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Te voy a darte el gusto de enterrarme, le había dicho la abuela, días antes de morir, como si hubiera adivinado que la muerte estaba esperándola a la vuelta de la esquina, en medio de su desconcierto y cuando aún no había tenido tiempo de arreglar las cosas que el abuelo había dejado poco después de su entierro.
Dangler prendió la cocina. Peló unos cuantos plátanos y los puso a hervir en una olla de barro. La llenó con frejol puspuporoto y esperó sentado en el huerto, afilando su machete. Quería aprovechar el día, desde temprano, antes que el sol empezara a lastimarle los ojos, el rostro, y todo lo que pudiera. Miró la casa y se llenó de tristeza. Pero no le dio tiempo porque los animales se encargaron de devolverle su realidad. Estaba solo y había que alimentarlos. Les arrojó porciones de maíz tanto a las gallinas como a los chanchos. Tomó un café a la ligera y comió su plátano con el frejol. Puso dos puñados de fariña en una picsha para comerlos por el camino de regreso y envolvió dos pescados secos para completar su almuerzo. Se quedaría en el maizal hasta más allá de las cuatro de la tarde. Se hizo de una canasta, puso una pretina en ella y se fue caminando, sin ganas de coger a la yegua para que le acompañara. Silbó a sus perros y se perdió por el camino que conducía a la chacra dejada por el abuelo.
Sus pasos era largos y apurados. No hizo caso de Apuelo que levantó la mano en señal de saludo. Después se arrepintió y antes de perderse volteó el rostro y agitó sus manos pero ya Apuelo estaba entretenido con sus perros. Se encogió de hombros. Con el machete fue cortando ramas que se atravesaban en el camino. En una de esas casi corta su pierna izquierda al tratar de alcanzar una gruesa liana que hizo rebotar el machete.
—Buenos días, Margarita —saludó a la muchacha que regresaba de su chacra y se iba hacia el pueblo montada sobre una yegua, llevando un pequeño saco de yuca y cantón.
La muchacha no respondió, solo le regaló una sonrisa y él se alegró. “Te veo por la tardecita”, le gritó sin el temor a que le escucharan como sucedía en el pueblo.
Margarita siguió de frente y él se dio por complacido.
Antes de llegar al maizal se introdujo al cementerio y cogiendo flores silvestres los puso en el sitio donde reposaban el abuelo y la abuela. Le dio pena saber que en poco tiempo el monte se encargaría de hacerlo desaparecer. Tal vez una fuerte lluvia lleno de lodo les arrastraría hacia el fondo del barranco y se hundirían en el Huallaga, el lugar preferido del abuelo. Hizo el signo de la cruz y oró en silencio. En realidad no oró, solo se quedó callado cerca de un minuto para luego cultivar una parte del terreno donde se conservaban los abuelos.
Cuando llegó a la chacra se refugió del sol guareciéndose en el tambo. Se tendió sobre una hamaca que tenía acondicionada y se quedó dormido como media hora. No tenía ganas de trabajar, solo alejarse del pueblo y esconderse en la chacra, adormecerse con la bulla de los animales y la monotonía que le producía el rugido del Huallaga.
La abuela le había dicho, en más de una ocasión, que necesitaba de una chica para que no estuviera pensando tonterías. Y entonces ella no sabía que Margarita ocupaba un lugar en su corazón. Se sonrió y poco a poco fue quedándose dormido. Cuando despertó el viento le anunciaba que llovería en cualquier momento. Entonces se apuró. Se lamentó no haber llevado a la yegua. Cogió un poco de maíz, los puso dentro de la canasta. Y sin querer preparar su almuerzo cargó sus cosas y bajó la cuesta, buscando el camino de regreso.
La lluvia empezó a golpearle apenas hizo su entrada al pueblo. Antes levantó la mano a don Apuelo que observaba sentado en el umbral de la puerta pero él hizo a un lado el rostro, mostrándose indiferente. Al llegar se quedó parado en la puerta de su casa, con la carga de maíz sobre el hombro. Vio entre la neblina a don Humberto salir a su vereda y extender la mano. Calcularía que sería cuestión de media hora la caída de la lluvia, luego tendría tiempo para ensayar con su clarinete.
Dangler dio un resoplido y se puso de mal humor porque recordó que no podría salir a encontrarse con Margarita. La lluvia le malograba sus planes: el camino fangoso y las plantas húmedas solo dificultarían su encuentro. Se dirigió a la cocina y puso el pescado seco al carbón. Se sirvió acompañado de puspuporoto y del plátano que sobró en la mañana. Antes que oscureciera dio de comer a los animales y luego sacó una silla y se sentó mirando a la única calle del pueblo, oyendo a ratos las melodías que entonaba el viejo Humberto. Más allá, llegando a la esquina, el viejo Ventura ”Shasha”, se acomodaba en una “perezosa”. Cerró los ojos y dejó que su mente volara lejos del pueblo y se entretuviera con los abuelos y los tíos antes que se fueran a vivir lejos. No recuerda a Benjamín, pero la abuela lo nombraba como si hubiera partido ayer.
No le gustaban los lunes, le dijo la abuela y repetía al cansancio que el lunes había enterrado a su marido cuando en realidad fue el domingo. Ella se murió al poco tiempo, antes de cumplir el año, y botar el luto como Dios manda, es decir, volver a sus vestidos floreados y escuchar la música que al abuelo le agradaba. Se murió de pena. No esperó que las lluvias se encargaran de violentar su casa, ni pudo ver que el cerco se fuera cayendo poco a poco, menos esperar el regreso del hijo que había partido hacía mucho tiempo. Lo enterró en silencio, sin la pomposidad con que enterraron al abuelo. No estaban sus hijos, solo los curiosos que llenaron la habitación con sus esteras y sus cantos quejumbrosos. El viejo Apuelo se acercó a darle un rezo a pesar que ella nunca le había visto con buenos ojos porque lo consideraba un brujo mal nacido. Al día siguiente, temprano, la enterraron, antes que empezara a oler mal y la casa se llenara de moscas. Cuando todo terminó, Dangler se sintió solo y sin ganas de seguir en esta casa, donde penaban y habitaban los espíritus de los hijos que murieron. A pesar de todo, eso le satisfacía, le hacía recordar que en este pueblo no pasaba nada. A menos que…
—¿Te interrumpo? —era la voz de Margarita que, acompañada de su hermana, se acercaron con una linterna entre manos—. No te molestes. Pasábamos por acá.
—La lluvia malogró mis planes —se justificó.
—¿No te cansas de vivir en esta casa? Hay mucha soledad. A mí me da miedo.
—No sé qué estoy esperando para irme de aquí. Creo que voy a terminar de arreglar el cerco que la abuela me encargó, aunque la lluvia diga lo contrario y malogre todo mi trabajo. Lo dejaré listo para cuando vuelva su hijo.
Margarita se sentó a su lado. Dangler les dijo que podría invitarles té de hojas de naranjo. Se fueron hacia la cocina y prendieron el fogón.
Entonces se escuchó un dúo de clarinetes. “Debe haber llegado el hijo de don Humberto”, dijo Dangler. Eso molesta al viejo “Shasha”, a mí me divierte, especialmente si toca la melodía favorita de la abuela.
—¿Sabes que la muerte nunca se va sola? —afirmó Margarita—. Le gusta llevarse a dos o tres. Ahora, ¿a quién le tocará?
—De repente al viejo Apuelo o al viejo “Shasha”.
—No seas mal agüero —rezongó Margarita causando la risa de su hermana.
Se asustaron al escuchar un aleteo en el bosque. El viento se encargó de apagar el fogón. Entonces se alejaron.
Al día siguiente, mientras alistaba sus cosas para reparar el cerco, se presentó un extraño de aproximadamente cuarenta años, con un sombrero entre manos y una valija sucia.
—¿Quién eres? —le preguntó, descargando sus cosas en la vereda.
Y Dangler sin salir de su asombro le contestó
—Soy el ahijado de la abuela, ¿y tú?
—Soy su hijo.
—Ah —movió su cabeza Dangler—. Ya era hora que regresaras. Ahora me puedo ir tranquilo de esta casa.
No le preguntó si había tomado desayuno, así que solo le sirvió café. Le quedó mirando sin atreverse a preguntar por qué ahora se molestaba en regresar.
—¿Te llamas Benjamín?
—Sí.
—La abuela te nombraba mucho. Te veía en cada esquina por donde pasaba, en cada árbol que le sombreaba y hasta al momento de servir la comida ponía unos cubiertos de más. Los heriste mucho con tu partida.
Benjamín bajó la cabeza. No quiso preguntar. Deducía que se habrían muerto hacía mucho tiempo.
—¿También te irás de este pueblo? —preguntó Benjamín.
—Ya no queda casi nadie. Mira a tu alrededor. Antes hacían fiesta cada vez que llegaba un extraño o regresaba algún familiar. Ahora a nadie le importa tu regreso. Mira la casa como está: vacía. Tus hermanos se fueron hace mucho tiempo. Yo termino de arreglar el cerco que me encargó la abuela y me largo. De repente me voy a vivir con Margarita.
—Te ayudaré con el cerco —dijo Benjamín.
Estuvieron mucho tiempo sin conversar. En realidad no tenían nada que decirse. Dangler no recordaba a Benjamín y Benjamín tampoco quería recordarlo.
En noviembre empezaban las lluvias y Dangler sonrió pensando que no sería mala idea que más tarde cayera aunque sea una llovizna pequeña para mejorar el día caluroso. Entonces recordó a Margarita y movió su cabeza: tenía que verla para decirle que le amaba y que pensaba vivir con ella y si sus padres no le aceptaban la llevaría lejos, escaparía con ella, por Juñao, Costa Rica o Pajarillo, donde nadie los encontrase.
—¿Es bonita? —preguntó Benjamín.
—¿Quién?
—Margarita, la chica con quien te vas a escapar.
—Me gusta y a ella también le gusto.
—¿La abuela sabía de ella?
—No, pero se lo imaginaba. Y tú, ¿tienes mujer?
—Se quedó en Túpac, en un pueblo a orillas del Ucayali. Ella quiere tener un hijo y hasta ahora no podemos.
—¿Y regresaste para contarle a los abuelos que no pueden tener hijos?
—Pensaba llevarlos
—Llegaste tarde. Están viviendo en el cementerio.
Benjamín agachó la cabeza. Un trueno les anunció la llegada de la lluvia. Dangler dejó de hacer lo que estaba haciendo y corrió hacia la calle. Antes le gritó a Benjamín:
—En este pueblo ya nadie te recuerda.
Se perdió por el cañaveral que había a la entrada del pueblo para pasar por el terreno de doña Ubertana y oler los ricos limones que crecían en su huerto. Saltó la cerca de don Aquiles Panduro y apareció en la quebrada que había detrás de la casa de Margarita. Silbó imitando a un chorchochor y esperó. Un poco nada más. La muchacha se apareció sonriente, golpeándolo con una varilla, acariciando su pelo y diciéndole que hoy no podría verle porque la lluvia caerá en cualquier momento. El puso cara de tristeza y luego le contó lo de Benjamín. Ella lo había visto cuando se bajaba de una balsa que llevaba mercadería hacia Iquitos.
—¿Se va a quedar?
—No sé, es su casa y yo me iré contigo donde sea, que nadie nos encuentre.
Ella se rió y él no hizo caso. Le dio un beso y afirmó que nadie le detendrá porque la quería muchísimo.
Entonces un relámpago y luego un trueno le impidieron seguir hablando. La muchacha se despidió a la ligera. Dangler regresó y encontró a Benjamín abriendo unas latas de portola. “Las tenía guardadas para esta ocasión”, dijo. Almorzaron hablando lo necesario. A veces se reían de la nada, solo por reírse: si pasaba una gallina cacareando o si el perro escondía su cola entre la ceniza.
A las tres empezó la lluvia y entonces el pueblo se llenó de tristeza que adormecería su corazón por mucho tiempo. Al comienzo cayó una llovizna suave como preparando el camino para lo que vendría después. Luego fue un ventarrón lo que se llevó las hojas de palma que cubrían el techo de algunas casas. Se escuchó un rugido de tigres viniendo desde el río, amenazando. Dangler dijo que el Huallaga estaba creciendo y seguramente estaría lloviendo aguas arriba, por el Huayabamba. Luego la lluvia se puso más intensa, con ganas de desaparecer al pueblo, porque el lodo empezó a ganar las calles y a empozarse en las zanjas y en cuanto lugar pudiera. Don Ventura, cerró el libro que estaba leyendo en la vereda para refugiarse dentro de su casa. A ratos sacaba la cabeza para escudriñar, como buscando amenazar al viento y que no se levantara su techo de calamina.
Benjamín se sentó cerca a la cocina y Dangler le dijo que se apartara porque los leños que aprisionaban el techo estaban flojos desde la muerte del abuelo y podría caerse en cualquier momento. Entonces estalló un relámpago que derribó un árbol y asustó a los animales que estaban cerca; luego, el trueno que le siguió hizo huella en sus oídos. Rápidamente oscureció. Mientras los árboles se agitaban y solo se observaba una densa bruma entre el campo de futbol y la casa de don Apuelo, el rugido del río se volvía amenazador, buscando abrirse paso entre las piedras y el murito que servía de protección.
Alguien montado sobre un caballo, se detuvo en la puerta y preguntó por la abuela. Dangler observó con cuidado desde la puerta antes de preguntar:
—¿Eres uno de sus hijos?
—No, soy un encargado, como voy para Shitari, me dijeron que de pasada le informara que su hija está por regresar.
—¿Quién? ¿La cantante? —preguntó Benjamín. Se carcajeó dando la espalda.
—Dile a quien te encargó que no regrese porque no hay nadie para que la reciban. Todos están muertos.
—No sé —dijo el hombre—. Solo me encargaron. Adiós.
La noche llegó antes de las seis. Apenas pudo prender unos cuantos lamparines. No fue a la cocina. Se acomodó en la salita que estaba cerca a la bodega donde guardaban sus víveres y le dijo a Benjamín que se acomodara en cualquier sitio.
—Mañana, si Dios quiere, ya podrás instalarte donde quieras. La casa es toda tuya.
A pesar de toda la bulla se durmió. Cuando se despertó se dio cuenta que no estaba soñando. Un ruido terrible le indicó que estaba frente a una lluvia peligrosa, enfurecida. Las casas empezaron a caerse antes de la madrugada. Primero fue la casa de don Urías, dejando solo una ruma de maderos y hojas secas de palma. Rescataron algunas prendas y se adentraron en la parte de atrás, donde dormían los animales. Luego se cayó la casa del frente. Se cayó de vieja y porque nadie la habitaba, tan solo los animales que buscaban sombra o refugiarse de la lluvia.
Cuando amaneció todavía seguía lloviendo. Nada podía detener la furia del río. Empezaba a desbordarse y los animales ganaban la altura del cerro. Algunas personas, como don Alejo Pinedo y toda su familia cogieron algunas prendas y envolviéndolas en plástico se fueron hacia la carretera, donde empezaba el cerro.
—Es por tu llegada —le dijo Dangler a Benjamin. —. Te dije que nadie te quería en este pueblo y mira cómo se ha enfurecido la naturaleza. ¡Vámonos! —gritó—. Esto se va a venir abajo.
Benjamín lo miró y sin decir palabra alguna se sentó a esperar a que el agua inundara sus pies. Se pasó todo el día en ese estado, viendo cómo la lluvia se deslizaba por su vereda, oyendo los truenos que no tenían cuando acabar. Se subió al terrado y se puso a cantar en voz alta, ni siquiera se calló cuando se vino abajo la cocina y los animales eran arrastrados por la fuerza de la lluvia.
El río empezó a desbordarse como a las siete de la noche. Dangler, junto con el resto de la población, buscaba ganar la parte alta del cerro por donde pasaba la carretera.
Llovió toda la noche y cuando amaneció se pudo ver que la mitad del pueblo había sido arrasado y solo quedaban escombros. La única víctima fue don Apuelo que no pudo ser auxiliado cuando su casa se derrumbó, porque, ahí nomás, un remolino se lo tragó. Entonces Dangler recordó las palabras de la abuela cuando dijo que no estaría el siguiente invierno para ver cómo desaparecía el pueblo.
Por la tarde, empezó a salir el sol tímidamente, como si buscara atenuar la furia de la lluvia y del río. Se escuchó cantar a los gallos y un perro empezó a lamer la mano de don Ventura.
—Ahora sí no tenemos dónde vivir —le dijo Margarita a Dangler.
—Vamos a poblar esa parte de ahí —le dijo señalando una altura, donde crecían taperibas y guabas—. Ahí no llegará el río. Me haré una casa bonita y esperaré a que tengas ganas de vivir conmigo.
—¿Y Benjamín?
—No creo que se quede. Además, no tiene casa. Esa se caerá antes que termine el día.
Se escuchó nuevamente un rugido. Ellos apuraron el paso. Abajo, en el cementerio, las flores silvestres se deslizaban hacia el barranco.

Texto agregado el 06-02-2015, y leído por 59 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
06-02-2015 Me regusta, esta escrito desde las entrañas de la tierra, Gracias !!! riosdevino
 
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