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Antes de entrar en el hábitaculo de la ducha del hotel sacó su prótesis y la dejó apoyada en el lava manos. Cerró los ojos de manera exagerada para que la espuma del shampoo no le fuera a irritar. El chorro de agua caliente horadándole la cúpula del cráneo no le permitía ordenar las pocas ideas que hilvanaba aun medio dormido, como si la lluvia pudiese atravesar un paraguas, o como si el agua del grifo alcanzara a tocarle los mismos sesos como una fría aguja. Comenzaba el día e intentaba ordenar la jornada por segmentos usando el método antiguo, sin agendas eléctrónicas ni cartas de navegación, así tal cual, en pelotas rodeado del vapor del habitáculo de aluminio y vidrio catedral, del lujoso hotel donde se llevaba a efecto el seminario empresarial del Mercado Común del Sur.

Poco pudo dormir la noche anterior pensando en ese tal George Orwell del diario que desde hacia unas semanas no paraba de atacarlo lanzando acusaciones al voleo en su contra por la editorial del matutino opositor. Una y otra vez no paraba de acusarlo de manco corrupto y de festinar con su cara de cerdo. Y cosa rara, al removerse el jabón del ante brazo (el del muñón), pudo ver con asombro que su pellejo tenía el mismo color que el pernil ahumado de cualquier porcino, tal vez por el calor, el encierro y la humedad. Al menos eso creyó para evitarse una crisis de autoestima.

Luego cuando desparramó el bálsamo (con el brazo bueno) sobre el pelo le dió duro y sin demora a la danza de los cinco dedos batiendo el pelo y masajeando lo poco que le iba quedando de cuero cabelludo. Mientras más fuerte lo hacía más y más creia que eso le servía para no pensar y como consecuencia olvidar los problemas que lo aquejaban desde hacía un tiempo atrás; desde que se había desatado el escándalo de las coimas. Según él, el dolor no dejaba pensar, congelaba las ideas.

Con los ojos otra vez clausurados con cadenas y candados, pudo darse cuenta que el telón oscuro de sus párpados de a poco se iba llenando de anillos e infinitos puntos fosforescentes que se hacían cada más nítidos e intensos a medida que sus dedos se clavaban con mayor intensidad sobre la cabeza.

Cuando vió la marca cara del jabón que colgaba de un fino apliqué de mármol, el recuerdo de él metido en una ducha comun de campamento minero, se le vino abruptamente a la cabeza. Fue allí donde perdió su mano. Recordó como una ironía la miseria de su infancia. Una a una se le vinieron encima las imágenes del enorme frasco de shampoo barato que pesaba como un kilo y las cañerías del baño cubierta de enredaderas y musgos. También los papeles sucios desperdigados por todo el sanitario del caserío donde creció, los patos y las gallinas por el barro; y el recuerdo de su padre en el estrado del auditorio sindical haciendo gala de sus dotes de orador incendiario.

Había crecido entre comités de mineros y células de socialistas de oz y martillo. De allí su alistamiento cuando joven en las filas del Partido Socialista Chileno, su posterior lucha contra la dictadura desde el exilio en Francia. Recordó el polvo que se levantaba en las tardes, la cara moquillenta de sus hermanos, la imagén de San Lorenzo bajando en andas desde el cerro iluminado con chonchones, el almacén de don Goyo cuando su madre lo mandaba a fiar.

En definitiva de allí se puso a recordar todo hasta lo más reciente, hasta que la piel se le arrugó de tanta agua caliente. Ya era tarde cuando recordó su participación en aquel seminario que lo ocupaba en aquel momento y al cual concurría en representación del Gobierno, como Subsecretario en reemplazo del Ministro; de allí también el viaje en avión, el cocktail de la noche anterior, la botella de cognac Napoleón, los tiparillos y la prostituta de la víspera que más parecía una top model que cualquier otra cosa y que justificaba la risita perversa que en ese preciso momento atravesaba la horizontal de sus labios.

Dos.

Siempre le había costado un mundo hacerle el nudo a la corbata; y no el nudo común y corriente del liceo, que ese siempre lo supo sacar adelante, sino ese tan propio de las corbatas de los milaneses que más que nudos parecían empanadas. Pero era la moda en el socialismo de la tercera vía en Europa y había que ceñirse a ella para no parecer un roto o un manco picante infiltrado entre tanta gente de origen noble. Por eso su retardo frente al monumental espejo de la suite. Debía parecer un dignatario frente a sus compañeros españoles e ingleses. Con los colegas de Sudamérica no tenía problema, todos tenían un orígen humilde como él, sin embargo todos trataban de ocultarlo, como acontecía con él mismo. Incluso con varios de ellos tuvo que aprehender a utilizar el cubierto completo de una mesa bien puesta en sus primeras cumbres. Antes solo era, o cuchara para el caldo o la cazuela; o el tenedor y la cuchilla (nunca los dos al mismo tiempo) para los guisos y las pocas veces que en el plato venía un trozo de carne. Luego las empanadas y el vino tinto en las peñas del partido. Hablar de más de un plato en una misma comida era para todos sus amigos de infancia y juventud, incluido él mismo, una ilusión o simplemente una mentira.

De a poco y mientras introducía la mancuerna de oro en el ojal de la fina camisa de lino, hizo el ejercicio y el repaso de la presentación que llevaba hecha en power point y que había preparado y terminado de afinar durante el vuelo (clase bussines). Siempre le pareció magnífico que se las tradujeran a más de dos idiomas, sin embargo siempre tuvo sospechas de algunos miembros permanentes que desde cada estrado donde le tocó pararse, parecía que dormían como lirones.

Conforme avanzaba en el arreglo de su presentación personal, recordó las infinidades de veces en que salió de la facultad a la calle a torso desnudo y encapuchado para tirarle piedras a los pacos (con su única mano buena). Entonces era un joven idealista que creía en la revolución del proletariado más que en el viejito pascuero y que vivía metido en reuniones políticas para salvar al mundo.

Sin embargo - y como siempre decía para consuelo propio -, el muro de Berlín se había venido abajo y había que adaptarse a los procesos de globalización. Esa era su banderita de lucha, la justificación ante el menor atisbo de culpa que pudiere venírsele encima. Además ya no había tiempo para ese tipo de juicios trasnochados, al menos así se lo hacían ver una y otra ves los miembros de la dirección nacional del partido.

Estaba ansioso, más de habitual en él; aquella mañana conocería al mismísimo Thomas Trump; quien asistía también como expositor externo al seminario. Del mismo modo volvería a tener la oportunidad de compartir el mismo salón con el Rey Juan Carlos de España y otros dignatarios más, incluida la Lady Di. De allí que no tardara en embetunarse el pelo con gomina y echarse con nerviosismo el armanimanía que llevaba de perfume.

Tres.

El leve destello de la seda de su corbata roja sangre, adquirida en el último viaje que hizo a Italia, se dejó ver con elegancia antes de salir de la suite rumbo al salón plenario, donde lo esperaban los demás para dar inicio a la ceremonia de inauguración. Al atravesar el umbral de la habitación miró por última vez hacia atrás por sobre el hombro y con asombro vio proyectarse en el espejo mural una cola en espiral que colagaba de su trasero como un resorte. Sin embargo no hizo caso y solo lo atribuyó a los efectos del alcohol en su cuerpo. Su presentación sobre las ventajas del mercado y los procesos de globalización del siglo XXI, estaba próxima a empezar.

Mientras bajaba por el asensor de la torre, la hermosa ciudad se dejó ver con elegancia distante siglos de los tenues faroles de carburo del campamento de su niñez. Una y otra vez durante todo el tiempo que duró el descenso intentó recordar la letra del himno de la internacional socialista que ya nadie quería escuchar y que seguramente se entonaría al principio del encuentro, como ya era costumbre junto con la pintorezca levantada tímida de su puño izquierdo (el único que tenía) y el de todos los compañeros de partido.

Cuatro

Ya en el fastuoso salón del hotel resort y antes de apagar el teléfono celular vio en la pantalla como cinco llamadas perdidas de ese tal George Orwell y la puta que lo había parido, que no lo dejaba vivir con tanta acusación.

Texto agregado el 03-09-2004, y leído por 385 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
07-09-2004 Definitivamente la política esta llena de hipocrecias, de promesas que se lleva el viento, de discursillos baratos por llegar a lo mas alto, bueno bueno, este texto me deboro por completo y fue un film en mi cabeza, mis un millon de estrellas para usted, le mando abrazo y un gran saludo Aramis
06-09-2004 es como pasar del "gringo al camay", una buena crítica para quién perdió la brújula, aunque haya sido por necesidad anemona
06-09-2004 La patética caída de los ideales y el traspié al fondo del camino, ilustración del ingreso al sistema social loco y a la victoria de la decadencia del espíritu luchador de antaño. Saludos carolinaeme
06-09-2004 Un personaje elaborado genialmente. Con una prosa magnífica muestras todas sus complejidades, pero al final todo resumido en algo que el mismo sabe, gracias a su conciencia (disfrazada de George Orwell), que no es más que un cerdo. musquy
04-09-2004 Tienes excelentes elementos en este cuento, además de ideas claras y un discurso que no se pierde en medianías. Te queda perfecta la homologación de aquel hombre con todo lo que implica ser un puerco… sin embargo no es inusual que ocurra este proceso, como que todo el mundo va volcándose consciente o inconscientemente hacia el totalitarismo que consume y nos consume. Menos mal que siempre hay voces como las de Orwell, menos mal que siempre hay gente que escribe y denuncia…Muy bien expuesta, con rememoraciones que te fuerzan a cuestionar. Mis estrellas y saludos niñit@. CaroStar
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