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EN UNA BODA GITANA


Ayer en la tarde le rechacé a Baby un plato de ensalada fría. Sus ojos de loba me miraron confundidos y estirando su labio inferior muy pintado de rojo, advirtió en un tono que pretendía asegurar la calidad y la higiene de su oferta: “La hice yo misma”. Sonreí, y para intentar evitar una mala interpretación, me sentí obligado a contarle que hace ya muchos años, en una calurosa mañana de mayo y luego de una agotadora carrera de maratón, la madre de un amigo me ofreció para reponer energías una dulcera repleta de ensalada. Estaba exquisita, con mucha cebolla, y hasta con pedazos de manzana, pues era la época en que aún se recibían de la Europa del Este. Casi terminando, y ante sus miradas cordiales que no me daban opción para hacer la más mínima mueca de asco, descubrí pegado al fondo, y encubierto con el blanco de la mayonesa, un larguísimo pendejo. Tuve que volverme un artista para con disimulo introducir mis dedos en el plato, sacarlo, y continuar comiendo como si nada hubiera pasado. Desde ese entonces no la he probado jamás.

Pensé que después de esta historia me entendería, pues también ella tiene sus manías nacidas con la comida. No soporta oir la canción “Lo feo” de Teresita Fernández, porque la estrofa “alitas de cucaracha llevadas al hormiguero” siempre le recuerda la ocasión que en que se llevó a la garganta un par de alas prietas desde un pomo con mermelada de mango.

“Ay, qué cochino eres” –fue sin embargo el comentario, y se alejó ofendida con su insuperable taconeo a proponer el aperitivo a otro comensal.

Siempre he sido muy cuidadoso con las comidas que me llevo a la boca. Es algo que nació conmigo. Y mis ojos deben estar entrenados para descubrir cosas que otras personas no ven. Porque no creo en la casualidad de que siempre en los comedores el plato de potaje con la mosca, o el pelo dentro del arroz estén aguardando por mí. Ni tampoco creo que las tías que sirven tengan conmigo esa mala deferencia. Las cochinadas aguardan por todo el mundo, pero al parecer los demás no reparan en ellas, y las digieren con la felicidad de los ingenuos.

Tal vez una de las batallas más difíciles entre la comida, mis ojos, mi garganta y mi estómago fue librada en el centro de Europa, exactamente en el verano del ochenta y cuatro. Éramos estudiantes a punto de reventar de tanta vida, y formábamos parte de un campamento de verano a orillas del Danubio. A diario acudíamos a trabajar a una fábrica de conservas situada en la pequeña ciudad húngara de Kalocsa. La mayoría de los obreros eran mujeres, y la mayoría de las mujeres eran gitanas. Con sus bocas desdentadas y un vocabulario tremendamente obsceno -que nos hizo completar nuestro conocimiento de un idioma amplio y hermoso-, nos saludaban muertas de la risa, preguntándonos constantemente que si nos entregaban el bollo, íbamos o no a llevarlas con nosotros a la estación para tomar un tren hacia Cuba.

Una de estas gitanas era Erika. Trabajaba como estibadora. Su constitución fuerte, con unas espaldas que provocarían la envidia de muchos hombres, le permitía cargar -sin dar señales de cansancio- enormes cajas repletas de pomos de conservas, y depositarlas en las hileras de camiones que esperaban turno para ser llenados. Miraba con ojos de burla cómo Juan Carlos, Nelson y yo, rojos por el esfuerzo tratábamos de hacerle competencia.

-No se esmeren muchachos, que esto no es para ustedes. Con esas manitas de mierda no podrán ni cogerles bien las tetas a una mujer –bromeaba, y se tocaba las de ella, enormes y llegándole casi a la barriga, a pesar de que como supimos después, aún no sobrepasaba los veinte años.

Claro que con el paso de los días, de estar siempre jugando verbalmente con el sexo, no sólo aquellas manitas nuestras tocaron sus tetas, sino que además, pudimos penetrarla. Todo ocurrió en una mañana que se presentó lluviosa. Afuera no había nada que hacer, de modo que comenzamos a matar el tiempo contándole historias de Cuba en una oficina medio abandonada a donde corrimos a guarecernos. Pronto se aburrió de tanta charla, y como si se tratara aquello de lo más natural del mundo, nos convidó para que uno a uno fuéramos pasando por ella. Escoger entre tres fósforos cortados de diferente tamaño, nos sirvió para definir los turnos. A mí me tocó poseerla de segundo. Cuando entré inmediatamente después de Juan Carlos, estaba aún lavándose, escarranchada sobre la taza sanitaria, y echándose chorros de agua con una lata. Sólo se había desnudado hacia abajo. Para arriba tenía puesta aún la bata empercudida que la identificaba como empleada de la fábrica.

-Oye, pero estás desesperado –dijo, y continuó en su faena. Luego se secó con la misma bata, y mirándome a los ojos me hizo un gesto de que ya podía desnudarme, pues ella estaba lista.

Una semana después, y poco antes de irnos de regreso a Budapest, nos dio la buena nueva de que se iba a casar, y que no quería que por nada del mundo dejásemos de ir a su matrimonio. Sería el próximo domingo, y ella nos iba a anotar la dirección para que pudiéramos dar bien con su casa.

Teníamos la idea de cómo solían ser los matrimonios en las aldeas y en los pueblos pequeños de Hungría. Mesas enormes habilitadas con mucha carne, mucha papa y mucho vino. Música cíngara para que la novia bailara con los invitados masculinos y recibiera de ellos a cambio del baile algo de dinero para la luna de miel, y antes, si el casamiento era por la iglesia, dos enormes filas que como una culebra y con los novios a la cabeza, iba serpenteando por las calles hasta llegar al templo. Todo esto lo habíamos aprendido en clases gracias a una fabulosa profesora, muy preocupada en mostrarnos el panorama histórico y cultural tanto de la Hungría citadina como de la Hungría rural. Pero lo que nunca aprendimos era cómo sería una boda entre gitanos, y qué regalo sería el más apropiado para llevarle a los novios.

Ese domingo, nos pusimos nuestras mejores galas –Nelson hasta llevó corbata-, y luego de las advertencias de nuestros compañeros de que tuviéramos mucho cuidado con esa gente y con los cuchillos que siempre tenían listos, entramos a los mercados del pueblo que aún permanecían abiertos, y optamos por comprarle una botella de Havana Club y un ramo de flores.

La casa estaba situada en las afueras, y aunque precisamente no era aquello un clásico barrio marginal, nada tenía que ver con las zonas residenciales de la ciudad. Incluso, cuando entramos, y más de una decena de gitanos hablando a la vez nos condujeron a un patio de tierra por donde pululaban gallinas y volaban las moscas, me pareció estar en uno de esos patios cubanos de pueblo, que tan bien conocía de mi niñez.

Ni qué decir que fuimos nosotros el centro de la fiesta. Erika y el futuro marido no estaban, pues según entendimos, aún no habían regresado de casarse. Pero con sólo decir que éramos cubanos y que estábamos invitados, nos hicieron sentarnos a una enorme mesa de madera en la que estaban aún los platos boca abajo. Cuando los viramos para que nos sirvieran, quedé tremendamente impresionado. En el fondo del mío estaba pegado algo verde que no dejaba margen a la duda. Era un moco. ¿Cómo llegó aquello allí? ¿Cómo sacarlo sin que me vieran? ¿Cómo no comer lo que me sirvieran? Los gitanos podrían ofenderse, y eran tantos los cuentos en su contra que no sería aconsejable disgustarlos. Por otra parte, nos pusieron botellas de cervezas de medio litro, que ni siquiera estaban frías, y un grupo de niños con las narices sucias de catarro, descalzos y con las uñas de los pies y de las manos repletas de fango se acercaban a hurtadillas a la mesa, robaban nuestras botellas, se daban un buche, la devolvían y salían corriendo divertidos, ante las risas de aprobación de los mayores, que veían gracioso aquel comportamiento.

La comida que sirvieron era una sopa de pato, con unas postas duras, llenas de pellejo y plumas. No pude sacar el moco. Hice de tripas corazón, y me tomé unas cuantas cucharadas de aquel líquido grasoso y rojizo por el paprika, que insistía en no querer pasar por mi garganta.

Un rato después estaba vomitando, y Nelson acudió en mi auxilio. Les explicó a los gitanos que yo no estaba acostumbrado a beber, y que la cerveza me debía haber sentado mal. Ellos no se creyeron el cuento, y desde ese momento cambiaron su actitud para con nosotros. Comenzaron a hablar en su lengua, y por los gestos que hacían supimos que ya no disfrutaban de que estuviéramos allí.

Por suerte, llegó Erika, y los ánimos parecieron calmarse. Nos dio las gracias por el regalo, y como si fuera ella la encargada y el asunto no pudiera esperar, con la misma ropa de casarse le echó mano a unos cubos de salcocho, y se fue a alimentar a los puercos que gruñían de hambre en los corrales del final del patio.

Luego trajo de la casa una guitarra llena de polvo y con dos cuerdas de menos. Comenzó a tañerla, sacando de ella un ruido, al ritmo del cual toda la gitanería se puso a bailar y a lanzar gritos extraños. Por iniciativa de Nelson, y para limar asperezas, nos incorporamos al show parodiando los bailes españoles con pataleos y palmas encima de la cabeza. Fue un éxito total. Nos hicieron coro, y media hora después, cuando nos despedimos alegando que nos cerraban el campamento, todos nos abrazaron en señal de amistad.

No habíamos aún franqueado el portón de salida, cuando Erika gritó algo en su dialecto, y nos pidió que esperásemos un minuto. Corrió hasta el interior, y cuando estuvo de regreso, traía en sus manos una jarra plástica repleta de la sopa de pato que había sobrado del almuerzo.

-Es por si ya les cerraron el campamento –dijo en una carcajada-. Aquí tienen para la cena, muchachos…

Texto agregado el 14-04-2015, y leído por 146 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
14-04-2015 Divertida y,además, muy bien narrada tu historia.Me encantó.UN ABRAZO. GAFER
 
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