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CAPITULO IX

Salí de la sorbetería. Vi como Karina lloraba amargamente en la acera. Me dieron ganas de llorar también. Su padre ya se había retirado ya del lugar. Me acerqué despacio. No sabía como reaccionaría Karina. Cuando llegué a su lado puse mi mano en su hombro.
-Karina…
-Lo siento –dijo Karina llorando-, ¡Lo siento tanto Sandra! Me he portado como una tonta.
-Está bien Karina.
-No, no está bien. Debí haberte creído. Debí haberte escuchado cuando dijiste que fue mi padre el que te hizo confesar.
-Karina…
-Debí haberte oído hace rato cuando dijiste que mi padre venía para acá. Me hubiera ahorrado este terrible sufrimiento.
-Ya Karina, deja de llorar. Venga, levántate.
-Le extendí mi brazo. Ella volteó el rostro. Las lágrimas corrían como raudales por su rostro. Se sujetó de mi brazo y la ayudé a levantarse. Nos abrazamos.
-Lo siento Sandra –dijo Karina aún llorando-, no me porté como una buena amiga. Espero que me puedas perdonar.
-Karina, somos mejores amigas, ¿verdad? Las mejores amigas siempre se perdonan.
-Gracias. Eres muy especial, ¿lo sabías?
-¿Por qué?
-Porque aunque dejé de ser tu mejor amiga, tu nunca dejaste de ser la mía.
Nos dejamos de abrazar. Karina aún no tenía lágrimas en los ojos.
-Karina, deja de llorar por favor. Escucha, ¿sabes lo que me hace sentir mejor cuando estoy muy triste? ¡Un sorbete! Y mira, para nuestra suerte hay una sorbetería justo detrás de nosotras. ¿Qué dices? ¡Yo invito!
-De acuerdo –dijo Karina sonriendo. Entramos. No había nadie, salvo la encargada. Nos acomodamos en la mesa de la izquierda. Karina se sentó y yo pedí los sorbetes, ambos de fresa, el sabor favorito de Karina. Me senté y le di uno a Karina.
-¿Y cómo sabías que mi padre planeaba esto?
-Fue una casualidad. Yo iba caminando con Marcos y…
-¿Con Marcos? ¿En una cita?
Me sonrojé.
-Si. Los vimos a ti y a Fernando caminando hacia la sorbetería. Nosotros seguimos caminando. Cuando recorrimos media acera voltee el rostro a mi izquierda. Entonces vi a tu padre hablando con dos policías. Supuse lo peor y decidí correr a advertirte, dejando a Marcos en el parque.
-Vaya, ahora me siento más mal.
-¿Por qué?
-Por mi culpa tú y Marcos no están juntos.
-Oye, es solo un chico. Una amiga vale más que un chico.
-Eso parece –dijo una voz detrás de mí. Sentí que tocaban mi hombro. Miré detrás y vi a Marcos con una sonrisa.
-Hola Sandra.
-Hola Marcos.
-Sobre lo que te dije…
-Así, eso. Escucha Marcos… Me gustas mucho y quisiera que fuéramos novios pero… -miré a Karina por un momento y volvía a ver a Marcos- no estoy lista para tener novio. Una amiga me necesita. Y para mi es más importante nuestra amistad que una relación contigo, lo siento.
Marcos estuvo pensativo por cinco segundos. Luego brotó de sus labios una pequeña sonrisa.
-OK, entiendo.
-¿En serio?
-Si. Y eso es lo que me gusta de ti Sandra. No piensas solo en ti, sino también en las personas que amas.
-Gracias.
Marcos agarró mi servilleta y comenzó a escribir en ella.
-Toma –díjome Marcos dándome mi servilleta. La tomé.
-¿Qué es eso?
-Es mi número. Llámame cuando estés lista para tener novio.
Marcos se fue. Cuando se hubo ido Karina y yo dimos un pequeño grito.

***

Fernando observaba a los guardias que tenía enfrente mientras el camión blindado en el que se conducían se dirigía a la estación de policías. El iba sentado y los policías parados.
Uno de ellos empezó a burlarse de Fernando.
-Por fin tendrás tu merecido desgraciado. Tal vez así aprendas a no acosar a las menores.
Fernando agachó la cabeza y no dijo nada. El policía siguió burlándose de él.
-Espero que el Juez no tenga compasión de ti y te condene a cadena perpetua, para que te pudras en prisión por tus morbosidades. Oye, mírame.
Fernando subió la cabeza y lo miró.
-¿Sabes cómo estarás allá en prisión? Estarás solo, marginado por la sociedad. Nadie te visitará y todos te olvidarán. Nadie se preocupará por tu vida y nadie te extrañará cuando mueras. Terminarás olvidado, solo… ¡y abandonado!
Fernando palideció. Sus ojos se volvieron blancos y empezó a temblar. Cayó al suelo e inició a convulsionar.
-¡Mira lo que hiciste! –dijo el otro policía.
-Vamos, seguro que está fingiendo.
-¿Fingiendo? Tiene la cabeza morada.
El policía golpeó dos veces el camión. Se detuvo. El policía se salió del camión y se dirigió al conductor.
-Tendremos que desviarnos hacia el hospital. El sospechoso está convulsionando.
Encendieron la sirena. En cinco minutos llegaron al hospital. Alos policías les costó sujetar a Fernando para sacarlo del camión. Entraron. Fernando aún convulsionaba. Al verlo un doctor corrió hacia ellos.
-¡Dios mío! ¿Qué pasó aquí? Enfermera, una camilla, ¡rápido!... sujétenlo. Vamos, a la sala de urgencias. ¡Se nos muere! Enfermera, diez miligramos de Diazepam… ¡El desfibrilador, pronto!... ¡Despejen!
Los minutos pasaron. Los policías movían las rodillas y veían el reloj. El doctor salió luego de dos horas. Los policías salieron a recibirlo.
-¿Cómo salió todo?
-Bien, el paciente ya no convulsiona.
Los policías suspiraron de alivio.
-Pero…
-Pero qué.
-El paciente está en coma, y no sabemos cuando va a despertar.

Texto agregado el 31-10-2014, y leído por 75 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
31-10-2014 Espero impaciente la continuación.UN ABRAZO. GAFER
 
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