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Dos que se juntan en una plaza e intercambian anhelantes miradas de asombro. Tuercen la boca en un gesto de impaciencia excitante y se sonrojan un poco. El silencio transcurre entre sus cuerpos mientras los sonidos de los alrededores lentamente se van acustizando en sus corazones. Guardada la imagen asociada a una bocina que se le grita a uno en la oreja queriendo animarlo a concretar el acto. Se imprime en la memoria del otro las risas de un grupo que pasa incitándolos al juego. De repente todo se confunde con lo que están imaginando, aun sosteniendo fija la mirada, construyendo un puente que pronto sería suficiente para transitar la piel de uno a otro. El cielo los inunda de posibilidades y el pasto sobre el que están sentados los arropa insistiendo que están en casa. Un hogar se forma a la altura del pecho de ella; entre sus senos crece una casita construida con los suspiros de él, que impaciente, sigue mirando las ventanas de su alma. En su oreja comienza la construcción de antenas para recibir el mensaje. Sin embargo la boca de él no reporta ningún tipo de actividad más que una leve humectación por parte de la lengua inquieta que ya no sabe cómo contenerse. Falta algo. Se piensan desnudos y solitarios. Se sienten lejos, entre cortados. Los transeúntes ignorantes entre conversaciones banales hacen de parabólicas que desvían la transmisión hacia otra parte. De repente uno piensa: falta algo. De repente la mirada de ella se desvía a la inmaterialidad de la situación y se pierde mágica entre el rocío de sus labios. Él no entiende; se preocupa. El puente parece estar bloqueado. El hogar en su corazón amenazado. Uno se excusa en el viento y se echa a volar como barrilete, esperando enredarse en los pensamientos del otro. El otro mismo arde de impaciencia, y genera un cortocircuito en la rueda circundante de su abismo mental. Se detiene todo en sensación de lentitud capciosa. “Falta algo. Falta algo. Falta algo. Falta algo” y el barrilete se engancha en la corriente de este vaivén. “¡Ouch!” Dice ella “¡me torciste los cables!” Rompiendo el silencio que los trae de nuevos a darse cuenta de la proximidad de sus rostros. Entonces el puente se revela levadizo volviendo a juntar sus dos extremos; y la lengua de él se lanza como flecha espiralada a la infinitud de sus labios que ella convierte en un beso.

Texto agregado el 16-04-2015, y leído por 65 visitantes. (2 votos)


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