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HABANA - PINAR DEL RIO

Eran ya pasadas las diez cuando Eumelia divisó por fin los tristes contornos de la estación de ferrocarril. Apuró entonces el paso, y reponiéndose del susto que le provocaba deambular a aquella hora por las oscuras calles de La Habana Vieja, invitó a su hermana a seguir su ejemplo.

-¡Vamos, Margot! ¡No me gustan estos barrios! ¡Y menos aún con tantos paquetes a cuestas!

Al llegar, suspiró aliviada. Tenía la cara ajada de cansancio, y los dedos de las manos enrojecidos por el peso de la carga.

-¿Alguien tiene la lista de Pinar del Río? -preguntó en alta voz para poder ser escuchada. Esperando una respuesta, paseó rápidamente su mirada de anteojos por los centenares de rostros amontonados en los portales. La débil luz de un bombillo caía lúgubremente sobre ellos. Algunos dormitaban, atreviéndose a abandonar sus cuerpos sobre aquel piso, cubierto por una gruesa capa de polvo, y por los acatarrados escupitajos de los fumadores. Desperdicios de comida se adueñaban de cada rincón, dándole vida a un nebuloso revolotear de guasazas y moscas.

-¡Por favor! ¡La lista de Pinar! -repitió ahora más alto.

-¡Pregúntele a aquel viejo de la esquina! -se dirigió a ella una muchacha muy joven, quien en aquel momento sacaba su pezón largo y oscuro de la boca del recién nacido que llevaba en los brazos-. ¡Al parecer se quedó dormido! Él la tenía cuando yo me apunté.

Eumelia avanzó hacia él.

-¿Usted tiene la lista de Pinar? -preguntó, mientras lo zarandeaba para hacerlo despertar.

-Sí, aquí está -declaró el aludido en un sobresalto, y sacó de su bolsillo varias hojas arrugadas-. Pero no tengo más papel para continuarla. ¿Podría darme alguno?

Ella abrió su cartera. Sacrificó uno de sus inseparables papeles blancos. Los traía por precaución. Casi siempre le pasaba igual; las molestias de los viajes le destruían los nervios, y por más que se empeñara en evitarlo, al final su estómago era quien pagaba las consecuencias.

-¡Aquí tiene!

-¿Su nombre?

-Eumelia. Eumelia Bollo. Y mi hermana se llama Margot. El apellido es el mismo, claro -dijo tratando de no repetirlo, y echó una rápida ojeada al papel para apreciar si su nombre era escrito correctamente-. ¿Qué número hacemos?

-El quinientos veintiseis y el veintisiete.

Buscó luego un rincón junto a una columna. Recientes huellas de orine mojaban su base.

-¡Alabao, Eumelia! -exclamó Margot-. ¿En este lugar?

-Es el único vacío. ¿Dónde nos sentamos entonces? ¿En la calle?

Se acomodaron encima de los maletines. Estiraron sus piernas hinchadas por los años, y comenzaron a luchar contra el sueño en un continuo cabecear y cerrar de párpados.

-¡No podemos dormirnos, Margot! -le advirtió Eumelia a su hermana al sorprenderla apoyando la cabeza sobre su hombro-. ¡Los ladrones aquí en La Habana no perdonan!

A la una de la mañana iniciaron el pase de lista. El señor que horas antes las anotara, subió a un escalón a la derecha del ventanillo donde eran vendidos los boletines. Desde esa altura intentó explicar el mecanismo que se iba a seguir; pero la gente, apiñada nerviosamente en torno a él, apenas sí dejaba escuchar algo con tanta algarabía.

-Yo voy a decir el nombre, y a continuación ustedes dicen el apellido. ¿Entendido?

Todos querían estar en primera fila, como si aquella posición les concediera alguna ventaja con respecto a los otros. En ese desesperado forcejeo por hacerse de un sitio, muchos comenzaron a molestarse, y pronto hubo empujones y frases ofensivas.

-¡Por favor! ¡Cálmense! -gritaba también Eumelia al ver destrozada el asa de su maletín-. ¡A fin de cuentas van a llamar por el nombre!

Pero el escándalo parecía imparable. Las empleadas del ventanillo se auxiliaron de su probada paciencia, y sin inmutarse mucho cerraron el local. Sólo lo abrieron quince minutos más tarde, cuando varios policías vinieron a poner orden.

-¡Todos para atrás! ¡Arriba! -gritó uno de ellos asumiendo aires de importancia. Empujó violentamente al personal que tenía delante, provocando caídas estrepitosas entre los de la retaguardia-. ¡No quiero a ninguno aquí!

El pase de lista se hizo en el medio de la calle. Llamaban de diez en diez. Según las personas eran mencionadas, se colocaban en fila detrás del policía, que los conducía finalmente hasta el ventanillo.

-¡Ay, mi Dios! ¡Qué marcha tan ridícula! -gritaba Eumelia-. ¡Qué desorden!

-Hay que pagarme en oro para que yo vuelva a La Habana -decía nerviosa su hermana Margot, viendo como el reloj avanzaba y sus nombres no eran mencionados.

Por fin, cerca de las tres de la madrugada les tocó su turno.

-¡Eumelia!

-¡Ay, esa soy yo! ¡Bollo! ¡Bollo! ¡Eumelia Bollo y Margot Bollo! -dijo emocionada, al tiempo que la gente reía a costa de su apellido.

En el tren reinaba una total oscuridad. Subieron ayudándose la una a la otra; y comenzaron a recorrer los coches en busca de un asiento vacío.

-¡Pero si son de palo! -exclamó Eumelia tanteándolos.

-¡Claro, mi abuela! ¿Usted no sabe que éste es el tren de madera? -dijo desde atrás una voz juvenil-. ¡Alégrese de que al menos alcanzó asientos!

-¿Y tenemos que estar sentadas tanto tiempo en esas tablas? -se quejó Margot- ¡Pobre columna mía!

Partieron con una hora de retraso. El frío del alba hizo estremecer ligeramente a Eumelia. Sacó una chaqueta del fondo del maletín y se la echó sobre los hombros. Recostó una vez más la cabeza sobre la suciedad de los hierros de la ventanilla. Los ojos le ardían de tanto resistirse al sueño, pero aquel constante trepidar de los vagones le impedía dormir. Como quiera que ya amanecía, paseó la mirada en derredor, y quedó espantada. Allí mismo estaba el baño, a menos de tres metros de su asiento. No en balde el vaho a orine llegaba con tanta fuerza a sus narices.

El tren se detenía a menudo. En cada parada las puertas eran atacadas por decenas de personas, que se atropellaban para subir primero. Traían jabas llenas de arroz, sacos de naranjas; y hasta cajas en las que se revolvían intranquilos, pollos y cerdos pequeños. Molestando a los que viajaban sentados, probaban esconderlos debajo de los asientos, para tratar de burlar las frecuentes inspecciones de la policía en su inútil empeño por controlar el contrabando. Cuando ya no disponían de estos espacios, colocaban entonces sus bultos en medio del pasillo. En breve, resultó prácticamente imposible transitar por él. Una pared humana le impedía a Eumelia ver ya la puerta del baño.

-¡Tengo hambre! -declaró Margot-. ¡Dicen que en Artemisa la gente vende de todo!

-¡No se te ocurra comprar nada de eso! -protestó Eumelia-. ¡Mira, que la gente por tal de ganar dinero es capaz de cualquier cosa! Tú no sabes qué manos hicieron lo que te vas a comer, ni qué rayos le echaron dentro!

Sin embargo, al llegar a Artemisa, el hambre hizo tomar a Eumelia otra actitud. Sacó la cabeza por la ventanilla. Por doquier aparecían personas de todas las edades portando cajas llenas de plátanos, pizzas y otras golosinas. Esquivando a la policía, vendían su mercancía a los hambrientos viajantes, que estiraban los brazos pidiendo ser atendidos.

-¡Busca dinero en mi cartera, Margot! ¡Estas pizzas parecen estar buenas!

-¡Acuérdate que están cambiando el queso por preservativos derretidos! –la alertó su hermana.

-¡No seas cochina, y cállate! Yo conozco bien el queso…

Miró con asco las sucias manos del muchacho que se las ofrecía; pero a pesar de ello, las devoró con apetito.

-¡Ay, gran poder de Dios! ¡Este tren se va a virar! -dijo Margot minutos más tarde. Hizo la señal de la cruz, y besó el crucifijo que le colgaba del cuello-. ¡Qué lleno está! ¡Y cada vez suben más personas! ¡Parecemos reses!

-¡Cállate la boca, mujer! -gesticuló autoritariamente Eumelia-. ¡Tú siempre con esa manía de invocar las desgracias! -y se llevó inmediatamente la mano al estómago.

-Esa pizza me cayó mal -dijo.

-Ya te advertía yo que el queso eran condones derretidos. ¿Te duele?

-¡Ay, sí! -dijo ella arrugando la cara por el dolor-. Creo que tendré que ir al baño.

Se levantó. Las personas que viajaban de pie prorrumpieron en protestas, a pesar de que ella pedía permiso y disculpas cuando los pisaba.

-¡Baje de peso, abuela! ¡En estos tiempos en que hay que viajar apretados, no se puede estar tan gordo!

A Eumelia le molestó aquel tono; pero procuró mantener la calma. Sin embargo, su paciencia no dio para más cuando al tener ante sí la puerta del baño, se percató de que también éste estaba atestado de sacos de naranjas.

-¡Pero qué es esto! -exclamó perpleja.

-¡No me diga que usted piensa entrar a jiñar aquí, mi pura! -le dijo alguien a sus espaldas.

Eumelia se volvió roja de vergüenza. Detuvo sus ojos relampagueantes en el grotesco rostro de un negro en camiseta.

-¡Respete mis canas! ¿Cómo se atreve a ser tan grosero? Si me permite, sí voy a usar el baño, y le agradecería que pusiera en otro lugar esos sacos si es que son suyos...

-¡Pero qué culo tan antojado! -dijo el negro; y a pesar del ruido del tren, logró pasear el áspero timbre de su voz a lo largo de todo el coche.

-¡Saque el culo por la ventanilla, abuela! -comenzaron a decir algunos, riendo a carcajadas.

Ella, totalmente ruborizada, esperó tranquilamente a que el negro moviera los sacos. Se agachó luego, cuidando no apoyar las nalgas en el frío metal del retrete, que estaba salpicado de orine y con restos de excremento adheridos al declive de su cavidad interior. Pero pese a sus cuidados, no pudo impedir que más de una vez el movimiento del tren le hiciera rozarlo. Totalmente asqueada, restregó con fuerza los papeles blancos entre sus muslos mojados.

-¡Qué día! -exclamó; y salió a enfrentar los aplausos burlones de los viajeros del coche.

El sol comenzó a pasar su lengua de fuego sobre el techo de los vagones. Con su bamboleo, las personas que iban de pie junto a Margot, la empujaban con jabas y hasta con sus propios cuerpos.

-¡Dios santo! ¡Me asfixio! -repetía una y otra vez pasándose un pañuelo por las arrugas sudadas de su frente-. ¡Y este asiento tan duro! ¡Qué ganas de llegar a Pinar!

-¡Imagínate la gente que sigue para Guane! ¡Los pobres! -dijo Eumelia-. De verdad que los considero.

Estando aún el tren detenido en la estación de Los Palacios, varios policías aparecieron en un extremo del coche.

-¡Ay Eumelia! ¡Están registrando! -la miró Margot asustada.

-¿Y qué? No llevamos nada que nos comprometa. ¡Qué registren!

Los policías fueron bajando uno a uno todos los sacos del tren. Preguntaban primeramente por los dueños; pero estos temiendo lógicamente pagar multas adicionales o terminar en la cárcel, permanecieron callados, prefiriendo perder impunemente la mercancía.

-¡Por favor, señora! ¡Abra ese maletín! -le ordenó un policía a Eumelia.

-¡Ay, mi hijo! ¡Nosotras no llevamos nada! -dijo ella mientras lo obedecía.

El policía echó a un lado los escrúpulos, e introdujo la mano hasta el mismo fondo.

-¿Y estos jabones? ¿De dónde los sacó? -clavó en ella una mirada llena de sospechas.

-Esos jaboncitos nos los trajo de afuera una parienta. ¡Por suerte, porque ya no teníamos con qué bañarnos! Esa parienta vino de Miami hace dos días. Nosotras no vamos a hacer negocio con ellos... ¡Mire, tome uno como regalo y lléveselo a su esposa!

-Está bien -la interrumpió el policía, guardándose rápidamente el jabón en el bolsillo-. ¡Disculpe la molestia! -y avanzó un asiento más para continuar en su rutina.

En Herradura el tren frenó bruscamente. Una muchacha del pueblo se había lanzado delante de la máquina con el ánimo de quitarse la vida.

-¡Lo que faltaba, Dios mío! ¡Qué locura! -exclamó Eumelia al enterarse.

-¡El tren la despedazó! -gritó alguien extasiado de morbosidad-. Dice el conductor que los despojos están pegados a las ruedas. ¡Hasta la cabeza se la arrancó de cuajo!

-¡Ay! -se llevó Margot la mano a la cara, como queriendo apartar de su mente aquella visión que le dibujaban.

Muchos, movidos por la curiosidad, bajaron del coche para unirse al coro de vecinos que ya comenzaba a aglomerarse en una increíble necesidad de ver con sus propios ojos lo que acontecía.

-¡Qué barbaridad! ¡Ni que fuera un espectáculo! -rezongó Eumelia-. ¡Que Dios me perdone; pero la gente es tan mala! ¡Es mala por naturaleza!

-Ella era mi vecina -contaba una señora abajo junto al grupo-. La culpa de todo la tiene el marido. Sabiendo que estaba enferma de los nervios, la dejó y se fue con otra. ¡Ella lo había amenazado tantas veces con hacer esto! ¡Dieciocho años tenía solamente!...

Lo que quedó de la muchacha fue tapado con una sábana blanca, que se tiñó en breve de rojo. La llegada del forense y todos los demás trámites burocráticos alargaron la espera por más de una hora. Luego, el tren continuó lentamente su marcha.

Daban las cuatro de la tarde cuando Eumelia y Margot pusieron el pie en el único andén de la estación de Pinar del Río.

-¡Al fin! -exclamó Eumelia-. ¡Qué viajecito! ¡Qué tren!

Y sin llegar aún a la calle, en medio del tumulto que olvidándose de las leyes de la física, pretendía atravesar a un tiempo la estrecha puerta de salida, comenzó a pregonar a media voz, al tiempo que miraba a los lados con cierto disimulo:

-¡Vamos!...¡Jaboncitos Lux! ¡Jaboncitos Lux!...


Texto agregado el 27-05-2015, y leído por 119 visitantes. (0 votos)


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