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(Relatos en desarrollo permanente, breves, de mujeres del presente, del pasado, del sueño, de la idea, del infinito...)



1.

Miraba en dirección hacia la ventana del tren. En silencio. Una canción (que hablaba sobre el sonido del cuerpo al reventar contra el suelo) sonaba en sus audífonos.

Pensó. Demasiado. Como siempre. Sabía que su hijo la esperaba lejos. En esa lejanía tanto física como aérea, divina como corporal. Ella lo esperaba, lo ansiaba; pero no podía dejarse esperar más, no por ella, sus proyectos, sus ideas de cómo "mejorar la vida".

Cerró los ojos, lo recordó, besó su imagen en el vidrio. Una vez más se sintió el origen del abandono. El tren llegaba a la estación. Le avisaba que continuaba lejos, pero que lograría su objetivo.

-Silvana, Silvana...

Su amiga, que la esperaba al bajar, la quedó mirando mientras le hablaba y ella permanecía impertérrita. Ahí, pero no.

-¿Qué pasó, eh?... Pensando en Ismael, ¿no?... falta poco. Falta poco.

La abrazó. A las dos se les llenaban los ojos de lágrimas.



2.

Tal vez la historia de la humanidad tenga mucho de eso, que cuando el amor se acaba en un lado empieza, casi de inmediato, en otro.

Mariposas en el estómago, esperas interminables para verse, el melodrama del romanticismo en los prolegómenos de un algo. Un algo que quiere ser más que algo. Y después nacen los hijos de las mariposas, cansados, rutinarios, a veces insoportables, otras infieles.

-Toma.
-¿Qué es esto?
-Las llaves de mi auto.
-Pero si nos conocemos hace nada y me estás pasando las llaves de tu auto, ¿qué te hace pensar que sé manejar o al menos que sé hacerlo bien?
-Es que lo sé.

Etapa de las mariposas: la hizo reír con esa clarividencia medio traspasada por unas cuantas cervezas verdes y demás. Él le trató de seguir el ritmo en una acalorada y vehemente conversación sobre la (cuestionable) calidad de la educación en su país.

Etapa de los hijos de las mariposas: un año después viven juntos. Dos años después tienen un perro. Tres años después tienen un hijo. Cuatro años después su perro enferma inexplicablemente y deben decirle forzosamente adiós. Siguen juntos. A veces ella no sabe por qué.



3.

Recordó el día en que se conocieron. Llovía como nunca había visto en su vida: como si tomaran agua y la lanzaran con grandes baldes sobre el pavimento, en un único y preciso movimiento.

Como era usual, no estaba preparada para tamaña expresión de la naturaleza y corría por la calles de Londres, mojada hasta los huesos.

Un automóvil pequeño pasó cerca de ella y se detuvo, haciéndole cambio de luces y tocando la bocina. Rápidamente, por su cabeza pasó la probabilidad de un asesino en serie y quiso arrancar. Se quedó mirando al automóvil hasta que por la ventana una mujer, joven, de cabello frondoso, le grita: "¡Súbete al auto, chilena!"

Por un segundo, la emoción la embargó y dejó de sentir frío. Corrió a subirse. Cerró la puerta y suspiró.

-Perdona, pero ¿eres vidente o algo que supiste que soy chilena?
-No, lesa, jajaja (su risa era agradable, cantarina como la lluvia) ¡Mira tu mochila!

Había olvidado la bandera que, producto de una nostalgia cursilera, había cosido en el bolsillo. Quiso saber si la coterránea en cuestión la acercaría a alguna estación del underground.

-¿En qué dirección vas?
-A mi casa, obvio y tú te vienes conmigo, ¡tenemos mucho que contarnos!

Por dentro sonreía. Casi sentía calor.



4.

En el sueño iba caminando por un manto de arena, bajo un sol inclemente. La espalda, la cara, el cuerpo completo le ardía.

A lo lejos veía agua. Corría. Espejismos una y otra vez. Sentía que perdía la fuerza, que tocaba fondo, que se desvanecía.

De pronto, el cielo se nublaba de extremo a extremo y un baldazo de agua fría la recorría desde la punta del pelo hasta la punta del pie. El agua no paraba de caer hasta llegar a cubrirla. Comenzaba a nadar.

La sensación de desvanecimiento otra vez, hasta el que cielo se abría y se escuchaba profundo y fuerte: ¡Marichi wew!, ¡diez veces venceremos!

Sentía que una fuerza nueva la inundaba, ese Newen del que le hablaba su padre, y nadaba enérgicamente para llegar a una orilla que se dejaba ver a lo lejos.

Despertaba.

Otra vez.



5.

No. No era de él. Era hija de una circunstancia, cruzada por unos cuántos tragos, risas, calentura y la convicción dada por todas esas variables.

Y guardó silencio. Es que había muchas expectativas (tal vez sueños, obsesiones, ambiciones) en juego: la casa propia, la familia perfecta, el barrio ideal, los vecinos tan amables, la aprobación de sus padres, la aprobación de sus suegros.

Pero bien afirma el refrán. La mentira tiene patas cortas. Y mientras transparentaba su verdad, sentía su cuerpo desmembrándose como una granada por dentro. Algo explotaría. Era mucho el dolor, tanto era lo que perdía. Esas obsesiones, sueños, qué mierda importaba su denominación, se caían inexorablemente en el vacío de una conversación que debió haber ocurrido en el principio. Ya nada se sacaba con el enorme arrepentimiento acumulado y sombrío.

Y el marido en cuestión se desplomó sobre la cama al sopesar ese "no es tuya, es de otro". Pero lo era. Era suya desde que abrió sus ojos a este mundo y defendería con uñas y dientes su vínculo con ella. Aunque le costara la vida.


6.

Es diciembre del año 2003. En un departamento de un edificio ubicado en una gran capital del mundo encuentran su cadáver (literalmente)

En tres años pareciera que todos quienes la quisieron la habían olvidado. Tanto la olvidaron que en esos tres años ningún pariente o amigo reclamó su existencia (o su cuerpo). Tanto, que ningún amante estable o pasajero pidió saber de ella a través de algún medio. Tampoco ninguno de sus vecinos hizo cuentas de su desaparición ni se sorprendió por el hedor que emitía su pequeño departamento, cuyas paredes fueron los últimos testigos de su (silenciosa) vida.

Hoy la honran un documental y un disco de rock progresivo. Pero nada detiene el inexorable paso del tiempo ni la enorme y depurada capacidad que hemos desarrollado de deshumanizarnos, desencontrarnos y olvidarnos mutuamente.

(...)

Texto agregado el 26-05-2015, y leído por 112 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
26-05-2015 Me gustaron tus cortas historias.Todas encierran un mundo.Un Abrazo. Gafer
 
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