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Karina y Fernando entraron en la sorbetería. Habían muchas personas y Fernando temía no encontrar un a mesa donde sentarse. Por suerte había una vacía en el centro. Se sentaron.
-¿De qué quieres tu sorbete Karina?
-De fresa.
-De acuerdo.
Fernando se levantó de su silla y fue a pedir los sorbetes.
-Buenas tardes –dijo la encargada.
-Buenas tardes dijo Fernando.
-¿Qué desea?
-Quisiera pedir dos sorbetes por favor.
-¿Los sabores?
-Uno de fresa y otro de chocolate.
-OK.
La encargada se dirigió a traer los conos. Fernando volteó a ver Karina. Ella estaba mirando hacia la calle. La dejó de ver. La encargada tenía ya en su mano los conos y se disponía a colocarles las bolas de sabores.
-¡Alto! –dijo Fernando. Metió la mano en uno de los bolsillos del saco. Miró a Karina. Aún seguía mirando hacia la calle. Sonrió. Sacó del bolsillo una cajita. La abrió y agarró el anillo que había en ella.
-Tome –dijo dándoselo a la encargada-, póngalo en el cono de fresa.
La encargada sonrió. Hizo como Fernando le había dicho que lo hiciera y le entregó los sorbetes.
-Suerte –dijo la encargada.
-Gracias.
Fernando se sentó y le dio a Karina el sorbete de fresa. Empezaron a comérselos. Fernando lo hacía despacio, expectante de lo que iba a pasar. Karina, en cambio, lo hacía de manera normal, sin saber lo que ocurría después.
Karina notó que Fernando casi no había comido nada de su sorbete.
-¿Qué te pasa Fernando?
-Nada.
-¿Seguro? Casi no has probado tu sorbete.
-No te preocupes por eso Karina.
Cuando estaba a punto de acabárselo, Karina sintió algo raro en su boca, algo con sabor a metal. Lo sacó de su boca y lo puso en la mesa. Lo observó. Era un anillo de compromiso de oro con un diamante en el centro. Fernando lo tomó y lo limpió con una servilleta. Acto seguido se arrodilló hacia Karina.
-Karina…
-¿Si?
-¿Recuerdas que te dije hace dos meses que quería llevar la relación al siguiente nivel?
-Si…
-Pues, en ese caso, y ante todos los presentes, Karina… ¿Quisieras casarte conmigo?
Todas las personas veían aguantando la respiración. El silencio que se impuso era sepulcral. Karina no sabía que responder y constantemente miraba a su alrededor.
-Si –dijo finalmente luego de dos minutos que a Fernando le parecieron una eternidad. Fernando se levantó y se abrazaron. La multitud aprobó la acción con un fuerte y caluroso aplauso.

***

Corrí con todas mis fuerzas a la sorbetería. Quería evitar a toda costa que sucedieran las consecuencias de haber revelado el secreto de Karina. Llegué. Fernando y Karina estaban abrazados y las personas que se encontraban en el lugar aplaudían calurosamente.
-¡Karina, Fernando! –grité. Ambos me volvieron a ver.
-Fernando, debes irte de aquí. ¡El padre de Karina trae a unos policías para que te arresten!
-No le creas a esa traidora –dijo Karina.
-No es broma, ¡es en serio!
-Si claro, traidora.
-Karina, por favor escúchame. Fernando, debes irte de aquí antes de que…
-¡Quietos, policía!
Voltee a mirar. Dos policías le apuntaban a Fernando en la cabeza con sus armas. El padre de Karina estaba con ellos.
-¡Arriba las manos!
Nadie se movió. La expectación era tanta que nos impedía hacerlo.
-¿No oíste idiota? ¡Las manos arriba!
Fernando levantó las manos. Los policías entraron al lugar. Uno de ellos empujó a Fernando contra el piso. La sortija de compromiso que tenía en la mano cayó al suelo. Una vez ahí, el otro policía lo esposó. Uno de los policías sacó su celular e hizo una llamada, y unos cuantos minutos después llegó un camión blindado.
-Camina –le dijo uno de los policías a Fernando mientras lo paraban. Abrieron la puerta del camión. Cuando estaban a punto de salir de la sorbetería, Karina agarró la sortija y corrió hacia Fernando.
-¡No, suéltenlo! –dijo Karina con lágrimas en los ojos tratando de jalar a Fernando hacia ella-. ¡Suéltenlo!
Los policías no lo permitían. El padre de Karina se hizo presente y jaló a su hija hacia él, para sacarla de aquella. Los policías siguieron caminando y subieron a Fernando al camión.
-Tienes derecho a guardar silencio… ¡pedófilo!
Empujaron a Fernando y cayó en el suelo del camión. Los policías se subieron.
-Es todo, ¡sácanos de aquí!
Cerraron la puerta y el camión arrancó. Unos segundos después desapareció de la vista de todos. Karina se logró soltar de su padre. Fue al andén. Se arrodilló. Abrió su mano y contempló, con lágrimas, la sortija de compromiso que Fernando le iba a dar. La apretó contra su pecho y comenzó a llorar amargamente.

Texto agregado el 26-10-2014, y leído por 102 visitantes. (0 votos)


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