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Un 38 y una media velada

Lo tiene en la mano. Negro. Frío. No quiere volver a usarlo. Su hermano nunca se lo perdonaría, sobre todo después de lo que le dijo hoy. Entra decidido a la tienda de empeño. Saca la bolsa con el revolver .38. Después de discutir un rato con el dueño del sitio, un gordo mueco que no saca nunca la mano de la entrepierna, vende el revolver. Lo entrega. Le dan su dinero.
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Ofelia Zamudio agoniza. Un fuerte dolor en el abdomen le consume la vida. Sufre, y su dolor inmenso, sólo es disipado por su fe. La que mueve montañas. Con su Biblia aferrada al pecho recita salmos que sabe a la perfección. A su lado un nochero con un vaso de agua. En la pared a su espalda un cristo. Al frente una puerta de madera pintada de blanco y al fondo, dos muchachos discutiendo acaloradamente. A su izquierda, una gran ponchera de aluminio llena de vómito. Un cáncer la mata.
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Así de sencillo se la pongo Carlitos. Usted mata a ese man, acá tiene la foto. Solo se tiene que conseguir el revolver y algo para taparse al cara. Y relájese que yo me encargo de que doña Ofelia no se muera. Y de su hermano no se preocupe, que nadie se tiene que enterar.
En la cafetería de baldosas rojas habla un hombre de chaqueta negra y diente de oro. Al frente suyo, un muchacho. Éste toma la foto. No dice nada. Y se para. El hombre de la chaqueta negra grita justo antes que salga:
¡Yo no existo marica!
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Lo hermanos discuten frente a la cama tras la puerta de madera pintada de blanco. Al fondo, Ofelia Zamudio agoniza.
La cosa es clara. Necesitan el dinero para comprar la droga para su madre. Uno de ellos, el mayor, insiste en conseguirla trabajando. El otro sabe de una forma más sencilla. En realidad los dos saben. Saben de un hombre con diente de oro. Saben de trabajos menos extenuantes. Pero solo para Carlitos no sería un crimen, sería un intercambio. Una vida que no le importa, por otra que es la suya misma: la de su madrecita. Discuten la manera de conseguir el dinero. Carlos se cansa de oír los planes honestos de su hermano, y sin que ninguno haya dicho nada del hombre con diente de oro, sale tirando con fuerza la puerta metálica del frente de la casa.
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Fernando trabaja duro. Con su bata blanca, repite la frase de mil veces diarias: “A la orden señora, ¿en qué le ayudo?”.
La respuesta suele ser parecida. “Doce Chorizos”, “libra y media de solomo”, “dos kilos de huevo de Aldana”. La carnicería no era suya, pero sabía tanto de ella, que como si fuese. Conocía a cada cliente, conocía cada pedido. Hoy no iba a ser un día normal para él, hoy no iba a decir mil veces la frase de mil veces al día. Son las 9:33. Al frente de la carnicería pasa un mendigo con una bolsa negra. Lo mira a los ojos. Le disgusta la mueca en su rostro y le grita que se largue hijueputa. El mendigo sigue su camino. Un minuto después llega un hombre con una media velada en al cabeza y le descarga cuatro disparos de .38 sobre su cuerpo.
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Eran las diez de la mañana. El pecho le arde. Creía que la cosa iba a ser más fácil. Creía que todo se reducía a vencer la resistencia del gatillo con su dedo índice. Cuando se trata de matar, cuando se trata de matar la primera vez, nunca se cree bien. Cada paso lo acerca mas a encontrarse con su destino, su único camino, el camino que había escogido el martes al hablar con el hombre del diente de oro. Mira las rayas en la acera, van hacia él, avanzan, él avanza. A su lado pasa un mendigo de gabardina con un maletín negro.
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El mendigo recorre la calle hacia el parque. Todavía piensa porque el carnicero le había gritado lo que le gritó sobre su madre. Maldito Hijueputa. Él no había hecho nada malo. Había mirado con asco la carne únicamente, había mirado la sangre y el alimento haciendo una pequeña mueca. La carne le recordaba que era tarde y que debía ir al parque, que debía ir a cagar. Sigue. Cada vez con más ganas, se retuerce. Literalmente se empieza a cagar en el camino. En su estómago hay fuegos artificiales, jura oír cuatro voladores ahí dentro. Está llegando. Veinticinco años ha cagado en ese árbol, seguirá siendo así. Y por fin. Deja su bolsa sobre una de las bancas, cosa que nunca hace, nunca suelta su bolsa, pero hoy el cuerpo apremia. Y corre al árbol. Se sienta para relajadamente, dar del cuerpo. Al fondo, un hombre mete la mano en su bolsa, él no se percata.
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Sigue su camino, atrás, el mendigo se retuerce. Saca de su gabardina una media velada y la pone en su cabeza. Su mano derecha va al bolsillo. Ve al fondo el letrero, corresponde al nombre de la carnicería donde encontraría al hombre de la foto, aprovecha para mirar el rostro por última vez. Ya totalmente decidido y sin miedo, recuerda a su madre sufriendo. Tres pasos, dos pasos... uno. Queda frente al mostrador, avista el rostro del carnicero y sin miramientos, descarga cuatro tiros. Corre, uno dos tres. Todos los pasos que había dado. Llega al parque. Se tiene que deshacer de todo. Recuerda el mendigo, ve el maletín en una de las sillas. Es allí donde pone la evidencia. El revolver y la media. Se tranquiliza y en la calle siguiente toma un bus.
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Sale de la tienda de empeño. Cuenta el dinero. No es suficiente. La droga de su madre es muy cara. Seguro morirá. Seguro morirá por su culpa. Y piensa en el hombre del diente de oro. Tal vez fue estúpido. El hombre del diente de oro hubiera podido conseguirle “una vuelta”. ¡Mierda! Piensa... ¡¿porqué vendí el revólver?!. Camina otro tanto. Para, y sentado en acera, pone la cabeza entre las piernas para llorar. Llora todo. Llora el alma, llora el dolor inmenso de la pobreza.
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Al terminar, coge unas cuantas hojas y limpia lo suficiente. Vuelve a la silla donde dejó la maleta de cuero negra y al alzarla se da cuenta de lo pesada que está. Es raro. Muy raro. La abre y mira qué hace que esté tan inusualmente cargada. No puede creerlo. ¡Y él que nunca deja la bolsa sola porque pueden robársela! Le han dejado un media y un arma. Se alegra, seguro valdrá buen dinero. Poco dura su alegría. Suben por al calle dos hombres gritando. Según lo que oye, han matado al carnicero. Los dos hombres miran con odio. Él se asusta, sabe que siempre sospechan de quien huele mal. Él huele mal. Además de tener, posiblemente, el arma homicida en su bolsa. Camina rápidamente, tiene que deshacerse del instrumento. No ve a nadie. Se preocupa. Se preocupa mucho. Los dos hombres lo siguen mirando. Finalmente una persona. Un desgraciado que llora sentado en la acera. Cuidadosamente y sin que los hombres se den cuenta, desliza el arma en la chaqueta del hombre que llora.
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Está en el bus. Está seguro. Su madre vivirá. De repente, se detiene el bus, entran dos hombres y lo bajan a patadas para, ahí, en la calle, astillarle con un cuchillo de carnicero ensangrentado.
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Los dos hombres miran al mendigo. Parece sospechoso, está asustado. Lo siguen. Él parece calmado. Oyen los gritos de una mujer. “en ese bus, se ha montado en ese bus!!!” Así que corren y lo detienen.
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Llora, llora no sabe cuanto tiempo. Se levanta, va a recuperar su revolver. Le va a decir al gordo mueco que le devuelva su arma. Ve un mendigo que corre como si lo fueran a matar. A su espalda, a lo lejos, acuchillan a un joven tras bajarlo de un autobús. Llega a la tienda de empeño. Mete su mano al bolsillo. Encuentra el revolver. Se asusta. Se cree loco. Estaba seguro de haberlo vendido. Mete la mano de nuevo. Encuentra el dinero. Si vende de nuevo el revolver podrá comprar la droga de su madre y evitar que su hermano haga estupideces.
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Sale el hermano mayor y por la otra esquina. Aparece el menor, que tras hablar con el hombre de la chaqueta negra y el diente de oro, entra en la tienda de empeño y le dice al gordo mueco, que tiene la mano en la entrepierna, “necesito un .38.”

Samot-





Texto agregado el 30-08-2004, y leído por 216 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
19-09-2005 Joder!!! Es bueno, pero,seguir el hilo está un poquito complicado. Cuídate DDB dolordebarriga
 
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