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En el bosque colorido y lleno de vida, perdida se encontraba una mujercita particular, sus ojos destellaban una luz turbadora pero agradable, su cabello tenía un vaivén provocado por el viento, traía vestidos blancos pues recién, físicamente, se había vuelto mujer, porque en su mente relucían años vividos en tan sólo semanas ,meses o días. Aquella frondosa arboleda de altos robles y diferentes tipos de flores donde se encontraba, era un místico lugar de paz absoluta, el ambiente era musical y la vegetación parecía sacada de las pinturas de un museo, los cielos eran del color del atardecer en la mañana y la noche duraba más de dieciséis horas, el lugar era el perfecto recinto para esta jovencita.
Una pensadora de tiempo completo y perdida en sus quimeras, caminaba viendo cada detalle del paraje, pero mientras más andaba, olvidaba lo ya explorado reemplazando los recuerdos de lo anterior visto para poner algo más bonito en su pintoresca mente. Escuchaba a los pájaros cantar apasionadamente, el sonido de las aves bailaba adornando el lugar y relajando a la recién llegada, la calmó a tal punto que cayó al soto para contemplar las estrellas que adornaban la tarde, con color nocturno, viendo constelaciones que reflejaban tiempos pasados de gloria, formaciones de estrellas en las cuales brillaban cada mente ingeniosa de tiempos antiguos y contemporáneos. Ella cerró los ojos sin siquiera preguntarse dónde se encontraba, se entregó a la calma que le otorgaba aquella extraña coincidencia, aquella extraña experiencia y apareció un hombre de barba sentado a sus pies, un tipo alegre y de aspecto andrajoso pero muy simpático, su sonrisa era contagiosa como la gripe, sus palabras eran vivarachas al comenzar su parlamento.
— ¡Vaya jovencita me encontré invadiendo este lugar! Así que tú eras la que mencionan los ecos matutinos de este lugar. — Dijo muy exaltado pero feliz, la muchacha se incorporó.
— ¿Qué? Yo no tengo ni idea de cómo llegué aquí, simplemente aparecí y ya. ¡Aunque este sitio está muy bonito!
— ¿Si no? Yo contemplé cuando creció, todo era un desierto de tierra fértil, habían muchas semillas plantadas por doquier, pero los tres primeros años no ha llovido. Cuando pasó este lapso de tiempo, comenzaron a caer lluvias torrenciales que dejaron arbolitos hermosos. Hubo épocas de sequía y muchos abedules se han secado, pero en esta época todo anda de maravilla, la garúa diaria fortalece la vegetación y la comida llega diariamente a todas las aves que ves cantar.
Ella vio de reojo a las aves y todas eran, o bien blancas, o bien negras, no había otro color y no había más fauna. Estaba confundida, el joven le sentó excelente porque odiaba la soledad en ciertos momentos, tenía aquella necesidad de entablar una conversación, aquella tan básica que tenemos todos pero que pocos no ejercen por sentir timidez o misantropía. A pesar de su turbación, sonrío y dio una pequeña carcajada. El hombre la observaba con candidez, se tocó la nariz e hizo un ademán con las manos, mágicamente aparecieron plumas brillantes que se elevaban al cielo como revoltijo de bandada que muda para evadir el invierno, la noche brilló como año nuevo, el dueño del bosque sabía que ella estaba ahí.
— ¿Cómo diablos hiciste eso?... ¡Enséñame! Este lugar es fantástico, pero algo dice que no debo quedarme…
—Tú tienes más poder que yo acá, yo sólo cumplo mi trabajo, tú haces que sea más fácil, de alguna manera extraña que me es imposible revelar. Tal vez un amigo mío sepa.
— ¿Hay más personas acá?
— Por supuesto, algunos son geniales, algunos molestos, todos problemáticos.
— ¿Problemáticos? Tú no lo pareces para nada.
— Lo soy, hay momentos que fabrico nubes obstructoras, son nubes muy bonitas pero son fastidiosas, son como la niebla de una mañana soleada, impiden ver el brillo del lugar y causa conflictos… No es mi culpa, son momentos de éxtasis.
—Vaya… ¿Y cuándo conoceré a los demás? ¡Quiero saberlo ya, estoy emocionadísima!
—Aparecerán luego, sólo somos tres, yo soy el que vuela siempre, me ayudan las aves, sus melodías me otorgan alas imaginarias.
Inmediatamente despegó y de sus ojos se proyectaron unos extraños rayos que se dirigían a un árbol cualquiera, de sus hojas se vio un pueblo que iba siendo estafado por unos forasteros de una lejana tierra, una película que ella disfrutó con cada partícula de su ser, un film impresionante del cual nunca había escuchado. La función terminó y todo se encerró en un libro extraño que el hombre de barba cogió para guardar, ella quiso preguntarle si podría llevárselo, Tendrás que esperar a que regrese, dijo él, lo llevaré a un lugar especial, cuando estos árboles tengan la edad suficiente será revelado fuera de este sitio y lo leerá tu verdadera forma.
— Pero, ¿Qué estás diciendo? ¿Esto es un sueño o qué?
—No, nada de eso, ya lo sabrás luego, espérame acá, iré para ver cómo va todo por aquí, una vigilia antes de que llegue el día, a cuidar que no aparezcan monstruos tan tarde, pueden perturbar la noche.
—Está bien, acá estaré—dijo sin ninguna duda, a pesar de lo extraño que le resultaba todo lo que dijo el hombre—, seguiré viendo las estrellas como lo hacía antes de que llegues.
—Buena elección, aprenderás algo.
El hombre se alejó volando, desvaneciéndose entre el cielo morado del crepúsculo, la joven vio ilusionada lo que creyó ser una representación de algo que sólo vivió en sueños, sus ojos tenían relucían de manera especial e inmediatamente el cielo comenzó a distorsionarse, se vieron colores de auroras boreales, al fin comprendió lo que dijo el hombre de barba; “Aquí tienes más poder que yo”. Se dio tal exalto que quedó maravillada, pero con un raro temor. Temía no existir, temía aquella frase del joven “lo leerá tu verdadera forma”, estaba asustada y medio desfallecida, pero de pronto lo olvidó al ver como cambiaba el cielo, sería de más de decir que se distraía fácilmente, y no era su culpa, el lugar era bellísimo, estaba llegando el nuevo día y un sosiego como el que vivió en un inicio, llegó nuevamente.
Sola, observando el día sin siquiera contraer sueño ni sufrir las consecuencias, la jovencita miraba cometas en el cielo revoloteando alegremente la mañana, ella los estaba manejando con la mirada, ya había aprendido lo que era capaz de hacer, los árboles habían crecido después de la garúa nocturna que había caído y los ecos matutinos cantaban su nombre en tonadas clásicas y energéticas. La joven miraba con los ojos cerrados el ambiente, con una expresión de estar en el paraíso, seguía echada en el soto rojo, los colores relucían en la vegetación más no en la fauna. Ella hizo aparecer hojas de papel, no se sabe cómo, pero lo hizo, y comenzó a dibujar lo que en la mente le venía o lo que ella veía, ese bosque estaba llenísimo de actividad, cada cosa pasaba a cada minuto, leones siendo perseguidos por gacelas, elefantes siendo pisoteados por pollos, gatos siendo una raza dominante, plantas carnívoras alimentándose con frutas y muchas cosas absurdas que en la naturaleza no se ven, sólo se veían en aquel sitio y todo era inofensivo. Al terminar el dibujo de nuevas especies que se había ideado, apareció un hombre de traje con expresión lánguida y lúgubre, un hombre que parecía haber estado solo por mucho tiempo, se notaba que estaba bien arreglado y traía una pluma en el bolsillo del paletó. Ella contempló al hombre a la distancia con una expresión de ternura inclinando la cabeza de lado y frunciendo suavemente la ceja derecha. El hombre notó su presencia de ángel, un poderoso torrente de emociones se apoderaron de él, cualquiera hubiera pensado que se dirigiría corriendo pero su timidez le hizo avanzar despacio, como confundido, cabizbajo y a tientas, para que ella no piense nada bochornoso o algo por el estilo, el hombre era bastante pre meditador y cauteloso. ¿Qué haría un hombre como tú por estos parajes?, preguntó ella, pareces de buena familia y hasta eres guapo.
—Este…, verás, estoy rondando nada más, nada más. — dijo el tipo bastante nervioso y ruborizado por el alago— Sólo quería saber el porqué del alboroto que causaba mi amigo… Creo que ya tuviste el placer, es un tipo bastante ingenioso.
— ¡Cierto! Me dijo que habría dos personas aparte de él, tú debes de ser el segundo. Todo un placer—le tendió la mano con ímpetu— Llegué ayer, pero el día pasó volando… ¿Por qué tiemblas?
—Verás, tengo mucho que decirte… Estoy nervioso porque nadie como tú había llegado en mucho tiempo, vino un par de chicas a hacerme una agradable compañía, pero no las disfruté porque nunca compartieron mi sentir absurdo y absoluto.
—Vaya, parece que siempre andas solo… ¿Y tus amigos, ellos no te hacen compañía?
—No es la compañía que necesito realmente, uno de ellos es un viejo que me dice que no debería frecuentarte.
— ¿Cómo que frecuentarme? Es la primera vez que te veo, es ilógico lo que dices. Pero si necesitas ayuda, dímelo, podré hacer lo que esté a mi alcance.
—Muchas gracias, creo que ahora conozco el motivo de mis desvelos.
— ¿A qué te refieres?
—Cada noche ando despierto pensando en alguien, no sabía que existía, pero es un apoyo incomparable a los anteriores, es una compañía que jamás había experimentado.
Desde la mañana en que se encontraron, hablaron sin descanso de muchas cosas. El joven contó todo lo grabado en los árboles, todo fruto de cada planta era poseedora de una sabiduría que podía compartir y hasta corregir cuando ella se lo indicaba. Hablaron sin descanso, relatando muchas anécdotas divertidas, algo vergonzosas, algunas tristes, la mayoría sinceras, también hablaban del pasado y el futuro de cada uno, las venturas y desventuras, los amores y desamores, las confianzas y desconfianzas, alegrías y tristezas, todo abarcó un viaje asombroso para ambos, llevados a un lugar más fantástico del que ya estaban. Temas oscuros también fueron tocados, los odios y rencores, aunque en menor número, las metas y lo que llegaría a ser ese bosque, la vida que le esperaría en el futuro. Él deseaba que aquella mujer que tenía al lado fuera, la que hable siempre con él, hasta que cada árbol termine de crecer, hasta que cada árbol se desplome, él deseaba con todas sus fuerzas estar con la mujer que lo traía desnudo, una desnudez tan exagerada era, que tenía la ropa puesta, tenía cada trapo encima, era una desnudez nada bochornosa, una desnudez de alma.

Al caer la noche, el hombre de barba los vio de lejos, una embriaguez de inspiración llegó a él, las plumas que fabricaba fueron volando con un color especial. Los que aún estaban sentados en el bosque contemplaron el show del vuelo, el show de las memorias. Este espectáculo causó un ruido placentero, sonidos ensordecedores pero bonitos, una voz se escuchó de un arbusto, una ronca y pesada, que reclamaba por aquel barullo, Están perdiendo el suelo, decía, dejen de volar tan alto que se caerán de cara.

— ¿Eres tú de nuevo?— preguntó el joven de traje.
—Sí, soy yo, y creo que ya hablamos lo suficiente.
— ¿Quién es?— preguntó la joven dirigiéndose al chico de corbata.
—Es un viejo que viene a reestablecer el lugar cuando el que ves arriba se sobrepasa con las nubes y yo cuando comienzo a dominar este bosque de sentimiento.
— ¿Pero qué? Estoy confundida, necesito una exacta explicación.

—Verás hija, me verás así con un aspecto macabro, mis ropas no tienen nada de especial, simplemente traigo esta camisa y un pantalón casual. Mi edad es la necesaria para dominar las cosas que pasan aquí, soy una voz que ayuda al dueño de este enorme lugar, sin mí, enloquecería o fracasaría, cada vez que me desobedece, muchas veces, no todas, pasa algo negativo. Tú eres la imagen de alguien real, todos somos imaginarios, yo me hago llamar razón, el que te acompaña se hace llamar sentimiento y siente por ti eso que llamamos cariño especial, el que ves arriba es imaginación y tú no eres más que una invasora de esta cabeza. Todos nosotros somos los motivos del porqué el dueño redacta y narra.

Texto agregado el 11-10-2014, y leído por 143 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
12-10-2014 Muy bueno. Critica constructiva: demasiado poético (se nota que manejas ese campo), cansa al lector. Por de más, excelente argumento. Un abrazo. dfabro
 
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