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Autor: ASMODEUS

Uno sólo muere cuando está solo.

Mi nombre es Asmodeus, dicen que soy uno de los diablos menores que habitan en el Hades, ¡claro que no es cierto! Soy un espíritu divertido que se rodea sólo de gente agradable como el insigne poeta (1) huésped de de mi casa que dijo: "¡Pobrecito del Diablo, que lastima le tengo, porque no ha oído jamás una palabra de compasión o de cariño! Los hombres son realmente aburridos, insoportables. Cuando se dirigen a Dios, lo hacen con formulas escritas para cada caso: Ayúdanos, Señor, danos el pan de cada día; ¡ten misericordia de nosotros!... Para librarse del dolor ocurren a Dios, como al dentista; pero para la disipación, buscan vergonzantemente al Diablo y se anegan en todas las delicias del pecado, sin que Satanás oiga alguna vez un ¡gracias, Diablo mío! por el contrario, aun tiene que escuchar como los hombres, después del goce prohibido, dan gracias a Dios por el placer que obtuvieron."
Como ustedes se darán cuenta lo importante es divertirse y ahora les voy a contar una historia, bien vistas, todos los relatos se reducen a la vida y a la muerte, al amor, a la mujer y a dios y a su otra cara de su moneda: el diablo, o chamuco o como quieran llamarle según su imaginación. Lo demás es sólo añadir. Esta narración tiene un final feliz. Decir esto no favorece a una historia; la hace sospechosa de cursilería. Si los cuentos empezaran con la frase “Y vivieron felices”, nadie los leería. Shakespeare tuvo éxito —y lo sigue teniendo hasta la fecha— porque siempre jodía a sus personajes. Pero ya estuvo suave de proemio y a la historia:

Ella y él son esposos. Lo son desde hace medio siglo y más. Él tiene 80 años. Ella 75, aunque nunca los confiesa. Los hijos, independientes y triunfadores, siempre ocupados y raramente los visitan, sin embargo para ella su verdadera vida es su casa, siempre reluciente de limpia, sus plantas y dos perros que son su adoración. Lo único que le preocupa es su marido, últimamente todo se le olvida y como niño pequeño tiene que cuidarlo. Desde siempre fue un inútil para las cosas prácticas de la vida y esto ha aumentado desde que hace 20 años que lo jubilaron.
Cuando el marido dejó de trabajar todos los días por fuerza de la costumbre acudía a su lugar de trabajo, no entraba, sólo se quedaba afuera rememorando tiempos felices. Sin embargo el policía de la entrada le pidió de manera amable que ya no fuera, ahora sale temprano de su casa, y es cliente habitual de los parques de la ciudad, a medio día llega a su casa y un velo de tristeza siempre lo cubre y no es por su diabetes, ya que por fortuna aprendió a inyectarse el mismo insulina diariamente, ni por el reumatismo que cede con las inyecciones intravenosas (su hijo médico se las facilita) que también el mismo se inyecta en caso de ser necesario. ¡No! No es por sus achaques, sino que por su aburrimiento mortifica a su mujer. Esto preocupa a su esposa y ella se pone a pensar: “pobre de mi viejo, que será de él si yo falto”. Por fortuna él es mayor que ella y la lógica le dice que él se irá primero. Por aquello de las dudas en las noches cuando reza le pide a su Dios: “Por favor Dios mío, llévate a mi marido primero, sabes bien que la vida de él sería insufrible si yo le llego a faltar, sería como un niño al que se le moría su mamá.”
Sin embargo la divinidad es impredecible, será porque siempre está muy ocupado. La que enfermó de gravedad fue ella. Cosa de nada creyó que era aquel molesto dolorcillo en la cintura. Pero era cosa de todo, tanto que los doctores que con esa gentileza que los caracteriza le dijeron —ella exigió la verdad— que no le quedaba mucho tiempo por vivir. Se angustió, no por ella, sino por él. ¿Qué iba a ser el pobre cuando ella se marchara? Entonces si se puso a rezar fuerte para pedir un milagro.
Desde luego los milagros no existen, el marido fue a visitar a su esposa al hospital, y al igual que de joven cuando era ocurrente y jovial, se despidió de ella con alegría y la besó con gentileza al despedirse. “Mi papá ya chochea”, pensó el hijo mayor, médico internista, que trabajaba en el hospital.

La hija del matrimonio, al acudir a la casa de sus padres para ver que no le faltara nada a su progenitor, encontró el lugar tranquilo, todo en orden, una música suave, clásica desde luego como le gustaba a su papá, se oía en la recámara principal, en la cama matrimonial yacía correctamente vestido el autor de sus días. Su semblante reflejaba tranquilidad y una tenue sonrisa adornaba su cara.

—Todo está normal, sólo está la jeringa y una ampolleta de “Neurobión” —dijo el Agente del Ministerio Público que revisó el cadáver.
— ¿Qué contiene el Neurobión? —preguntó el ayudante.
—Sólo vitaminas.

Cómo se darán cuenta, la historia tiene un final feliz. Una semana después la señora acompañó a su marido a la dimensión desconocida.
El hijo médico del matrimonio desde luego no les dijo a sus hermanos que de su stock de medicamentos notó la falta de una ampolleta de cloruro de potasio. Lo mejor es el olvido y no pensar en lo fácil que es cambiar el líquido de una ampolleta a otra. Claro que con la ayuda de su amigo: Asmodeus para servir a Usted. Vale.

1. JOSÉ RUBEN ROMERO, escritor mexicano. La vida inútil de Pito Pérez.

Texto agregado el 18-05-2015, y leído por 187 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
19-05-2015 Tu relato me llegó hondamente. Está lleno de humanidad, de ternura, y ¿cómo no conmoverme? Un abrazo grande. MujerDiosa
19-05-2015 A ver...Todavía dudo que él quisiera autoeliminarse. Quisiera sospechar de ella, que estaba obsesionada porque se iba antes que él, pero...si estaba internada no pudo hacerlo...O sí. Lo dejó preparado antes ya que era tan previsora.... Clorinda
19-05-2015 Manejas de maravilla el tema de la eutanasia. Desde luego debe ser AUTO eutanasia como lo hace l protagonista de 80 años. si se es asertivo para vivir se debe también ser asertivo para eliminarse de una vida ya sin sentido. Felicidades. ***** Terryloki
18-05-2015 Los finales felices no siempre tienen que ser color de rosa.Este me gusto.Un Abrazo gafer
18-05-2015 Ahhh...primera parte genial hermano, tengo algo por ahí que necesito pulir, va en un sentido parecido. Después tu texto es muy bueno, con todas los elementos que te caraterizan, haces de la lectura un placer. Cinco aullidos disfrazados de ángel yar
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