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La lluvia golpeaba con violencia en el rostro del cojo. Las rejas de los castillos se estremecían con el estruendo de las nubes, y el viento movía de un lado al otro a los árboles que adornaban el paraje, como si intentara desesperadamente arrancarlos de la tierra. El cojo, en medio de la tormenta, sentía la misma ansiedad que el viento; era como si su interior hubiere escapado de su pecho y quisiera destruir todo a su alrededor, en forma de una gran tormenta. La lluvia no daba tregua. Casas comenzaron a inundarse por el desborde de los ríos, árboles cortaban las calles y caían sobre los techos de los automóviles. Al cojo nada de esto le importaba. Sentía que la lluvia era necesaria para limpiar toda la mugre de la ciudad y si tenía suerte, para limpiar todo lo sucio que se sentía. Este mes había sido especialmente difícil para el cojo, y sentía tanto dolor que su pecho se contraía fuertemente, dejando escapar sólo un aullido imperceptible de desesperación. La fuerza del viento logró que el cojo se colocara de rodillas en medio de la gran tormenta. Empapado, no suplicó a los cielos que ella se acabara; sólo rogó porque los dioses de los truenos, relámpagos, rayos o quien fuere, tuviese piedad y lo llevase con él. Pero ello no aconteció. La lluvia cesó lentamente de caer. El viento había saciado su ansiedad y dejó a los árboles en paz. El barro se retiró lentamente de las casas y los ríos volvieron a sus cauces naturales. La tomenta había parado y el cojo seguía en el mismo lugar, arrodillado. La gente comenzó a limpiar sus casas, a reparar sus autos, a talar los árboles caídos. Y entre toda esa labor, un anciano se acercó al cojo con una pala, y le dijo: - amigo ¿por qué no nos ayuda a limpiar este desastre? – La cara de decepción del cojo era evidente, y el silencio sepulcral. – Amigo – insistió el anciano – habrán más tormentas y más días en su vida. Si lo dejaron acá y la tormenta no se lo llevó, es porque algo quiere la vida con usted. Levántese y venga a ayudar – El cojo miró al anciano con desprecio. Su optimismo le daba asco, y no pudo disimular las ganas de vomitar. Levantándose del piso, sacudiendo sus pantalones, sacándose los zapatos, el cojo vio al anciano de pies a cabeza: -no me interesan tus palabras de optimismo. Si arruinado y viejo la vida te quería, cumplió su misión. – El anciano replicó con serenidad, - bueno amigo, puede quedarse aquí arrodillado en medio de la plaza. Se convertirá en otra de estas estatuas que adornan el lugar y las palomas le llenarán de excremento por todos lados. Buen día – El viejo le dejó la pala al cojo y se retiró junto con otras personas que le esperaban para seguir limpiando las calles. Pateando la pala, el cojo encontró la razón en las palabras del viejo, pero el dolor que sentía seguía siendo asqueroso. Ya nadie le podía ayudar. Ni el anciano, ni la lluvia, menos el sol o la tormenta. El cojo era cojo porque él lo quería, porque el dolor lo derrotaba cada día, porque se sentía tan basura como los árboles que talaba la gente o el barro que sacaban de sus casas…

Texto agregado el 30-10-2014, y leído por 123 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
31-10-2014 Que imperiosa necesidad nos incitará a limpiar tan rápido, y no hacer como el cojo, y reflexionar... stracciatella
30-10-2014 Gente como "el cojo" se encuentra todos los días.En lo posible evítalos.UN ABRAZO. GAFER
 
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