en sus cuartos traseros y pacientemente permaneció posando su mirada entre el joven y la comida.
El joven, fingiendo desinterés, recogió su hueso de ave y con su punzón de piedra comenzó a hacerle orificios. Había notado que el hueso del ave era hueco. Solo se distrajo unos instantes y cuando volvió su mirada, el lobezno se retiraba con la comida en su boca.
Al día siguiente descubrió casi por casualidad que soplando por la punta del hueso un lúgubre sonido salía del mismo, pero, si tapaba el orificio que había practicado la noche anterior el sonido cambiaba. Su invento lo tenía totalmente fascinado, al punto que no solo olvidó su experiencia con el lobo, sino que fue sorprendido por este nuevamente a la noche.
La historia se repitió pero esta vez, con su improvisada flauta en la boca esperó sentado a que el cachorro se aproximara a la comida. Ambos se observaban con la comida a mitad de camino. El joven arriesgó a soplar suavemente el hueso. Las orejas del lobezno giraron buscando la fuente de tal sonido, otra vez su cabeza se ladeó, primero a un lado y después al otro. El sonido finalizó y el animal se incorporo cautelosamente olfateando, se aproximo a la comida y se detuvo nuevamente, otra vez el sonido y otra vez la curiosidad reflejadas en las orejas. Finalmente el joven volteo la vista y el lobo tomo la comida, pero esta vez solo se alejó un poco y comenzó a comerla observando al joven. Este volvió a emitir sus extrañas notas monocordes mientras el animal se alimentaba observandolo.
Los encuentros se volvieron habituales pero el joven empujaba cada vez más la relación. Finalmente una noche sentado frente a la comida, el lobito se acerco olfateándolo y comenzó a comer. El primer impuso del joven fue tocarle la cabeza pero un gruñido de advertencia le indico que la amistad aun no estaba lo suficientemente madura. Tuvo que pasar varias semanas hasta que, una noche el lobo le permitió tocarlo y él, a su vez, olfateándolo cautelosamente le lamió la cara.
La tribu desconocía de estos encuentros y el joven tuvo el buen tino de ocultárselos hasta que supo que estaba en condiciones de demostrar que su nuevo amigo no era peligroso.
Felizmente el alimento abundaba, más de uno en la tribu pensó que un lobo "tan domestico" podría ser un manjar en caso de necesidad. Pero fue el padre del joven el que descubrió un uso más práctico para el nuevo integrante. El lobo era veloz y prácticamente indetectable. En seguida el animal aprendió a rodear a las cabras y arrearlas hacia los cazadores escondidos. El joven miraba orgulloso a su nuevo amigo sintiendo que de alguna manera complementaba su propia invalidez.
Por casi un año años fueron inseparables. Un día el lobo, ya adulto, se ausentó por unos días. Luego volvió con una hembra y por un tiempo acampó alejado de la tribu, solo el joven podía acercarse, cosa que hacia periódicamente tocando su flauta y trayendo alimentos.
Un año después la tribu contaba con una pequeña jauría de perros cazadores.
Pero, como ocurre en la actualidad El Hombre, el verdadero lobo, daría un giro trágico a esta primer relación.
Durante el día y cuando el resto estaba cazando, otra tribu atacó el campamento. El joven soplo con fuerza su flauta. Y su lobo a lo lejos abandono la cacería. Desesperado corrió y alcanzo a llegar para el fin de la matanza. Clavó sus colmillos en el primer agresor y allí cayó de un garrotazo, tendido y gimiendo al lado de su amo lamió su cara por última vez. Cuando llegaron los cazadores, los agresores habían huido.
El joven y su lobo fueron cubiertos con piedras, en la cima el padre dejó una flauta de hueso rota.
Entre ese joven y ese lobo se sello un pacto simbiótico que de por vida afectaría a las dos especies.
El hombre, jugando con ese pacto, manipulo genéticamente a los descendientes del lobo dándole distintos usos.
De ellos siempre tuvimos lo mismo, lealtad y afecto. De nuestra parte... bueno, basta con ver los perros de la calle.
Estos son nuestros ancestros, los nuestros y los de Coco. Debo confesar con vergüenza, que de ese pacto hemos recibido siempre mucho más de lo que hemos dado.

Homo homini lupus
‘el hombre es el lobo del hombre’

Texto agregado el 24-09-2014, y leído por 207 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
23-11-2014 Cuentazo...***** sabiel
01-11-2014 Musas, que deleite leer una historia tan humana, tan bien ambientada, en un contexto inimaginable en estos días tan tecnológicos!!!! efelisa
26-09-2014 Lo olvidaba... si ves "La guerra del fuego" encontraras un poco de tu historia. yar
26-09-2014 Ahhhhhhh ... que grato leerte de nuevo hermano. Bueno, vamos por partes como díria J"ack el destripador" Nuestro ancestros de hace más de treinta mil años me gustarón mucho, o sea el muchaco -tuyo- y el lobis -mio-, `por suerte su amistad se perpetuo. Líneas tenues que muestran tu sensibilidad -que conozco de sobra- y envuelven casí sin sentirlo en la historia. Algunos lobos nunca fuimos domesticados Goose. Cinco aullidos primigenios yar
25-09-2014 Me recordó al "Principito" con eso de domesticar es crear vínculos. Muy buena historia, te felicito. Un abrazo. umbrio
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