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CAMINANTE NO HAY CAMINO
(2015)

Era una calurosa noche de miércoles cuando Santiago se sentó al lado de su madre para notificarle algo que había decidido.
Pastora sintió un escalofrío, intuyendo que se trataba de algo grave y tomó las manos de su hijo para darse valor.
Santiago fue parco y en un pequeño preámbulo le dijo a su madre que era tiempo que tomase las riendas de su vida. Agregó que ya tenía veinticuatro años y debía tratar de hacer lo que quería y no lo que todos esperaban de él. Sentía como un estigma el haber abandonado la universidad en una familia donde todos eran profesionales exitosos, pero no tenía afecto por la carrera que había elegido.
Pastora le apretó con más fuerza las manos mientras lo escuchaba en silencio y los ojos se le anegaban. Trató de musitar algo, pero Santiago se lo impidió continuando:
-Creo que debo salir a descubrir el mundo, lejos de las comodidades familiares y tratar de encontrarme a mí mismo, velar por mis necesidades y encontrar el rumbo de mi vida.
Estaba muy decidido y trató de infundirle valor a su madre que estaba devastada por esa postura que más parecía un berrinche de su niño, como ella lo seguía viendo.
Finalmente Santiago le pidió que no hiciera un drama de aquello, que solo era un proceso natural de la vida y aunque todavía no sabía cuál sería su rumbo, permanecería en contacto cuando le fuera posible.
Pastora sintió que el mundo se le derrumbaba pero en el fondo de su corazón sabía que la determinación de Santiago era válida y que si en verdad lo respetaba como creía hacerlo, debía sufrir en silencio y rogarle a Dios por que le fuera bien y encontrara su destino.
A la mañana siguiente cuando Pastora salió de su dormitorio, encontró en la cocina una taza con residuos de café negro, junto al llavero de Santiago.
Corrió al cuarto de él y lo encontró vacío. Había salido antes del amanecer con una mochila como equipaje.
Como se lo había prometido a su madre, durante los meses siguientes se comunicó telefónicamente un par de veces desde diferentes ciudades, solo para hacerle saber que se encontraba bien.
La última vez que Pastora recibió noticias de Santiago fue una llamada desde un terminal terrestre distante más de mil kilómetros. Era un viernes en la tarde y con prisa le comunicó que no disponía de mucho tiempo pues enseguida abordaría un bus, sin precisar su nuevo destino.
Nunca más se volvió a tener noticias del joven caminante.
Los siguientes meses fueron para Pastora una mezcla de ansiedad y esperanza. Siempre se consolaba pensando que su hijo estaría pasando por alguna dificultad económica que no le permitía llamar, pero que pronto lo haría y cada vez que sonaba el teléfono guardaba la esperanza que fuera él.
Transcurrían seis meses y Pastora no recibía ninguna noticia y empezaba a angustiarse por el prolongado silencio, pero siempre salía a su rescate cualquier justificación que le permitiera tranquilizarse y continuar con su espera.
Un día conversando con un familiar, este le sugirió que dado el prolongado silencio, el estatus de caminante con que se referían habitualmente a Santiago, fuera cambiado por el de desaparecido con el fin de acceder a otros mecanismos de búsqueda.
Ella guardó silencio por unos segundos y luego protestó que su hijo no estaba desaparecido. Era un paso muy drástico para el que no estaba preparada y prefería aferrarse a la idea de que su hijo simplemente estaba ausente, pero jamás desaparecido. Ese estatus involucraba muchas otras variables en las que prefería ni siquiera pensar, para no aumentar su angustia.
En otra ocasión alguien le preguntó por qué no consideraba la opción de hacer circular una foto de Santiago por las redes sociales, pidiéndole a todos sus contactos que la hicieran circular a su vez entre sus amigos para generar una red progresiva, que a lo mejor el amigo del amigo de un amigo podría haberlo visto y avisar de su paradero.
Esta idea ampliaba sus esperanzas de que alguien le diera una pista de dónde estaba Santiago y de inmediato buscó las fotos más recientes que tenía y armó un collage con una breve descripción y al pensar en cómo titularlo, no tuvo más remedio que ponerle caminante desaparecido.
En las noches, ya metida en la cama, Pastora pensaba con remordimiento que mientras ella intentaba descansar en esa cama cómoda, quizás Santiago pudiera estar durmiendo en la calle presa del frío, del hambre y sobretodo de los peligros que no sabría sortear un muchacho criado en un seno familiar sano. El peor enemigo que Santiago debía enfrentar era la indefensión y eso, por las consecuencias que podía conllevar, la atormentaba aún más.
Hubo un gran revuelo en las redes sociales, entre todos los relacionados directa e indirectamente con Pastora, muchas manifestaciones de solidaridad, cadenas de oración y hasta la aparición de amigos perdidos en la memoria de muchas décadas, pero nadie sabía nada de Santiago.
Cuando su familia insinuaba la necesidad de dar parte a las autoridades, Pastora se resistía a dar ese paso, que implicaba declarar oficialmente desparecido a Santiago y a través de esas autoridades reorientar la búsqueda hacia otros destinos más obscuros como hospitales mentales, morgues e incluso husmear en listados de NNs, como se denominaba a los cadáveres no identificados, hallados en fosas comunes, para posteriores intentos de identificación a través de ADN, pero finalmente accedió solo con la esperanza de ampliar el círculo de búsqueda.
Para ese entonces, una revista se interesó en su caso y realizó un reportaje muy emotivo que incluyó muchas fotografías y reseñas, todo con la esperanza de difundir más las fotos de Santiago y que alguien lo reconociera.
En todo este proceso, Pastora empezó a vincularse con otras familias que sufrían el mismo drama y poco a poco el propósito de su vida se centralizó en buscar a su hijo, dejando de lado al resto de la familia, el trabajo, las relaciones sociales y hasta las lúdicas.
Se convirtió en miembro activo de muchos grupos de búsqueda de desaparecidos y era común verla en marchas de protesta que pedían más acción al estado en su función de brindar seguridad a los ciudadanos.
Consiguió junto con un grupo de madres, que después de muchas luchas el estado cambiara la legislación para tipificar la desaparición como un delito y se creara la figura de la desaparición forzada, de la cual fuera responsable el propio estado.
Cualquier posible pista que le dieran tanto las autoridades como personas particulares, ella la tomaba como cierta y no vacilaba en tomar un bus o un avión o una lancha para ir a cualquier lejana región para llevar fotos de Santiago, investigar o a hacer el reconocimiento de un cadáver.
Muchos años después, en el dolor de su vejez, ya perdida por completo la esperanza de encontrar a Santiago, reflexionaba que aunque hubiera sido muy doloroso, hubiera preferido encontrar el cadáver de su hijo y haberle podido dar cristiana sepultura y tener una tumba a donde ir a llorarlo y llevarle flores y no la incertidumbre de no saber si habría muerto, o donde estarían sus restos, aunque en cualquiera de los dos casos el resultado era el mismo.
Quizás, no obstante el intenso dolor que habría tenido en el primer caso, esa opción le habría permitido una vez superado, retomar su vida normal y dedicar el tiempo necesario a cada actividad y tratar de reencontrar la felicidad; pero a pesar de haber tenido que recorrer el camino por el sendero más tortuoso y doloroso, nunca se arrepintió de nada.

Texto agregado el 03-05-2015, y leído por 74 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
04-05-2015 Qué dolor impotente el que siente esa madre, sin solución final. granada
04-05-2015 Pobre madre, no hay dolor más grande que el que padeció. Buena narrativa, querido. MujerDiosa
 
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