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SOCOTÁ, EN EL DEPARTAMENTO DE BOYACÁ, ES UN PUEBLO SITUADO A TRES HORAS DE TUNJA EN UNA HENDEDURA DE LA CORDILLERA ORIENTAL. LO RODEAN EL ALTO DE LA CRUZ, EL ALTO DE SAGRA, EL ALTO DE HUMANÓ Y, AL SUR, EL IMPONENTE CERRO DE PEÑA NEGRA QUE ALCANZA LOS 3600 METROS DE ALTURA. EN SU LIBRO LA HISTORIA DE SOCOTÁ, EL ESCRITOR NEVERS GERMÁN OJEDA GÓMEZ DEFINE SU GEOGRAFÍA COMO LA DE UNA “TIERRA FECUNDA”, Y DESARROLLA SU DESCRIPCIÓN EN TONO INSPIRADO: “BAJO ESTE CIELO AZUL Y ASÉPTICO APARECE LA GRAN CORDILLERA DE LOS ANDES CON SUS PEÑAS NEGRAS Y MONTAÑAS CORONADAS DE NIEVE, LAS JUGOSAS COLINAS QUE PARECEN LOS SENOS DE LA MADRE NATURALEZA, LAS VEGAS DE COMAITA Y CHUSVITÁ, CAÑADUZALES, LOS BOSQUES LLENOS DE MADERAS Y PÁJAROS CON ESTÉTICAS SINFONÍAS”. LO QUE NO ALCANZA A MENCIONAR, TAL VEZ POR SER UN DATO DE INTERÉS EXCLUSIVO DE RADIOAFICIONADOS, ES QUE ESA SITUACIÓN EXTREMADAMENTE MONTAÑOSA HACE CASI IMPOSIBLE LA LLEGADA Y RECEPCIÓN DE ONDAS. SÓLO HASTA 1986, GRACIAS A LA INSTALACIÓN DE UNA ANTENA REPETIDORA EN UN CERRO VECINO, LOS HABITANTES DE SOCOTÁ PUDIERON VER UNA SEÑAL DE TELEVISIÓN CLARA Y NO SIMPLEMENTE UN “GRANIZO”. Y EN CUANTO A LA RADIO, SUCEDÍA LO MISMO: LAS ONDAS HERTZIANAS SE APAGABAN ENTRE LAS MONTAÑAS. LA ÚNICA SOLUCIÓN ERA MONTAR UNA EMISORA QUE TRANSMITIERA DESDE EL INTERIOR MISMO DE ESA HONDONADA. EN ESE PUNTO ENTRAN A LA HISTORIA NEVERS GERMÁN Y SU HERMANO JAVIER ANTONIO.
Javier era un adolescente aficionado a la mecánica y la electrónica. Compraba televisores y los desbarata para ver su funcionamiento, e igualmente armaba carros y motos utilizando partes viejas. En 1975, esas inclinaciones se enfocaron hacia la radio. Un primo que vivía en Tunja entró a estudiar bachillerato electrónico y, a partir de varias conversaciones, decidieron fabricar un transmisor de ondas de radio. Nevers era el hermano menor, pero recuerda la escena con mucho detalle: “En Tunja armaron un transmisor que era una cajita de unos 50 centímetros de largo por 30 de ancho. Era pequeñito. Lo llevamos para Socotá y allí lo pusimos a funcionar. Le armamos una caja y le pusimos un letrero que decía ‘La voz de Socotá’”.
Lejos estaba aquel experimento de ser una emisora en el sentido cabal. Ni siquiera tenía antena. Pero la inventiva de los hermanos Ojeda solventó esa falta: consiguieron una varilla de aluminio de tres metros de largo que subieron a un soporte de madera de diez metros de altura. Más que una antena, la cosa se veía como un pararrayos. Tampoco hubo nunca una consola ni una cabina de sonido: el transmisor se conectaba directamente a un micrófono y, durante el primer año, estuvo ubicado en la sala de la casa de los Ojeda. ¡Pero funcionó! El pueblo hundido en la cordillera nunca había oído una señal de radio tan clara. Por su posición geográfica apenas captaba los rezagos del sonido de Radio Caracas y (misterios de la naturaleza de las ondas) algunas emisiones de Radio Habana y Radio Martí, pero de radio colombiana, nada. La más cercana, la Voz de Bogotá, tenía una señal inconstante que iba y volvía. De un momento a otro, en el sistema de AM, los socotenses tenían una señal propia, que les hablaba de su cotidianidad, con su acento. Era de esperarse el éxito de la Voz de Socotá.

“No creíamos que fuera a sonar como una emisora de verdad”, confiesa Nevers. “Nosotros empezamos a hacer nuestros programas y de repente empezó a llegar gente emocionada a la casa, que quería conocer la emisora. Nos prestaron un tocadiscos y por lo menos unos tres mil discos. Me acuerdo que entre los artistas que más pedían los oyentes estaban Vicente Fernández y Rafael Escalona”.

La mención de Escalona es extraña si tenemos en cuenta que hablamos de Boyacá, un departamento que no tiene tradición musical vallenata. Pero, según explica Nevers, Socotá fue desde hace mucho tiempo una excepción porque el maestro Edgar Montoya, acordeonista del pueblo, había fundado un conjunto dedicado a interpretar estos ritmos. Por eso, en la programación de la Voz de
Socotá, al lado de los noticieros locales y las transmisiones deportivas, uno de los programas más oídos fue siempre “La hora del vallenato”.

Para los Ojeda y sus amigos, la emisora se convirtió en un sofisticado juguete que asumían con una seriedad poco usual para su edad. Demófilo, Rito, Adiela, Luis, Armando y Hugo se convirtieron en los locutores. “Ellos eran estudiantes, estaban empezando la universidad. De acuerdo a las aptitudes que cada uno tenía, mi hermano les dijo: ‘Usted va a hacer deportes’ o ‘Usted va a hacer un noticiero’, y uno de los más famosos fue Luis Montoya, que tenía una voz perfecta, igual a los locutores de la televisión. Las noticias las leíamos del periódico El Tiempo, que llegaba al mediodía. No teníamos tampoco reloj, entonces para dar la hora nos fijábamos en la calle. Por ejemplo: cuando salían los de la escuela, eran las once”. Curiosamente ninguno de ellos siguió el camino de las comunicaciones.

En cuanto a Nevers Germán, terminó encargándose de un programa de datos culturales, una especie de enciclopedia oral. “Mi mamá era profesora de primaria y enseñó en quince veredas, entonces todo el mundo la conocía allá. Y en casa tenía su biblioteca, donde a veces la gente iba a consultar. Había una enciclopedia de varios tomos que contaba cosas interesantes como por ejemplo qué es el sol, qué es la luna, de dónde vienen los huracanes, cuánto mide el monte más alto del mundo, etcétera. Todas las tardes, de dos a tres, yo leía esa información y la transmitía”.

La Voz de Socotá nunca tuvo, formalmente, patrocinadores. Nevers explica que durante los cuatro años que duró esta aventura estuvo determinada por una “filosofía no lucrativa”. De hecho Hugo Porras, uno de los locutores, imitaba en son de burla la publicidad de productos como Baigón y Dolorán. Pero en una ocasión, el tío de uno de los muchachos vislumbró la posibilidad de anunciar su almacén a través de la emisora. Durante una temporada, el Almacén La Garza de Yopal pautó en los espacios de la Voz de Socotá, y los jóvenes realizadores pudieron ver algo de rentabilidad de sus oficios. Claro está que no era mucho: recordando aquellos tiempos, Nevers sugiere que lo único que quería hacer el señor era “darnos para la gaseosa, porque se dio cuenta de que éramos estudiantes y no teníamos ni un peso”. Un ejercicio altruista disfrazado de publicidad.

Una radio nómada

Para 1976, la emisora tuvo que cambiar de sede. Varias reubicaciones de la antena sobre el techo, que era de teja de barro, terminaron por generar un problema de goteras. Sumado a esto, doña Graciela, la mamá de Nevers y Javier, se desesperó por el ruido constante y la llegada de gente de todo al pueblo a la sala de su casa. “Nos tocó irnos para la tienda de don Santos Montoya, el papá de nuestro locutor deportivo. Era un espacio de unos cinco metros cuadrados y nos dejó montar ahí la emisora. El señor de la electrificadora nos prestó una torre y ahí instalamos la antena. Pero como era la tienda abierta al público, llegaba la gente a hacer bullicio y no dejaban transmitir porque todo el tiempo estaban diciéndole a uno: ‘Póngame este disco’, ‘Póngame este otro disco’”.

No fue buena idea mezclar la radio con una tienda. Con estas dificultades, la emisora empezaba a pedir una sede tranquila, alejada del ruido para que las transmisiones fuesen más limpias. Un día en que el señor de la electrificadora les quitó la torre porque la necesitaba, decidieron irse en busca de otro lugar. Como la emisora ya gozaba de mucha popularidad, no demoraron en encontrar un espacio más ajustado a sus necesidades. La personera municipal, doña Iris Fernández, les prestó una casa de su propiedad que estaba vacía. Sólo hubo en principio una dificultad: la casa no tenía energía eléctrica instalada. Fue necesario comprar un cable de cinco metros y pedir permiso para conectar el transmisor en la vivienda vecina. Pero una vez superados estos problemas, la casa fue símbolo de la etapa más productiva de la Voz de Socotá, cuando durante algunas horas a la semana pudieron hacer a un lado los discos y dedicarse a transmitir en vivo el talento musical de la región.

Empezó a circular la información de que había una emisora de radio, y los domingos empezaron a llegar agrupaciones musicales de todas las veredas aledañas. “Llegaban borrachos y sacarlos era un camello porque querían quedarse tocando hasta las dos de la mañana”, recuerda Nevers, pero también reconoce que aquel espacio terminó siendo importante para la difusión y consolidación de la música campesina.
No existían todavía los Carrangueros de Ráquira, pero ya se adivinaba una oleada de talento boyacense que iba a dar mucho de qué hablar. Haciendo memoria de los formatos instrumentales, Nevers recuerda especialmente la combinación de guitarra, bandola y requinto. Este es un estilo de trío propio de los departamentos de Boyacá y Santander (en tanto que en Cundinamarca y la zona cafetera es mucho más común el formato de guitarra, tiple y bandola) de modo que, sin saberlo, los muchachos de la emisora estaban también ayudando a que no se perdiera una tradición local.

Fue por esa época que el alcalde, don Eulogio Bello, decidió expedirles carnet de comunicadores para oficializar su situación. La popularidad de la Voz de Socotá hizo que otros municipios asumieran aventuras similares. Pero la emisora socotense era exigua, transmitía con veinte vatios de potencia y apenas tenía una cobertura de diez kilómetros cuadrados. Cuando los municipios vecinos inauguraron sus emisoras, éstas contaron con equipos más sofisticados. Y al no sincronizar bien los transmisores, las señales de emisoras locales comenzaron a interferir con las señales de las grandes cadenas RCN y Caracol. Ante una queja presentada por estas empresas, el Ministerio de Comunicaciones tomó cartas en el asunto y mandó suspender muchas de estas transmisiones. Sólo se salvaron dos emisoras: una en Jericó y otra en Socha... y, por supuesto, la Voz de Socotá, tan pequeña que no molestaba a nadie.

Se apaga una aventura

En 1977, la Voz de Socotá vuelve a trasladarse, esta vez a la que sería su última sede: una casa vieja detrás de la iglesia, con paredes de tapia de barro. Era evidente que nadie había vivido allí en mucho tiempo. Una vez más, el lugar no contaba con energía eléctrica, pero les prestaron una planta. Parecía ser el lugar ideal, pues no había vecinos que se quejaran por el ruido. El problema surgió cuando los muchachos se dieron cuenta de quiénes eran sus “vecinos”. Recuerda Nevers: “La casa era oscura, quedaba alejada del pueblo y al frente estaba el humilladero, que era a donde llegaban los muertos, como una funeraria. Y claro, eso nos quedaba como a unos doscientos metros. Después de las seis de la tarde si uno se quedaba solo le daba miedo”. A partir de ese momento el horario de transmisión cambió. La Voz de Socotá terminaba sus transmisiones a las seis, antes de que oscureciera completamente.
Una mezcla de este miedo a los muertos con la aparición de nuevas obligaciones para los muchachos fue la que terminó con la emisora en 1978. “La voz de Socotá se acabó, en primer lugar, porque el Ministerio de Comunicaciones empezó a hacerle seguimiento a muchas emisoras clandestinas que había. Entonces mi hermano Javier dijo: ‘No nos metamos en problemas’. Y en segundo lugar porque él se iba a estudiar a la universidad a Tunja, entonces apagó el transmisor definitivamente. Y así se terminó la emisora”.

Hoy, Javier Antonio se desempeña como profesor de educación física en Tunja y dejó a un lado el interés por la mecánica y la electrónica. Su hermano Nevers Germán es consultor del Fondo Nacional de Regalías, pero ha mantenido el gusto por la radio más allá de su perfil de oyente: esporádicamente colabora con informes sobre temas de historia para la Cadena Radial Boyacense (1300 AM). Cuenta que la Voz de Socotá sigue estando en la memoria de sus pobladores y que todavía se encuentra con antiguos oyentes cuando se reúnen los miembros de “El Oticón”, una fundación para la integración de la colonia socotense en Bogotá. “La gente todavía me dice: ‘Qué hubo de la emisora, yo escuchaba esos programas’”.

El amor por su pueblo, del cual se siente un orgulloso representante, ha llevado a Nevers Germán Ojeda Gómez a trabajar en bien de su renombre. En 1989 se desempeñó como alcalde encargado y en 2003 publicó La historia de Socotá, un libro que resalta su pasado, su geografía y su folclor. Según el doctor Javier Ocampo, presidente de la Academia Boyacense de Historia, “el escritor Ojeda Gómez transmite para nuestro presente y para la posteridad el orgullo de los valores socotenses, el aprecio profundo de sus glorias pasadas, la grandeza de sus hijos eminentes y el fervor hacia un futuro de gran desarrollo y prosperidad, en la armonía de la paz por todos anhelada”.

Ahora que las comunicaciones han mejorado y las señales de radio y televisión llegan al pueblo con mayor nitidez, una apuesta como la de la Voz de Socotá no tendría la misma resonancia.
Pero un dato puede darnos luces acerca de su legado. En el último encuentro de música carranguera y campesina boyacense, hubo un total de treinta agrupaciones provenientes de Socotá. No es desfasado pensar que tales grupos (entre los que se destacan Carbón Carranguero y Los Pregoneros) se inspiraron en las transmisiones o en la aventura cultural de aquella radio de la segunda mitad de los años 70. Un juego electromecánico de vastos alcances, una emisora casera que llegó a ser la voz de todo un pueblo.

Texto agregado el 28-11-2014, y leído por 176 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
21-07-2017 Hermosa semblanza de las cosas de mi tierra colombiana. Creo que no es justo no encontrar ningún comentario previo en este escrito subido hace casi tres años. Quizás ha faltado promoción, aunque valdría la pena darle una revisión al continuo entrecortado de las palabras, que dificulta la lectura. Gcarvajal
 
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