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EL OFICIO DE ESCRIBIR,

a la luz deEl parto del destino, de Mario Méndez


La novela El parto del destino es la obra que presentaré. Pero voy a comenzar primero hablando un poco sobre su autor, Mario Méndez. Lo conocí como militante del Partido de la Liberación Dominicana cuando llegó de Cabral a la ciudad de Santo Domingo a principios de los años setenta. Nos conocimos después de habernos visto tres o cuatro veces en la Casa Nacional del Partido, en los primeros tiempos del PLD, cuando éramos muy pocos, y Juan Bosch decía una frase que nunca podré olvidar: “Ahora, no pasamos de la mata de limoncillo, pero pronto llenaremos el país de peledeístas”.

RETRATO DEL AUTOR: DOS TIPOS DE INTELIGENCIAS.

Al ver ahora a Mario Méndez dedicado al periodismo del área económica, (oficio de la palabra objetiva, propio de la gente práctica y cotidiana) y al mismo tiempo dedicado al a creación literaria, (ejercicio de la palabra en su acepción figurada, literaria, metafórica y teórica) recuerdo que en el mundo hay tres tipos de seres humanos. Unos tienen vocación por lo teórico, otros por lo pragmático, y el tercer tipo, los que tienen aptitud para ambas; y es a lo que alude el poeta Pablo Neruda en su Oda a Lenin -salvando la distancia comparativa entre Lenin y Mario-:

Fueron algunos hombres solo estudio,
libro profundo, apasionada ciencia,

y otros hombres tuvieron

como virtud del alma el movimiento.

Lenin tuvo dos alas:

el movimiento y la sabiduría.

En realidad, la ciencia intuitiva del bardo mostraba un descubrimiento que los neurólogos y psicólogos de hoy refieren cuando afirman la verdad de que en el cerebro humano hay distintos tipos de inteligencia, y no una sola como se pensaba hace un siglo. Y entre esos distintos tipos de inteligencias destacan dos fundamentales: la creativa que poseen los artistas, grandes soñadores, pensadores utópicos y otros similares; y la lógica que poseen los científicos, filósofos, matemáticos, políticos pragmáticos, investigadores, quienes se manejan en el mundo práctico y cotidiano. Pero entre esas dos inteligencias está una que tiene elementos de ambas: la del sentido común y el buen sentido, que poseen los pueblos sin formación académica, el campesino, el inventor anónimo de frases, prácticas y soluciones, así como también los grandes planificadores estratégicos y tácticos. Es la doble virtud que tienen el fundador del Estado soviético y el periodista y escritor cuya obra presento hoy.

Con el trato personal, las conversaciones sobre distintos temas, fui confirmando esa condición de Mario Méndez cuando estudiaba economía y al mismo tiempo era redactor del periódico Vanguardia del Pueblo. El manejo de la palabra es algo más propio de los hombres de inteligencia creativa que de los de inteligencia lógica o matemática. Pero Mario hacía el ejercicio de las dos, el estudio de la economía y la práctica del periodismo.

Sin embargo, en esa época no conocí ni al Mario poeta, ni al Mario cuentista, ni al novelista. Conocí al escritor de análisis, de ensayos, de artículos periodísticos, de reportajes para el periódico, de todo su manejo de la gramática; pero no al escritor literario que estaba en ciernes.

Cuando hace poco tiempo, Mario me informó que había escrito un libro de poemas no fue una sorpresa porque yo sabía que tenía esas dos caras de la inteligencias: la cara del lado izquierdo, de la lógica y la del lado derecho, creativa.

Aprovecho para hacer una necesaria digresión sobre ese tema que tanto me apasiona. Sucede que la inteligencia lógica sirve para preservar el mundo y la inteligencia creativa para transformarlo. Si no tuviéramos esas dos inteligencias, la humanidad estaría todavía en las cavernas, pues si a esos hombres que estaban en las cuevas no se les ocurre la idea innovadora de que podían salir de ellas construyendo una casa con un palo seco, yagua, palma cana u otros elementos, estuviésemos detenidos en el primer tiempo arquitectónico. Y después se les ocurrió hacer una casa de mampostería, de argamasa; luego de cemento, con hormigón armado; más tarde de block, hasta llegar a este mundo de fibras de acero de los rascacielos de 200 pisos, etc. Y junto a estos creativos siempre andaba la inteligencia lógica para cuidar, para conservar, para preservar lo logrado, con su lógica, y protegernos de la locura organizada de los creadores, que en su afán de inventar destruyeran todo lo existente. El mundo en que vivimos y disfrutamos cada día más y más lo debemos a esa genial combinación de inteligencias: una para conservar lo alcanzado y otra para crear nuevos logros.

La mayoría de los humanos no manejan las dos. Una parte de ellos son grandes creadores y malos administradores. Generalmente los artistas son muy malos administradores. Por eso los hay como Daniel Santos, gran cantante puertorriqueño, quien cantó con un estilo muy particular y exquisito, y grabó más de 100 discos de larga duración o long playings; lo cual es excepcional, increíble para un artista, y sin embargo, cuando murió el gobierno de Puerto Rico tuvo que buscar todo porque el maravilloso cantante no tenía ni siquiera dinero con qué comprar la caja para enterrarlo. Lo mismo pasó aquí con la Espiga de Ébano (¿ustedes se acuerdan de La Espiga de Ébano, don Rafael Colón?). Cuando enfermó, hubo que hacer una colecta porque los grandes artistas son pésimos administradores. Eso pasa con escritores, pintores, etc.; si no encuentran a alguien que los guíe en el manejo de sus vidas y bienes.

En cambio, los hombres con inteligencia lógica son buenos administradores, son los que gobiernan el mundo y también los grandes vendedores y comerciantes, porque saben controlarse y manejar los recursos que consiguen. José Luis Corripio, Bill Gates, Víctor Méndez Capellán, José Santos Taveras, son buenos ejemplos.

DE PERIODISTA ECONÓMICO A ESCRITOR DE FICCIÓN.

Pero dejemos el tópico de las inteligencias y volvamos a Mario Méndez. Nos sorprende con una novela después de haber escrito un libro de cuentos y un par de libros de poemas. Yo diría que son parte de un período exploratorio de él como escritor, porque en principio un escritor no sabe para que da: si para cuentista, novelista, dramaturgo, poeta, ensayista. La práctica va descubriendo eso. Es como decía García Márquez cuando le preguntaban: “Gabo: tú que has escrito tanto sobre la soledad, ¿por qué no escribes libro sobre la solidaridad humana?” . Él respondía: “Bueno, lo que pasa es que no soy quien escribe esos libros, los libros son los que me escriben a mí”. Es decir que él no puede escribir algo que se proponga conscientemente, sino que es su propio inconsciente quien lo empuja a una cosa o la otra. Eso pasa con todos los seres humanos, pero sobre todo con los escritores y artistas en general.

Por ejemplo, Octavio Paz y Enriquillo Sánchez son excelentes ensayistas; sin embargo, aunque buenos poetas, en poesía no vuelan tan alto como en ensayo. Lo de Julio Cortázar es algo mucho más curioso, pues escribió Rayuela, una de las más grandes novelas de todos los tiempos de la humanidad; sin embargo, no es tan buen novelista como cuentista. Por ejemplo, en adición a esa novela escribió el Libro de Manuel y Los Premios, 62, modelo para armar, novelas que no llegan muy lejos en la búsqueda de alcanzar al lector de buen gusto.

En el caso de Mario Méndez, su libro de cuentos es mucho mejor que sus libros de poemas, y la novela es casi tan buena como el libro de cuentos, lo cual me indica que posiblemente el narrador se imponga frente al poeta.

NARRACIÓN SEDUCTORA, ENFOQUE PROFUNDO Y VISIÓN ÉTICA.

¿Qué caracteriza a esta novela de Mario Méndez? Lo primero que descubro son los dos elementos eseciales que debe tener un libro. a) Que quien se interne en él pueda disfrutar leyéndolo. b) Que aporte algo al pensamiento de quien entra en contacto con el mismo; es decir, que el lector no pueda no ser el mismo cuando termine de leerlo. Ahora, la profundidad con que se logra eso define la experiencia o no del escritor, y su nivel de grandeza. Evidentemente, Mario Méndez, como novelista novel no está en condiciones de alcanzar la fuerza que deja la impronta de un escritor con maestría en el género. Por ello, esas características están en su texto, pero no con la intensidad de novelas que podamos considerar de acabada realización; por ejemplo, Sólo cenizas hallarás… Bolero, de Pedro Bergés, la mejor novela dominicana que he leído. Pero la de Mario Méndez nos entusiasma en la lectura, nos seduce y no necesitamos conocer otros elementos adicionales para disfrutar el libro. No obstante, le falta buen trecho para llegar a la novela de un autor experimentado en el género.

Abordemos otro aspecto. Hace unos días fui a ver una película a la que me invitó a una bellísima mujer francesa. Al final le dije que la película no me gustó. Ella me respondió que para disfrutarla tenía que haber leído un libro que se llama Amor íntimo, le sirvió de inspiración al director cinematográfico. Le señalé: si es así la película no es buena, porque es como si para yo disfrutar el beso de una mujer tenga que previamente saber que ella es ingeniera, médica o agrónoma. No, lo que yo necesito es que sus labios y espíritu hagan el trabajo inspirador, seductor. Eso ha de pasar con toda obra de arte verdadera: uno lo que tiene es que poder disfrutarla de manera autónoma, que uno no tenga dizque que conocer demasiado datos especializados adicionales para gozar de ella. Debe valerse por sí misma, aunque no dejo de comprender que mientras más elementos que ayuden a conocer la clave de algunos elementos de su lenguaje se disfruta más, la hace más gozosa y rica la experiencia, porque se multiplica para el receptor la capacidad de descodificar claves que usó el autor de acuerdo a su contexto, formación, biografía, etc.

Eso pasa con la novela de Mario Méndez: es sumamente dominicana, sureña, cabraleña, familiar, pero puede entenderla y disfrutarla cualquier persona que no sea dominicana ni sureña ni familiar del autor. El Parto del destino tiene esa primera condición. Ahora, por ese camino se llega a detalles donde uno puede quedar encantado, o paralizado porque no gustan. El novelista tiene esa ventaja respecto del cuentista o poeta. Que una novela puede tener malos momentos y, sin embargo, el lector no la deja porque sobrepasa ese mal momento y sigue adelante. Por ejemplo, una novela hecha por un maestro tan excelso como Gabriel García Márquez en Cien años de soledad tiene momentos débiles, aburridos, como cuando se enreda en las intrínguilis de las guerras del coronel Aureliano Buendía; pero son más los momentos sublimes, encantadores; pero el hecho de ser novela, larga, intensa, nos permite pasar los malos ratos y seguir disfrutando la mayoría seductora de la misma. Si fuera un cuento no sucedería así, porque si ya vamos por la mitad, y tiene una o dos páginas que nos aburren, posiblemente ahí mismo lo dejemos. En el poema todavía es peor: si después de una página no nos entusiasma, saltamos a otro poema o dejamos el libro.

Si tomamos en cuenta que esta es la primera novela del autor, podemos decir que encontramos un número razonable de casos y momentos de este tipo en el proceso de la narración, pues, a grandes rasgos cumple con el aserto de Bosch en el sentido de tener lo que ese autor llama fluencia constante, característica que permite al escritor mantener al lector atrapado en el enjambre de la historia, a través de ir creándole nudos de suspenso que al aclararse son seguidos de inmediato por otro y otro que mantienen su mente buscando siempre despejar una duda, un misterio; manteniendo viva esa ansiedad de saber que lo atrapa y aguijonea a continuar leyendo.

Así mismo, lo deontológico subyace en el curso de la narración que comentamos. Como en toda ficción que cuide estos detalles, aparece unas veces a través de un personaje, otras a través de la voz omnisciente del autor, podemos captar las inquietudes éticas que definen una pasión moral, una prédica ética, aquella que mueve al escritor y acicatea su pasión por escribir.

Precisamente eso diferencia a la simple literatura comercial de la que tiene cualidades o está en el camino de estremecernos por su trascendencia de enfoque, por transformar nuestra visión del mundo, por elevar la sensibilidad hacia valores que nos hacen mejores seres humanos. Es la escritura que logra educarnos, aunque el objeto principal de la literatura no deba ser educativo; que nos motiva a superarnos en la conducta, aunque ese tampoco sea el objetivo básico de ella; que logra hacernos meditar en las realidades negativas y positivas del mundo, y desarrolla nuestro espíritu crítico, aunque ese no sea el fin que debamos buscar en un escrito de ficción. ¿Qué debemos buscar en un escrito, cuál es el fin de la literatura verdadera? Diversión profunda, entretenimiento trascendente, alegría estremecedora. Para lo cual requiere tener ese entorno ético, esa atmósfera moral, como telón de fondo invisible pero que pese, que penetre lo hondo del inconsciente y desde allí se mezcle con la historia, con las formas del texto y nos haga saltar, sonrojar, reír, llorar, temblar y engrifar los pelos en la emoción inolvidable y transformable que provocó al escritor y la transfiere al lector.

NOVELA DE ELEMENTOS HISTÓRICOS, POLÍTICOS, AMOROSOS, FANTÁSTICOS.

Otra característica valiosa de esta novela es la multiplicidad tipológica, pues es varios tipos de novelas al mismo tiempo. Como ustedes saben, en la historia de la literatura hay distintos tipos de novela, focalizadas desde el punto de vista del contenido o de la forma. En este caso, es, por un lado novela histórica porque está referida al contexto de un período de la historia dominicana, de manera indirecta, que es como la literatura narra la historia de los pueblos vista por el lado emocional, sin exigirse la objetividad requerida al historiador. Por ejemplo, sin leer la novela El noventa y tres, de Víctor Hugo, no podemos entender muchos aspectos de la Revolución Francesa. Una cosa graciosísima es que el gran novelista francés pone a un sobrino del Conde, un antimonárquico que proviene de la nobleza, a que encabece a los revolucionarios y hostigue al tío con pasión. Era el más furioso en perseguirlo y lograr que la Justicia juzgue como representante del funesto Antiguo Régimen, y sea fusilado. El conflicto interno que representa la familiaridad en choque con el deber político es maravilloso en esa novela, de ambos lados, pero sin eso no podemos entender la compleja estructura de la sociedad francesa de 1789, que nos lo da esa narración emocional de ella.

La novela de Méndez es histórica también porque nos narra con nombres cambiados lo que pasó con la llegada de Francisco Alberto Caamaño aquí en el 1973, el golpe de Estado contra Juan Bosch, el gobierno de Jorge Blanco, de Antonio Guzmán, el breve período de Jacobo Majluta, y más tarde con los gobiernos de Joaquín Balaguer, no visto como análisis político porque la novela no es ni tiene que ser para análisis político. Su rol es mostrarnos indirectamente la impresión que deja esa época y su complejidad en el ser humano, en la psiquis del dominicano.

Es una novela de amor porque traza desde las primeras páginas hasta la última la relación inocente y platónica con Paola, uno de los personajes que pauta la novela, y siempre se siente como telón de fondo, y cuyo trágico suceso da el toque final a la misma.

Una estrategia que en la técnica de escribir novelas se emplea con frecuencia es el manejo de varios escenarios para ir pasando de este a aquel, y dejar al lector en un momento de suspenso pendiente de solucionar en uno y trasladarse al otro; así mantiene el interés en la lectura de las varias minihistorias que paralela e interactuadamente se desarrollan. Nuestro autor no usa tanto ese sistema; usa el de la narración lineal, sistema preferido de Knut Hamsum, ese gran narrador alemán. En la narración lineal vamos siguiendo el cronograma de sucesos, de acontecimiento en acontecimiento, aunque algunas veces se vuelva atrás, o se salte adelante, pero generalmente la característica principal de esta forma de narrar es siguiendo el hilo temporal de lo que va pasando.

Volvamos a lo amoroso. La estrategia es que la enamorada del protagonista -Paola- esté permanentemente presente de forma subliminal en la novela. Eso me recuerda un poco lo que pasa en El Quijote con Dulcinea, (respetando las distancias de calidad entre la obra maestra de Cervantes y la novela de un primerizo que es la de Méndez) la cual está desde el principio hasta el final en el subconsciente, en el inconsciente de El Quijote. Con la diferencia de que la Paola del enamorado Edelmiro Beremundo es un personaje real en la historia, mientras Dulcinea solo existe en la imaginación del Quijote. Él está tan loco porque ella no existe, porque realmente la enamorada por la que hace todas sus aventuras de caballería no existe, es un invento de él.

En El parto del destino podemos descubrir,-yo no “sabía” eso-, que Mario (perdón, Edelmiro Beremundo) había tenido tantas experiencias mujeriles y eróticas, y que realmente es un maestro de eso, o no sé si es nada más en la novela que es un maestro. Esto es un chiste que hago al autor de la novela, porque precisamente una de las ideas que más vienen a la cabeza del lector de El Quijote es la de que el personaje es tratado con tal intensidad por Cervantes, que uno se pregunta si no habrá una identificación real entre autor y personaje. Y así me pregunto si este Edelmiro Beremundo no será el propio Mario Méndez en sus aventuras de vida.

La novela que comentamos es también fantástica porque muchas veces emplea algo que ha sido una fuente de riqueza para el desarrollo de la novela latinoamericana: el pensamiento mágico-religioso. Los escritores de nuestra región se han dado la vuelta hacia atrás en sus vidas y descubierto que nuestros pueblos están llenos de mitos. Por ejemplo, nuestro pueblo dominicano tiene diversos personajes míticos provenientes de las religiones africanas, europeas, indígenas, etc.: bacá, ciguapa, galipotes, demonios, y diversas formas de brujerías, sahumerios, despojos, y mil supersticiones más, que son utilísimas para los escritores hacer ficción de lo que el pueblo ignorante considerara realidades. Entre esos mitos están los eróticos, como el que Mario Méndez usa con la idea de que si un muchacho o muchacha se unta baba de un becerro les crecerá el órgano sexual.

RECORDANDO LOS HUMORÍSTICOS NOMBRES DE CERVANTES.

Algo en que también la novela de Mario Méndez me recuerda a El Quijote es en el uso de nombres raros y sugerentes para los personajes. A ese respecto, quiero reflexionar que es curioso estudiar las causas psicológicas que influyen en los autores a la hora de identificar a sus personajes. Siempre tienen alguna relación con sus realidades psíquicas, históricas, personales, sociales. En el caso de Mario Méndez, los personajes son casi siempre de nombres fuertes en su sonoridad, y pocas veces tienen sílabas compuestas que suavizan la pronunciación, como sería, por ejemplo, Braulio, Cristina. Priman las vocales fuertes, como en Edelmiro Beremundo o en Paola.

Quiero ahora aprovechar para llamar la atención sobre algo que, hasta donde sé, los críticos no han observado en el libro de autor más leído en el mundo: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Empezando por el propio nombre de la novela, pues al leerla comprobamos la gran ironía y sarcasmo que significan los títulos que le da. No es ingenioso sino loco. No es hidalgo, pues significa de familia noble y distinguida y él es pueblerino. No es un Don en el sentido de respetuosidad que los españoles dan a esta palabra. Sabemos que Quijote habría de significar quijotudo, quijada desmesuradamente grande. Para colmo de humor, le agrega el apellido De la Mancha, es decir, del sucio, la falta, el defecto; y por si fuera poco, en el curso de la novela le pone el mote burlesco de Caballero de la Triste Figura. Y, claro, La Mancha es un lugar tan ridículo, tan despreciable, tan sin importancia, que la novela empieza diciendo que el narrador ni quiere acordárselo.

Vamos a los otros personajes. La novia es también objeto de sorna graciosa: Dulcinea del Toboso. Es decir, la palabra dulcinea está asociada a lo tan dulce que empalaga; y Del Toboso aludiría al que es todo bozo, todo bigote; aludiendo a una cara pequeña con un gran bigote, tal como el reseñado por el otro español grande: Quevedo, con su “Érase una vez un hombre a una nariz pegado”.

¿Cómo se llamaba el caballo? Rocinante. Es otra ingeniosa burla, porque en España a los caballos les dicen rocín; pero el del Quijote es un rocín tan tonto, tan lento, tan flaco, tan desbaratado, tan poca cosa que es un rocín antes; o sea que ya eso no es rocín, sino un Rocin-ante.

¿Cómo se llama el escudero del Quijote? Dios libre a una persona de que le llamen Sancho, nombre tan feo y que lo es mucho más acompañado del apellido Panza; término que se usa para llamar risiblemente a un barriga grande, a un panzudo. ¿Cómo se llama la isla en a que pone a Sancho Panza a gobernar? Ínsula Barataria. Digamos que una isla baratísima, una baratija de isla. Me asombra que los críticos no hayan encontrado esta otra parte humorística que maneja Cervantes en su novela, la cual es precisamente una novela de humor, ante todo, pues es una befa o choteo contra la novela de caballería de sus tiempos.

PSICOLOGÍA DE AUTORES AL NOMBRAR SUS PERSONAJES.

Los nombres que Mario escoge son así, un poco graciosos, por lo extraño; a lo mejor lo hizo con el propósito de que no se parecieran a los nombres dominicanos para que no lo fueran a demandarlo o el lector se desviara del tema motivado por la relación del nombre con la realidad. Vamos a suponer que llamara a uno de sus personajes Pedro Domínguez Brito, entonces puede demandarlo el hermano de procurador general de la Republica; o Hipólito Mejía, tendrá problemas con el llamado Guapo de Gurabo. Por ello, prefiere que no se parezcan a los de aquí. Usa una estrategia al revés de su tocayo Mario Vargas Llosa, quien en su novela Fiesta del Chivo hace un experimento diferente a sus otras novelas: usa casi todos los nombres reales de la historia que lo inspiró: el ajusticiamiento del tirano Trujillo. Toma una historia real en base a la cual crea una historia ficcional (no como decían algunos historiadores y críticos dominicanos, quienes equivocadamente discuten si eso ocurrió o no así). Es que a Vargas Llosa, como novelista, no tiene que importarle cómo ocurrió; lo que debe narrar y narra es cómo a él le hubiera gustado que ocurriera para lograr una buena novela, que es la emoción que le interesa comunicar al lector. Lo único que coincide con la realidad son los nombres de los personajes. Y les llamo personajes porque aunque casi coincida con una persona real, es un personaje de ficción. Cuando Lilí, Trujillo, Vicente Gómez, Bolívar, Duarte, Juan Saltitopa o Juana de Arco aparecen en una novela, ese no es el personaje histórico ni podemos confundirlos, pues es un personaje de ficción inspirado en el real, y puede parecerse a él, pero nunca será él.

De las mujeres de Edelmiro Beremundo mencionadas por nuestro autor, el personaje más interesante es Loana ¿Por qué? Porque el que produce hechos más insólitos e impresionantes. Como señala Juan Bosch, si un niño va a la escuela, recibe sus clases y después se va tranquilamente a su casa, esa historia no es un buen tema para un cuento; pero si encuentra la escuela incendiándose, sí hay tema para cuento porque ocurrió algo fuera de lo común.

Loana es la que muestra el comportamiento más fuera de lo habitual. 1ro.: Lo conoció de una extraña manera, pues Edelmiro Beremundo estaba haciendo una fila larguísima en su automóvil para suplirse de combustible cuando precisamente se le acaba la reserva de gasolina, es presionado por los conductores que le siguen, y viene esa muchacha hermosa a ofrecerle gasolina para salvar su situación, y ahí se conjetura el romance. 2do.: En una ocasión, mientras viajaban, ella le dice a Edelmiro que se detengan en el camino, en un bosque seco y ahí lo invita a hacer el amor por primera vez sobre la hierba seca, el polvo y el viento. 3ro.: Después ella se torna muy celosa y trata de matar a Mario mientras éste dormía (digo Mario humorísticamente como he hecho antes, y no al personaje, para insistir en lo que pasa con los escritores a los que apasionan los seres ficticios que crean., Como digo de Sinuhé el Egipcio y su creador, Mika Waltari; pues el autor se identifica tanto con el personaje que se le cruzan de tal manera al lector que no puede diferenciarlos).

Luego están Paola y Elena. Y siguiendo el tema de los nombres, quiero decirles que si uno analiza el tipo de nombre que escoge un escritor podrá hacer algunas reflexiones curiosas. Si hacemos, por ejemplo, la lista de los principales personajes que el novelista Mario Méndez incluye en este libro, podremos conocer muchas características psicológicas, sociológicas y hasta filosóficas del escritor. Por ejemplo, Mario es un hombre que tiene un carácter fuerte, y eso lo muestra en los nombres que escoge de esta novela: Loana (como si quisiera decir Leona), Paola (de pronunciación fuerte y no ligera como hubiese sido Paula), Elena, Domitila, Patria, Enevadita, Edelmiro, Novak Blanco, Vulcano Nerón, Muñeco Balá, Hermenegildo, Remigio, Diódoro, Etanislao, Bobón, entre otros. ¿Qué caracteriza a esos nombres? Que en ellos priman las vocales fuertes, con pocas sílabas compuestas ni pronunciaciones suaves; de pocas vocales débiles.

A este respecto, veamos lo que señala el maestro Rafael Solano, hombre de carácter apacible y sereno, quien explicaba un día que la letra que más le gustaba para componer es la n porque da la suavidad necesaria para pasar de un punto a otro. Si los comparamos con compositores de carácter más crudo, como Sabina o Yupanqui, veremos que, al igual que en Mario Méndez, priman las vocales fuertes y las melodías crudas. En los personajes de Gabriel García Márquez descubrimos otra personalidad diferente a la de Solano, Mario y Sabina. Porque se impone una mezcla de suavidad y fuerza en los nombres, tal como evidenció en el carácter de los individuos: Aureliano Buendía, José Arcadio Buendía, Úrsula Iguarán, Gerineldo Márquez, Amaranta Úrsula, Remedios la Bella, Melquíades y más.

Me gocé en estudiar eso, porque mientras leía El parto del destino me acordé con Loana de Josie Bliss, esa mujer de nombre tan suave y carácter tan irascible que tuvo Pablo Neruda en Rangún, la capital de Birmania. India bellísima, de piel quemada. Tan celosa que en su cama Neruda veía, entre dormido y despierto, algo brillante que se movía en la oscuridad. Era el largo cuchillo hindú ella, de quien el poeta narra en sus Memorias: “No se decidía a matarme y me amenazaba diciéndome: "Pablo si yo te descubro otra mujer te mato, te mato”. Neruda sabía que lo más probable era que se la descubriera porque muy pocas veces él tuvo solo una. Como uno y otro son Loana y Edelmiro Beremundo.

PERSONAJES DE UNA SOLA PIEZA.

Sea virtud o defecto, los personajes de Mario Méndez son generalmente de los llamados de una sola pieza. Comparo para explicarlo. En la Biblia hay varios personajes de una sola pieza; por ejemplo, Cristo, porque la imagen que proyectan los hechos narrados de él es que en todo es bueno; no se muestra un lado malo o cuestionable en él. Judas es su antípoda de una pieza: es malo en todo, sin que se narre un acto bondadoso suyo. Pedro, en cambio, es personaje de diversas piezas, pues tanto se muestra como bueno que como malo: exhibe enorme fe en Cristo, y sin embargo se hunde al intentar caminar sobre el agua, por sus dudas; niega tres veces a su señor, pero lo respeta tanto que no quiere que le lave los pies. Es decir, es una mezcla de bueno y malo, como es la realidad humana en general. Sin embargo, fíjense como son las cosas. De todos los personajes que pasan por la vida de Cristo, de Pedro es de quien más dudas manifiesta, y, no obstante, es a él a quien concedió el altísimo honor de encargarle encabezar su principal herencia terrenal: la iglesia, y por eso los papas se consideran sucesores de Pedro.

Muchos de los novelistas clásicos escribieron excelentes narraciones con personajes así, mas los novelistas modernos generalmente no usan el personaje de usa sola pieza; usan el criterio que se acerca más, como he dicho, a cómo funciona la realidad objetiva, y eso los hace personajes más verosímiles, creíbles. Los seres humanos somos buenos y malos a la vez. Por ejemplo, Trujillo era un monstruo terrible, violador de mujeres, tan ladrón que se robó el país entero que lo tenía como una finca personal y a nosotros como sus esclavos; pero Font Bernard me contaba una vez cómo era Trujillo con sus nietos: se arrodillaba como un niño en cuatro patas y ellos se subían sobre él y él jugaba tiernamente, y brincaba, corcoveaba, etc. jugando a ser caballo de ellos. Sin embargo, era un cancerbero capaz de hacer todas las barbaridades, como ustedes ya conocen. El ser humanos es, como todo lo que existe, como todo el universo: una dialéctica, mezcla de contrarios, combinación de variables aleatorias y lógicas: es ordenado, y caótico, bondadoso y cruel, asesino y dadivoso, desinteresado e interesado, desapegado y apegado.

LA NOVELA Y EL CUENTO NECESITAN LO POÉTICO.

Otra característica es que la novela comentada tiene momentos verdaderamente poéticos. Por ejemplo, en la página 57, en la página 84, en la página 126, hay relatos, paisajes psicológicos, descripciones de paisajes físicos impresionantes. Entre ellos, la hermosa descripción del ya mencionado evento en que Edelmiro Beremundo iba en un vehículo con su novia Loana y ella le pidió que se bajaran en mitad de la carretera para hacer el amor por primera vez en un montecito seco. La descripción que da Méndez da ganas de estar ahí, y no como observador.

Con esto, nuestro autor hace acopio de lo poético en lo narrativo. Porque las novelas y cuentos que no se desarrollan con buenas formas poéticas, pierden una parte importante de su encanto, como ocurrió con muchos novelistas y cuentistas de los años 80 del siglo XX hasta el año 2000. Pretendieron que la narrativa no requería de la poesía, de tal modo que a una narradora tan destacada como Espido Freire, novelista española, le escribí un día una nota diciéndole que me gustaban sus novelas pero que no me gustaban más porque sentía en ellas la falta de faltaba poesía. Le preguntaba qué poetas le gustaban más, y su respuesta fue la de que no tenía mucha experiencia leyendo poesía, que no le interesaba mucho la poesía.

Reitero que ese es un grave error, pues una lengua poética es para una historia como la suavidad del pavimento en un viaje por carretera. Si esta es pedregosa, no poderemos concentrarnos en la belleza del paisaje que se mueve ante nuestros ojos ni disfrutar la suavidad con que nos desplazamos y los árboles y montañas vienen hacia nosotros en su mágico y aparente viaje visual. Ahora bien, cuando digo tener poesía no es que haya versos, ni palabritas cursis, ni un romanticismo hueco, sino tener un lenguaje seductor, capaz de salirse de lo común porque nos impacta con su fuerza emocional, creativa, al retratar a un personaje, los procesos psicológicos interiores, describirnos un atardecer, un amanecer, o la lucha del mar con la arena y las rocas. Un excelente ejemplo de lo que es la poesía en la narrativa lo da Juan Bosch al comenzar su cuento La mujer: "La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se le ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco. Tornóse luego transparente el acero blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera".

. ¿No es un hermoso tropo, una metáfora estremecedora esa idea de ver a la carretera como una gran serpiente sin vida, porque el sol la mató? Más adelante en la narración, la revive, al decir que se desplaza entre la yerba y una llanura tan inmensa que da trabajo mirarla (otra bella imagen poética). Eso hace más disfrutable el decurso del cuento, y es el ariete con el cual el escritor amarra al lector en esos intersticios en que lo prepara y conduce a los dramáticos hechos que contará luego. Herramienta valiosa para esos momentos de la historia en que no hay suspenso ni misterio, y no queremos que el lector nos abandone. O para hacer más dramático o sublime el suspenso en que mete al lector.

La novela de Mario nos conduce por los senderos de su narrativa con estos descansos, estímulos y húmedos pasos que hacen más seductoras las intrahistorias, cohistorias y megahistorias que convierten en más seductores los caminos, parajes y paisajes de lo contado. ¿Con qué podríamos comparar el rol de la poesía en la narrativa? No sé si les agrada el símil, pero me parece el mejor: semejarlo con la suavizante función que juegan los lubricantes líquidos femeninos y masculinos durante el acto del amor. Hacen más placentero el acto de amarse.

NECESIDAD DE EMOCIONES FUERTES, DOLOROSAS O GOZOSAS.

El escritor tiene el imperativo de escribir sobre aquello que le produce una gran emoción a él, y debe lograr transmitirla al lector. Porque, contrario a lo señalado por Aristóteles, el humano es un animal emocional más que racional. Y la principal fuerza que conduce su atención es lo emocional. Si el autor no va a comunicar ninguna emoción aburrirá a quien lee, con su inútil y seca descripción, va a hablar de personajes, situaciones, pero no habrá vida en ellos.

Pongamos un ejemplo de cine, porque esto de la necesidad de lo intenso emocional es un común denominador de todas las artes, unos vasos comunicantes que las invaden a todas. Cuando me hablaban de la película Amín (Abel Hasbún), que recién se estrenó, yo preguntaba si en esa película habían incluido la escena de cuando a su padre, Mahoma Abel (empresario) le entregaron el cadáver del joven luchador. Él dijo, y un periódico publicó: “Mi hijo no tenía diez centavos en los bolsillos”. Esa es una vivencia terrible. Amín era de padres solventes por los Abel y los Hasbún, dos laboriosas familias árabes de buena posición económica, y sin embargo, él no andaba con dinero cuando fue asesinado ¿Por qué? Porque siendo un joven rico, se dedicó a luchar por los pobres, a andar por ahí por las calles sin un centavo, y quizás hasta pasó hambre en el período de persecución que el gobierno de Joaquín Balaguer mantuvo contra él, como parte de la guerra preventiva, de exterminio que los norteamericanos impusieron en el país para descabezar el liderazgo de izquierda, posterior a la Guerra Patria de Abril de 1965.

Lo que queremos decir es que ese tipo de escena es parte de los elementos que forman los cénits de la narración, los puntos álgidos, las cumbres que estremecen al lector y se graban de forma imperecedera en la mente del lector, como una estampa en la piel de un toro. Son tan intensas que el sentimiento de quien lee los guarda no como ficción fílmica o textual, sino como un hecho real que le ocurrió o vio. Claro, para eso, el hecho emocional que escenifique el artista tiene que estar cargado de creatividad, innovación y novedad que lo haga fuera de lo común, de intensidad que lo convierta en estremecedor y de profundidad filosófica que lo haga resistir la presencia de la parte lógica del receptor, que saque de escena a la razón y su sequedad y dé paso a la explosión ensordecedora y ciega de la emoción estética. Todo esto dará a lo contado la verosimilitud, credibilidad, sentido real que requiere lo contado para hacerse digno de ser arte.

HACER AL LECTOR SENTIR QUE LO NARRADO ES REAL Y NO FICCIÓN.

Nosotros no podríamos sentarnos a leer esta ni ninguna otra novela, si desde la primera línea el escritor no nos convence de que lo narrado ocurrió de verdad en algún lugar del universo, ya sea en la esfera subjetiva, objetiva, imaginaria, del sueño, la magia, mística o mítica. Es uno de los logros de la novela de Mario Méndez: consigue que los lectores creamos que esas historias ocurrieron.

Cuando el lector se sienta a leer una novela, es porque el escritor ha tenido habilidades suficientes de abogado escritural como para convencerlo de firmar el pacto del libro: consiste en creerle todo lo narrado sabiendo que es mentira, que es engaño, seducción, falsía. El escritor está comprometido a ser tan seductoramente embustero al extremo de lograr que todo lo dicho ahí en el libro parezca verdad ¿Y cuál es el mejor mecanismo para lograrlo? En principio, hay dos fórmulas:

La primera es simple: mezclar mentira con verdad; ficción con situaciones, objetos, personajes, historias reales o realizables, que el lector sepa que han pasado fenómenos así o parecidos, por lo que lo historiado es ocurrible. Ilustraré esto con un ejemplo de un amigo. Me contó que él le hizo un cuento a su mujer sobre algo que le falsamente le ocurrió para explicar por qué llegó tarde al hogar. Le dijo que le pasó esto, eso y aquello, con fulano en tal lugar a tal hora. Me comunicó que después de explicarle una serie de cosas, ella le creyó por completo, tras lo cual él se quedó pensando: “Pero ven acá: esto hasta yo pude haberlo creído, porque pudo haber ocurrido perfectamente así”. Estaba tan bien narrado que para cualquiera pudo haber sucedido, pues la mezcla de lo mentiroso con lo verdadero hace colar la mentira como verdad.

La segunda fórmula es ser específico, concreto, detallista, preciso en lo narrado. Un amigo me dio a leer hace unos años una novela que escribió, y luego de enfrentarme con ella le expliqué: “Mira: El problema que tú tienes aquí es que no eres específico, y sin la especificidad no podrás ser creído. Si no doy detalles concretos, con nombres, fechas, lugares, etc. quien me lea o escuche tiene poco asidero para hacerse una fílmica visual y auditiva de lo contado, y se irá fácilmente de su recuerdo, porque ha llegado a la mente sin la fuerza de impresionar los sentidos: no se ve, no huele, no hiede, no se escucha y es frío ni caliente. No es concreto, no es creíble, ni recordable, ni impactante, ni creativo, y sobre todo, no es vivencial. Lo que digo es creíble y memorable cuando logro describirlo de manera que el lector pueda enseguida empezar a armar en su mente el drama de lo contado; cuando paso a ser para el lector como el guionista para el director y los actores. Doy la guía para que él haga su película mental, su teatro íntimo, historia neuronal.

ESTILO DE LA NOVELA: SENCILLA Y CON BUEN HUMOR.

El parto del destino es sencilla, directa; usa la lengua coloquial, y explora y explota bien el humor.¿Cómo es la mejor manera de emplear el humor? Hacerlo a la manera de los verdaderos escritores de humor en el mundo, aunque, claro, con el tiempo se gana la experiencia para desarrollar la genialidad vocacional, y lograr así las pinceladas de un Borges, Galeano, Dalí, Jardiel Poncela, Chaplin, Cervantes, Cortázar. Quienes hacen arte con humor bien hecho no son, por ejemplo, los que hacen una película o novela para que tú te pases todo el tiempo riéndote, de un chiste al otro, al otro y al otro, como esas comedias mediocres, superficiales y despreciables. No, no. Como tiene sentido el humor es que el autor desarrolle su obra con una estructura grosso modo seria, sobria, salpicada de ocurrencias, episodios, situaciones donde prime el humor.

Algo similar ocurre con la novela que analizamos: tiene ciento noventa y siete páginas, y de esas habrá unos quince o veinte momentos, pasajes, frases, situaciones, diálogos salpicados con acuciosas y agudas notas de humor.
Como el lector no está esperándolas se las goza mejor que si el escritor estuviera comprometido a hacerle un chiste en cada página. Ese humor, además, tiene mayor profundidad y es mucho más impactante e imperecedero en el recuerdo.

Finalmente, les digo sinceramente que a la novela Parto del destino, de Mario Méndez, todavía le falta mucho para ser una gran novela, pero los invito a leerla, porque a mí me deleitó, que es lo principal que tiene que hacer un libro; la disfruté plenamente, y pienso que a ustedes también. Es rica, vivencial y reflexivamente, porque en ella están retratados rasgos, costumbres, conductas, mitos, tradiciones mágico-religiosas, picardía, erotismo, amores, desamores, engaños, risa propios de la idiosincrasia dominicana, sin desmedro de que pueda entenderla cualquier lector del mundo que pertenezca a otra cultura, lengua o tiempo, ya que por encima de detalles regionales y temporales, está en ella retratada la conducta esencial del ser humano.

Leámosla mientras esperamos otras novelas, cuentos, ensayos y poemas de Mario Méndez que sean cada vez mejores, producto de su persistencia en la lectura y escritura y de la explotación de su indudable talento para escribir bien.

Texto agregado el 28-02-2015, y leído por 205 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
31-10-2019 Buena aportación. Tejera
23-04-2018 Muy buen documento. Pero muy extenso. ***** chilicote
05-04-2015 Me impresionó la cantidad de palabras que necesitas para dejar fluir tu entusiasmo torrencial por la literatura. Todo muy bien, pero creo que en mucho menos, nos podrías haber dicho mucho más de la novela de Mario Méndez. Ese mucho más está entre la líneas de tu extenso texto, pero es tarea del autor rescatarlo para favorecer la lectura, en video, de los sufridos lectores, de pocas líneas, de esta página. Por lo documentado de tu trabajo 5* lucrezio
 
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