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Queridos amigos:
La historia que van a leer es verdadera. Claro, en caso de una investigación yo lo negaría. Es la ventaja de los aprendices de escritor que podemos decir que todo es ficción, producto de nuestra acalorada imaginación y que somos unos verdaderos embusteros. Hecha esta pertinente aclaración precederé a mi relato:

La ciudad donde habito, Torreón, en el norte de México tiene todas las comodidades modernas y en época de invierno hace un cruel frio que a mí en especial me deprime y me duelen los huesos, mi bella esposa dice que es por lo viejo, pero, ya ven como son las mujeres. En fin, a finales de enero de hace varios años, por las dudas no digo la fecha exacta, falleció nuestro querido amigo Juan, socio fundador de una maternidad donde yo trabajaba como pediatra.
Juan y Pepe, dos licenciados en enfermería, eran buenos para los negocios. Ambos estaban casados con dos hermanas, por lo que eran concuños además de compadres y buenos amigos. Al principio, por la novedad, la maternidad funcionó de maravilla, varios médicos la atendíamos y comenzamos a ganar bastante dinero, pues la atención además de excelente tenía un costo razonable. Total, para no alargar la historia les contaré que tanto Juan como su compadre Pepe como vulgarmente se dice “se hincharon de ganar dinero”.
Juan, además como buen creyente era un paladín de su iglesia. El tiempo, que lo único que sabe es añadirnos años, pasó con más rapidez de lo que uno desearía. De repente Juan era septuagenario y pensó retirarse de los múltiples negocios que tenía y dedicarse a gozar de su bien ganada jubilación en compañía de su querida esposa, cómplice de todos sus trabajos.
Hay un viejo dicho: “El hombre propone y Dios dispone”, que no por viejo deja de ser cierto. Juan y su esposa programaron un viaje a Europa, cuando la fatalidad les llegó. La señora en una fría mañana al levantarse se sintió mal y murió de un infarto masivo al corazón.
Todos admiramos a Juan, aceptó con estoica resignación la terrible pérdida de la compañera de su vida. Repartió en vida sus múltiples posesiones a sus cuatro hijos, dos hijas casadas y dos varones profesionistas. Sin embargo él quedó a expensas de la generosidad de sus retoños. Al año de enviudar y cansado de peregrinar de casa en casa de sus hijos, que la verdad lo consideraban un estorbo, alquiló un pequeño departamento amueblado y se fue a vivir solo.
Hasta aquí es la primera parte de esta historia, ya sin dinero propio Juan se quedó sin amigos, excepto su compadre Pepe. Todos pensamos que Juan era el culpable de sus desgracias por repartir su riqueza y no prever los avatares de la vejez. Sin embargo siempre estaba contento y risueño. Paradojas de la existencia, o tal vez como dijo el poeta: “El carnaval del mundo engaña tanto, /que las vidas son breves mascaradas; /aquí aprendemos a reír con llanto /y también a llorar con carcajadas.” (1)

Un gélido domingo en la mañana recibí la llamada de mi amigo Pepe y me dijo de una manera perentoria:
—A las cuatro de la tarde es la misa de cenizas de nuestro amigo Juan, te espero.
La misa fue en la capilla de la funeraria de más lujo de la ciudad, la que cuenta además con un columbario donde ahora en un nicho reposan las pavesas de Juan. No salía aún de la sorpresa por el óbito repentino de mi amigo, cuando mi extrañeza aumentó cuando Pepe me comentó:
—Ni se te ocurra darles el pésame a los hijos de Juan, pues están enojados contigo, ya que acabe esta ceremonia iremos a tomar una copa y ahí te explico lo que quieras.

Mientras paladeaba con delectación un fino whisky de 18 años en el ambiente acogedor y cálido del bar de más postín de mi pecadora urbe esperé con gran expectación la explicación prometida por mi amigo.
—Ahora sí, en esta tarde con el frio que hace es más agradable el coñac que el whisky, pero cada quién sus gustos. A propósito estas bebidas son cortesía de nuestro amigo Juan.
—Cómo, si él ya está en la dimensión desconocida —le comenté.
Pepe, rió con alegría y me dijo:
—Recuerda que él era asertivo y muy buen organizador. Claro, mereces una amplia explicación de los sucesos de este día, pero antes deja ponerte en antecedentes —por un momento guardo silencio mientras calentaba con sus manos su copa coñaquera.
— ¿Por qué los hijos del difunto están enojados conmigo? Si hace tiempo que no hablo con ellos —le cuestioné.
—Por un pequeño detalle, pero te lo diré al final. Mira nuestro amigo a pesar de ser muy listo, era muy ingenuo en cuanto a sus hijos. Al enviudar pensó en repartirles lo que con tanto trabajo había acumulado en su vida. Sin embargo, no conocía la naturaleza humana. Los muchachos al principio estaban muy contentos, pero no les hizo gracia tener que navegar con el papá.
—Bueno, eso era de esperarse —y agregué— es de sentido común.
—Por fortuna, hace cosa de un mes, se “le prendió el foco” al darse cuenta de “la pendejada” que había hecho al repartirles en vida su dinero y creo que procedió a remediarlo.
— ¿Te dijo algo?
—No, pero te haré una reseña de hechos.
Pepe, siempre ha tenido una vis melodramática, así que con parsimonia me relató lo siguiente:
—Me imagino que cuando Juan se dio cuenta de que sus hijos no lo “pelaban” para nada. Y además, no encontró comprensión con sus amigos los curas, por orgullo en soledad procedió a solucionar sus problemas sin ayuda: alquiló un pequeño departamento amueblado. Contrató un servicio funerario, pero solamente la cremación. En el último momento recurrió a mí. —mi interlocutor guardó silencio después de decir lo anterior.
—No me la hagas de emoción —le dije— ¿qué pasó? ¿Alguna vez te comentó que se sentía mal o algo?
—Sí, que no podía dormir y que usaba pastillas para dormir mezcladas con whisky, eso sí, del más fino. Ayer sábado me dio la llave de su apartamento y que hoy fuera a las ocho de la mañana y simplemente entrara.
— ¿Y?
—Pues eso hice. El apartamento estaba reluciente de limpio, sin nada fuera de lugar, no había botellas tiradas, ni frascos de medicamentos fuera de lugar. Todo en silencio, Juan yacía de costado en la cama, su cara denotaba tranquilidad. Había un grueso sobre dirigido a mí en el buró.
— ¡Ah, caray! ¿Por qué no llamaste al Agente del Ministerio Público?
—Porque no soy “rollero” como tú. ¿Para qué sirven los amigos? Aunque a veces me has acusado de ser “lento de entendederas”, por esta ocasión de inmediato comprendí lo que tenía que hacer. Llamé de inmediato a la funeraria y así con la piyama puesta lo llevamos a incinerar. Mientras lo hacían arreglé lo de la misa, ya sabes que a él le gustaba la parafernalia de la religión.
—Pero, —no pude menos de decirle— en el aspecto legal, la funeraria te pide un certificado de defunción.
—Claro, y se los di, por eso la cremación fue de inmediato antes de que a algún despistado se le ocurriera hacerle una autopsia. Por cierto tu firma es muy fácil de elaborar —terminó de decirme.

1.- Juan de Dios Peza. Reír llorando.










Texto agregado el 15-02-2015, y leído por 229 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
15-02-2015 Muy buena tu historia, amigo Heraclitus, muy apegada a la realidad del proceder de algunos hijos, gracias a Dios, que no de todos. Sabes, me fascinó el suspenso y el toque melodramático que le diste a la narrativa cuando Pepe relataba -al amigo- los entretelones del evento. Daban ganas de empujarlo para que expresara lo que tenía que decir, rápido. Notable escrito con tu sello de fluidez al escribir. Un full abrazo de felicitaciones. SOFIAMA
15-02-2015 Heraclitus: en realidad las nuevas generaciones ven hacía adelante y dejan las rémoras del pasado entre ellos los padres. Es injusto. Lo sé. Pero es la vida. Muy inteligente Juan, ya viejo y sin ilusiones lo mejor es dejar de una manera elegante la vida como él planeó. Felicidades mi buen escritor. Terryloki
 
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