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Hola amigos:
La gente le decía don Tacho. Pensaban los vecinos que su nombre era por lo tanto Anastasio, pero no: se llamaba Gumersindo. Ni él recordaba quien le dijo por primera vez Tacho, pero así se le quedó. Mi relato transcurre en el pequeño y risueño pueblecito de San José Acateno, del estado de Puebla, donde soy médico general, la verdad, no soy más que un médico pueblerino pero muy contento con mi sino, me va bien económicamente y la gente me trata con cariño y respeto. A excepción de don Tacho, que me tiene ojeriza a pesar de ser mi vecino. O quizá por eso mismo. Y el señor cura del lugar pues como buen médico soy descreído y desconfiado y no creo en las fantasías que domingo a domingo predica el sacerdote.

Me explicaré, le envidio a don Gumersindo (soy el único que lo nombra así) sus tres hijas. Ya que las hijas no se van nunca. Son como los árboles. Muy buena suerte tuvo pues don Gumersindo, digo yo. Y mala, muy mala suerte, la tuvieron su esposa y sus tres hijas. Porque el tal don Gumersindo era un rufián. Veía a su mujer una sierva, y en sus hijas a tres esclavas prestas a obedecerlo siempre. Y bien que lo obedecían todas, pues si no lo hacían menudeaban los golpes, los cintarazos y aún los palos. Muchas veces por lo mismo me vi precisado a otorgarles mis servicios profesionales. Yo soy un solterón empedernido y seguido escuchaba gritos en la casa vecina y me daba cuenta de lo que pasaba, razón por la que no me podía ver don Gumersindo, pues éste además era un viejo hipócrita, caravanero y amable con los demás, un verdadero “candil de la calle y oscuridad de su casa”.

Cuando los vecinos pasaban por la casa de don Tacho y oían por casualidad los gritos. Pensaban ellos que las muchachas estaban peleando entre sí. Pobrecitas, maduras ya y solteras. Seguramente no se aguantaban ni solas. A nadie se le ocurría pensar que don Tacho, tan educado tan correcto, era la causa de aquellos llantos y lamentaciones. “Buenos días vecino”, o: “Buenas tardes, vecinita”, saludaba él con mucha urbanidad al tiempo que se llevaba la mano al sombrero y se inclinaba en una pequeña reverencia. Todos se hacían lenguas al encomiar la buena educación y cortesía de don Tacho, tan amable, tan afable. Mentira todo, puro fingimiento. Un buen día —buenísimo— don Tacho amaneció muerto. Bien muerto. Me habría gustado decir que su mujer lo asesinó, o que las hijas, hartas de sus malos tratos, se conjuraron para mandarlo al otro mundo. Recuerden que como buen médico lo que primero que me vino a la mente cuando me llamaron para el certificado de defunción fue pensar mal. Eso le daría interés al relato. Pero no. Si a don Tacho, “alias Gumersindo” o a don Gumersindo “alias Tacho” se lo llevó “patas de cabra”, fue la naturaleza la que lo hizo. La sabia señora usó un infarto masivo al miocardio para sacudirse a ese canalla que ante el mundo pasaba por fino caballero. Aquella mañana doña Petra, su mujer, despertó cuando el sol ya estaba alto. Había dormido como jamás lo hacía, a todo su placer. Le extraño que su marido no la hubiese despertado a las 3 de la mañana para que le hiciera un té, o a las 4 para que le sobara los pies, pues los tenía fríos, o a las 5 para que le diera masaje en la espalda, que le dolía mucho. Eso hacía cotidianamente el muy maldito. Pensó la señora que su esposo dormía. Se levantó, salió de la recamará procurando no hacer ruido, pues si lo hacía se despertaría furioso el hombre y a eso seguiría la golpiza de cada día. En la cocina se tomó un cafecito muy a gusto. Le extraño que su marido no saliera, aunque estaban sonando ya las 12 del mediodía en el reloj de la iglesia. Volvió a la alcoba y se acercó, temerosa, al hombre que yacía en la cama. Fue entonces cuando se dio cuenta de que don Tacho estaba muerto.

Me requirió a mí primero, constate que la fría era compañera de su esposo, entonces llamó a las muchachas y delante de mí (pues me tenía confianza) les dijo lisa y llanamente con voz helada. “Murió su padre”. Las tres empezaron a llorar: pensaban que era su obligación. “Momento —las interrumpió doña Petra—, Aquí no caben lagrimitas. El muerto era un cabrón. Acuérdate, Gumersinda, de cuando no te dio permiso para estudiar. Y tú, Petronila, recuerda aquella vez que golpeó a tu novio porque te trajo serenata, y el muchacho ya no quiso volver. Adela: no se te olvide que te quebró la quijada con el puño y aquí el doctor es testigo. Así que nada de llorar. Antes bien deberíamos estar contentas y felices. Si no reímos y cantamos, si no pegamos saltos de alegría, no es por respeto al muerto, que ninguno merece. Sino por respeto a la muerte”. Así habló doña Petra.

Las hermanas se vieron entre sí, y luego movieron la cabeza en señal de asentimiento. Aquel día por primera vez en muchos años no oí gritos ni llantos en casa de don Tacho. Y eso que había muerto tendido. Hay hombres —y mujeres también— que con su muerte dan felicidad a quienes tuvieron la desgracia de vivir con ellos. Sus deudos ponen cara seria en el velorio y el sepelio, por aquello del qué dirán, pero por dentro están dando gracias a Dios de que se llevó al difunto, o a la difunta. Pero allá cada quien con su vida. Y allá cada quien con su muerte…

Texto agregado el 07-04-2015, y leído por 104 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
08-04-2015 un verdadero “candil de la calle y oscuridad de su casa”. Pero allá cada quien con su vida. Y allá cada quien con su muerte… sip, cosa embromada describes, cuantos santos y santas esconden un sátrapa ...cinco copas ! riosdevino
08-04-2015 Por suerte se fue al tacho! Bien merecido se lo tenia. Saludos! TuNorte
07-04-2015 Bueno, desafortunadamente, hay muchos “machotes” no sólo en tu México amado, sino en el mundo todo. Pero sabes qué, mi querido Terry, LOS HOMBRES DE VERDAD SON MÁS, lo que pasa es que los que se hacen notar (por repulsivos) son los malsanos, al fin y al cabo dignos de lástima porque son seres que has sufrido mucho en la vida; de ahí, su resentimiento social. Una abrazo full mi querido amigo. SOFIAMA
07-04-2015 Pues que tachen a todos los "tachos" y " tachas" tal y como lo has tachado tú. Muy entretenido y bien narrado. Un abrazo galeno con fonendoscopio inlcluido. delaida
07-04-2015 México, tierra de libertades, sin embargo en pueblos pequeños aún existen estos machos, baldón del genero masculino. Esperaba un ingenioso asesinato. ¡Vaya, decepción! 5* heraclitus
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