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Uno.

Cuando me propusieron pasarme a la lucha armada era catedrático de instituto en un pueblo de Lugo. Lo de eliminar rivales yo lo había vivido hasta entonces a través de los sistemas de concurso- oposición. Era un hombre de letras que no había hecho otra cosa que enseñar latín a adolescentes previa oposición a profesores de secundaria después de tenerme que mascar los trescientos temas de acceso a la oposición.
De mis clases a mi casa- a la que llegaba a media tarde- y acto seguido, generalmente, me ponía a leer. “Las confesiones de San Agustín”, tenía sobre la mesa cuando llamaron a la puerta- como dicen que se inspiró Beethoven para la quinta sinfonía (con tres toques secos sobre la misma).
Lloviznaba detrás de la ventana. Pensé que se trataría de algún vecino con cualquier demanda (que no era infrecuente que así fuera). El pueblo distaba unos siete kilómetros y nos socorríamos en la vecindad en lo que podíamos.
Se trataba de dos jóvenes de mediana edad- algo menores que yo- pero mayores que mis alumnos. Como vendedores de enciclopedias se presentaron. Eran dos chicos agradables- un joven y una mujer- con los que pude comprobar con el tiempo se podía hablar de cualquier cosa. Dada mi solitaria existencia las visitas se fueron repitiendo cada vez que les pillaba de mano- decían.
Dos.

No sé cómo me vi envuelto en aquella trama. Con la amistad llegó la confraternización y con ésta un inevitable camino hacia la toma de conciencia política, previo paso por la compra de una enciclopedia.
Tres.

Me dirijo en tren hacia la capital de España. Estoy oficialmente en mi casa curando una gripe estacional. En la mochila- que constituye todo mi equipaje- llevo una magnum a estrenar. En el bolsillo del vaquero el cargador. Lo llevo aparte para deshacerme de él ante la eventualidad de algún registro inoportuno. Pienso que siempre estará más justificado si va vacía. Tengo que bajar en Chamartín y dirigirme a una dirección memorizada de la calle de Orense- pleno Manhattan capitalino. Es la tercera ocasión que visito Madrid. En el piso 12 h de esa dirección me espera un señor con una visita concertada al que tengo que liquidar. En el grueso calcetín izquierdo llevo el silenciador.
Es un policía retirado que en su juventud se aplicó con buen brazo en la comisaría de Vigo. No sé nada más de él.


Se percibe que se trata de un hombre solitario y desasistido- por el desorden que reina en su casa. Pido ir al servicio y monto la pistola. De regreso husmeo en su escritorio- me ha recibido en la sala de estar- y veo que tiene abierto un libro por una página intermedia. Le doy la vuelta al libro y miro las tapas: “las confesiones de San Agustín”. Me ha recorrido un escalofrío por la columna. Me he visto a mí mismo apaciblemente sentado leyendo en mi casa en mis retiros vespertinos. Lo siguiente es el ruido de la puerta conmigo fuera.
Me marcho como he venido. No sé qué excusa pondré para este bautismo de fuego que no se ha producido. Lo mismo pago yo por ello, no sé.

Texto agregado el 18-03-2015, y leído por 88 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
19-03-2015 riosdevino siente celos de vuestros escritos porque el memo está proscrito. os dejo el resto de las estrellas. elvengador
19-03-2015 Contigo el vengador fue generoso, es un tonto que se inscribió solo para reírse ! riosdevino
19-03-2015 2 estrellas por vuestro esfuerzo y para que sigáis. elvengador
 
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