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LAS MISTERIOSAS GAFAS OSCURAS

Recuerdo con nitidez aquella tarde de verano en la que me senté a tomar un café en un bar de la calle Córdoba a la espera de una amiga con la cual había quedado en encontrarme.

Sobre la mesa alguien había olvidado un estuche de anteojos de una conocida y costosa marca.
No resistí la tentación de abrirlo, y así fue que encontré un par de anteojos de sol muy oscuros, del tipo aviador, con un hemoso marco dorado.

Inmediatamente y sin saber porqué vino a mi memoria aquella película de los años cincuenta. Era una película clase B que alguna vez había visto repetida por televisión cuando tenía algo así como diez años de edad. Mostraba cómo la vida de
un hombre común dio un vuelco extraordinario al descubrir unas gafas oscuras especiales muy codiciadas por unos misteriosos hombres de negro que lo perseguían.
Al ponérselas en un restaurant descubría que algunas personas allí sentadas eran alienígenas, y que en realidad, hablaban un lenguaje subhumano.
Luego, al caminar por la calle con las gafas puestas descubría que los carteles de publicidad común contenían en realidad mensajes siniestros para la dominación subliminal de la raza humana.

Extraje los lentes del estuche y descubrí, pegado en su interior, un pequeño cartel con el nombre y la dirección de su propietaria: " Si encuentran estos lentes, por favor devolverlos a la calle Córdoba N°..... Son recetados. Gracias. CANDELA."

No se porqué se me ocurrio la loca idea de que , ese día, los planetas se habían alineado puesto que hacía varias semanas venía fastidiada por la egolatría y quisquillosidad insoportables de algunos representantes de la raza humana con quienes había cruzado fuertes discusiones .
Entre ellos: Carlos, mi pareja, quien se comportaba de una forma extraña y distante, sin motivo aparente ni explicación alguna.

Así fue que, pensando divertidamente en la película,
decidí colocarme los lentes a fin de detectar alguna presencia alienígena en el bar o mensaje subliminal en los carteles publicitarios de la vereda de enfrente que veía desde la ventana, por ese dicho tan difundido que afirma que "todo depende del cristal con que se mire".

Me sentí un poco ridícula y defraudada al comprobar que todo se veía borroso con aquellas gafas ahumadas. Obviamente, su aumento no correspondía a mi graduación visual.
En ese momento sonó mi celular. Mi amiga me avisaba que no concurriría al bar por un desperfecto con el auto que la había dejado varada en la autopista y estaba esperando la grua.

Decidí entonces pagar el café al apurado y hostil mozo que me había atendído , quien, luego de cobrarme , me dio la espalda sin mas y se dirigió a la barra para levantar una nueva bandeja cargada de sandwiches y gaseosas para otra mesa, sin darme la más mínima oportunidad de entregar los lentes.

Quedé pensativa unos segundos, y fue entonces que caí en la cuenta de que la dirección que figuraba en el cartelito de la dueña de los lentes quedaba a escasas dos cuadras de allí.

Así fue que , como me quedaba de paso, me levanté con los lentes en la mano con la intención de devolverlos yo misma.

Mientras caminaba iba pensando en la película de los alienígenas, y riéndome sola decidí infantilmente colocarme los lentes una vez mas antes de devolverlos.

En este segundo intento, las imágenes borrosas del principio se fueron lentamente aclarando, hecho que atribuí a que mis ojos se iban acostumbrando al aumento de las gafas. Al cruzar la calle, luego de caminar una cuadra, ya veía perfectamente como si aquellos lentes hubiesen sido recetados para mí. Dudé un instante en devolverlos, pero desheché la idea y comencé a buscar la dirección de la casa.

La encontré de inmediato sin ninguna dificultad.
Era una casa antigua de Palermo, bien conservada. Se notaba que estaba reciclada.

Toqué el timbre y luego de observar cautelosamente por la mirilla entreabrió la puerta una mujer muy alta, rubia, con un maquillaje muy cargado y casi perfecto, un short ajustado, medias negras caladas, zapatos con taco aguja y un generoso escote por el que asomaban sus costosas siliconas que exhibía orgullosamente.
Una prominente nuez de Adán en el cuello y unas manos enormes con hermosas uñas esculpidas me llamaron la atención .

Me presenté, le comuniqué el motivo de mi visita, exhibí las gafas preguntándole si eras suyas y si su nombre era Candela.

No me sorprendió su voz masculina disimulada confirmando su identidad y la propiedad de los anteojos en cuestión.

Se los entregué en mano, tras lo cual la blonda dueña quiso recompensarme pecuniariamente . Me negué de manera rotunda.

Y estaba ya despidiéndome con una sonrisa cuando escuché otra voz masculina que provenía del interior de la vivienda que me dejó paralizada y me obligó a girar sobre mis talones.

Este segundo individuo preguntaba con un tono muy tierno y suave: "...Quién es mi amor?...".
"Candela" a su vez se colocó de perfil y le respondió en el mismo tono: "Todo bien cielo, una persona vino a devolverme los lentes de sol que dejé olvidados hace un rato en el bar de la esquina donde estuvimos almorzando".

Hubiese seguido tranquila mi camino a no ser por el hecho de que esa segunda voz masculina que venía del hall me resultaba harto familiar...

Sin dudarlo me asomé al interior de la vivienda por el resquicio de la puerta entreabierta y constaté estupefacta que se trataba de Carlos, ahora mi ex pareja, quien , con el torso desnudo, descalzo , cubierto por una toalla mínima de la cintura para abajo y con el pelo revuelto y mojado, se encontraba parado allí, con la cara súbitamente desencajada buscando infructuosamente un lugar donde ocultarse ,tras constatar mi presencia en la puerta de la casa.

No recuerdo con exactitud los sucesos que siguieron, solo que abrí la puerta de un empujón y entré como una locomotora fuera de control.

Todo desembocó en una trifulca de proporciones nucleares donde volaron jarrones, sillas, ceniceros, etc.
Recuerdo vagamente la sirena de un patrullero del que bajaron tres policías que ingresaron a la vivienda ( seguramente alertados por los vecinos) e intentaron inutilmente calmarme.

Carlos terminó en la guardia de un hospital cercano con contusiones múltiples, "Candela" y yo en una comisaría de la zona. Por fortuna ninguno de los dos quiso formular cargos en mi contra. Se confeccionó el acta de rigor y nos retiramos sin hablarnos ni mirarnos.

Supe después que a mi ex le dieron el alta a las pocas horas, (por desgracia solo presentaba lesiones leves) ,y ya estaba en su domicilio cuando recibió un bolso con sus pertenencias que le hice llegar mediante un remisero. Me negué a aceptar explicación alguna.

Como en aquella película clase B de la década del 50, las gafas oscuras cumplieron, una vez mas, su misión de aclarar el panorama. Aunque en esta ocasión no se trató precisamente de una conspiración alienígena dirigida a dominar el Planeta Tierra.

MARÍA

Texto agregado el 19-01-2015, y leído por 129 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
09-03-2015 Me dejó la impresión de ese misterio que a veces nos ronda y que inesperadamente termina develándonos esa parte de la realidad que finalmente nos atañe, saludos, juan_pablo
19-01-2015 Tragicómica historia que me ha gustado muchísimo. Un abrazo, sheisan
 
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