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Corría el año 1980. Quedaban lejos, pues, los tiempos de las multitudinarias reivindicaciones estudiantiles contra el régimen franquista, los tiempos de “gendarmes, fascistas y estudiantes con flequillo”, que cantara Ismael Serrano. La Universidad española ya no era el hervidero de protestas y algaradas que había sido unos lustros atrás, cuando, según se comentaba, nuestra policía era la más culta del mundo, habida cuenta de la insólita frecuencia con la que accedía a los recintos universitarios, bien es verdad que no con el encomiable objetivo de ilustrarse, sino con el más bien servil propósito de disolver violentamente cualquier concentración que se considerara sospechosa. No obstante, aquel año que daba inicio a la década que se consagraría a Alaska y a Naranjito fue un año particularmente conflictivo, al menos en la Universidad Autónoma de Madrid, donde a la sazón me encontraba cursando primer año de Ciencias Económicas y Empresariales, al tiempo que, dicho sea de paso y en honor a la verdad, realizaba un curso práctico intensivo de mus en la cafetería del centro, que hay un tiempo para todo, como sabe cualquiera que haya leído el Eclesiastés. El caso es que el ambiente universitario estaba algo enrarecido y cuando no había una huelga, había una asamblea, y cuando no, un paro o una manifestación, o todo a la vez. Recuerdo que, en una de aquellas asambleas, un alumno, que no estaba de acuerdo con el motivo por el que se pretendía realizar la huelga, se dirigió a la concurrencia con estas o parecidas palabras: “sí, hombre, y si queréis hacemos una huelga por los niños de Biafra, que pasan mucha hambre”. Yo pensé entonces y sigo pensando ahora (la verdad es que no he cambiado mucho) que, aunque aquel joven había intentado ser simplemente irónico, su propuesta era perfecta: realizar una huelga, o cualquier otro acto reivindicativo, no a favor de los propios intereses, directos o indirectos, sino a favor de causas justas, por el simple hecho de ser causas justas. En nombre de la solidaridad defendemos los derechos y privilegios del grupo al que pertenecemos. La solidaridad no es sino otra forma de llamar al corporativismo. ¡Cuánto mejor es la idea de fraternidad!, ese tercer pilar de la Revolución Francesa al que tan poco caso hacemos, y por el cual el grupo por el que luchamos, el grupo con el que nos solidarizamos, pasa a ser la humanidad entera (qué bonito).

Pasaron los años (los años siempre pasan, no paran quietos los cabrones) y, tras algunos virajes y trasluchadas, el navío de mi vida tomó el por entonces impensable rumbo de la literatura. Aunque he llegado a ser una celebridad en este campo, no lo niego, y a veces me cuesta soportar el peso de la fama, como todos los escritores (quizá con la excepción de Perez Reverte) atravieso por fases de crisis creativas más o menos prolongadas. Hace apenas unos meses me hallaba sumido en una de ellas cuando de repente vi en la televisión un anuncio de la Lotería Nacional que activó todas mis neuronas. Trataba de un señor mayor que era cliente habitual de un bar donde se había repartido El Gordo. En contra de su costumbre, el buen hombre no había comprado nada de lotería ese año y se encontraba muy apesadumbrado. No obstante, decidió ir al bar a felicitar a los afortunados. Y claro, tanta generosidad tuvo premio: el dueño del bar le tenía reservado un décimo. Precioso, ¿no? Decidí seguir ese filón y buscar en Internet alguna historia parecida, pero una historia real, con personas reales, que me sirviera no sólo de inspiración para romper mi bloqueo creativo, sino también para superar la depresión que arrastro de un tiempo a esta parte y que sin duda tiene bastante que ver con mi escasa consideración del ser humano. No tardé en dar con la historia de José Luís, Pilar, Francisco José y Luís, asiduos de un bar del madrileño barrio de Tetuán, quienes repartieron el premio de lotería a todos los miembros de la peña a la que pertenecían, incluidos aquellos que no habían pagado todavía sus décimos en el día de celebración del sorteo. Eso sí, los muy pícaros se reservaron para ellos el décimo que obtuvo el premio especial, un premio dotado de un importe muchísimo más elevado que el premio repartido. Finalmente el asunto se resolvió en los tribunales, quedando absueltos los cuatro demandados por falta de pruebas. Obviamente, descarté escribir un relato sobre esta historia. Era una historia amarga, una historia para escépticos, y yo quería una historia que me devolviera la confianza en el ser humano.

No arrojé la toalla. Proseguí mi búsqueda de una historia en la que quedara patente lo mejor del ser humano, una historia en la que resplandeciera la bondad, en la que la gente diera sin esperar nada a cambio, una historia, en definitiva, en que se dieran duros a cuatro pesetas. Y aunque creí que tardaría en encontrarla, a los pocos días me di de bruces con ella. En esta ocasión no fue en un anuncio sino en el mismísimo telediario. Una presentadora muy alegre informaba a los espectadores de un maravilloso suceso: durante un mes todos los habitantes de un barrio de Estambul habían seguido un curso de lengua de signos para poder comunicarse con Muharrem, un vecino que tenía problemas auditivos. Con objeto de profundizar en la historia y recabar la mayor cantidad de información posible, me metí en Internet. En seguida encontré el video relativo al caso y lo pinché. La mañana del 28 de diciembre de 2014, nada más salir a la calle acompañado por su hermana, Muharrem recibe los buenos días (en lengua de signos) de uno de sus vecinos. Muharrem se extraña. Al poco, entra en una panadería y el panadero le hace saber (en lengua de signos) que tiene unos ricos bagels bien calentitos. Muharrem se extraña un poco más. Algo más tarde, a un hombre se le caen unas naranjas, que llegan rodando hasta él. Las recoge, y el hombre le ofrece (en lengua de signos) una de ellas en señal de agradecimiento. Muharrem se sigue extrañando. Un poco después, una chica se tropieza levemente con él y se disculpa (en lengua de signos) con mucha amabilidad. Muharrem no para de extrañarse. Toma un taxi y el taxista le habla (en lengua de signos) como si tal cosa. Muharrem ya casi ni se extraña. Finalmente, llega a una plaza, sale del taxi y ve en una pantalla a una chica que le comunica (en lengua de signos) que todo lo que le ha sucedido esa mañana ha sido grabado y formará parte de un anuncio con el que se quiere promocionar un sistema de comunicación para personas con discapacidad auditiva, creado por la compañía Samsung; que todas las personas con la que se ha cruzado estaban actuando según un guión convenido; y que, claro, su hermana era el gancho principal. Acabáramos.

Finalmente, tiré la toalla. Igual algún día voy y la recojo, pero por ahora creo que está bien donde está.

Texto agregado el 22-03-2015, y leído por 129 visitantes. (0 votos)


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