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—Ya supiste que nuestro maestro, ahora jubilado, le dio por estudiar en la Escuela de Escritores, qué va escribir historias de sus pacientes —dijo el joven médico.
— ¡Qué cursi!, chango viejo no aprende maromas nuevas y el doctor está re-viejo.
—Es que no quiere dar su brazo a torcer, como era muy respetado como cirujano, cree que la va hacer como escritor. Estos viejos deberían quedarse tranquilos en espera que Diosito se acuerde de ellos, y dejen de respirar el oxígeno ya tan escaso —al decir lo anterior soltó una alegre carcajada el joven facultativo.
Esta plática me fue referida por el malicioso de mi compadre, grandísimo cabrón, con la aviesa intención de mortificarme, sin embargo yo tuve que darle las gracias por su gentileza al contarme el chisme.

Y sí, yo soy médico jubilado que escribo cuentos, y la verdad no es por presumir pero me creo a la altura de Archibald Joseph Cronin, médico escocés, autor de “La Ciudadela”. Siempre me ha llamado la atención la literatura y me he embarcado en el espectral arte de la escritura. Desde luego, y no me explico el porqué nadie lee lo que escribo y sirvo de burla a mis antiguos alumnos de la facultad. Sin embargo durante muchos años que ejercí la medicina fui testigo de las diferentes facetas de la naturaleza humana.
El caso de una de las últimas pacientes que atendí es el que quiero relatarles. A esta enferma la operé como último recurso, una intervención quirúrgica de las que dan fama al cirujano, desde luego técnicamente fue un éxito, pero el organismo de la intervenida ya no estaba para esos trotes y a los pocos días dejó este valle de lágrimas.

Ella murió. La difunta señoreaba la casa, oscura de tristezas y silencios. Desde su muerte el hombre dejó de ser quien era. Se hizo nadie. Y casi se hizo nada, de no ser por la rabia que nació en él, por el odio con que miraba al mundo, a la vida, a Dios, a todo. Ni siquiera le fue dado el don del llanto. Cuando la mujer se le fue se fue él con ella. Quedaron sólo su piel, sus huesos y su carne. Caminaba como espectro por la casa, vacía ahora de quien la llenó.
La hija se angustiaba al ver el sufrimiento de su padre. Le decía suplicante: "¡Papá!". Y él: "Déjame". A veces, sólo a veces, ponía en la muchacha una mirada extraña, como la de aquél que ve sin ver. Ella sabía: no la estaba viendo a ella; miraba a la esposa ida. En los rasgos de la hija quería recobrar a la ausente. Inútil: una palabra, un gesto diferente a los de la muerta rompían aquel espejismo, y entonces él miraba con rencor a la que se parecía, pero no era. Empezó a beber; dejó de trabajar en su despacho contable. Ya no salía de la casa. Andaba sucio, descuidado. Respiraba, pero estaba tan muerto como la muerta que fue todo en su vida.

La hija se desmejoró, entre atender el despacho con los problemas contables de los clientes, el cuidado de la casa y la preocupación de su papá, que se embarcó en un viaje de tequila hasta llegar a la desorientación, confusión y la locura. Ella le rogó: “Papá: le pedí a la Virgen de Guadalupe un milagro". Respondió él, hosco: "Los milagros no existen". Y la muchacha, cierta: "El mío sí me lo concederá la Virgen".

Pobre mujer, flaca, ojerosa, con los nervios a flor de piel cuando me fue a ver. “Doctor —me dijo— ayúdeme por favor”. Me contó lo que le había dicho el padre del milagro y yo, agnóstico, también le quite ese consuelo. Además me explicó que necesitaba alguien que cuidara a su padre, mientras ella trabajaba, y que cobrara barato, ya que pasaban por estrechez económica. Aquí me sentí culpable ya que mis honorarios quirúrgicos habían sido cuantiosos. Fue mi conciencia la que iluminó mi mente y me acordé de la señorita Clotilde, más conocida como “Cleo”, afanadora jubilada del hospital donde trabajé. Ella, consciente de su falta de belleza física, siempre quiso ser enfermera, pero sus escasas luces no se lo permitieron, siempre reprobó los exámenes, incluso los más sencillos para enfermera auxiliar, en contraste tenía un carácter jovial y simpático. Ya jubilada se ocupó en cosas de la iglesia y en el cuidado de los numerosos sobrinos que tenía. Con el argumento de que era una obra de caridad la que haría, además de unos centavos que ganaría y que bastante falta le hacía, fue que este amable ángel entró a la casa de mi antigua paciente.

¡Vaya cambio que hizo! Con buen trato y una sana autoridad de esas que se tiene por nacimiento, logró que el borrachín fuera a Alcohólicos Anónimos. No crean que el cambio fue inmediato. No. Esto sólo sucede en las novelas rosas. Hubo pleitos, desaires, desencuentros. Pero al fin, dejó de beber, era otro hombre, se hizo amigo de Cleo y a los pocos meses le pidió que se casara con él. Ahora el hombre era otro hombre. Se le veía feliz; vivía una nueva vida. Ella, por su parte, supo del romance.

Era un lunes en la mañana cuando me visitó, al principio no la reconocí, era la hija de mi paciente: bien arreglada, vestida con cierta elegancia, un maquillaje discreto que la embellecía más y fuego en su mirada. Ustedes pensarán que yo, como muchos médicos, creemos que la mujer es lo más maravilloso de la creación y tomamos como dogma casi religioso: “No hay mujeres feas, lo que hay son hombres con falta de imaginación”. No, definitivamente no, la encontré hermosa y alegre cuando me dijo:
—Doctor, vengo a entregarle la invitación para la boda de mi papá —y agregó con cierto dejo de burla—: ya ve, la Virgen me hizo el milagro.
Sorprendido y cabreado pensé al igual que mis colegas jóvenes: “¡Qué cursi!”.








Texto agregado el 02-06-2015, y leído por 187 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
14-07-2015 Es cierto. La narrativa es muy buena. Sólo extrañé algunos puntos. (en su lugar has usado comas). Te falta sólo esa materia para graduarte de escritor. Clorinda
03-06-2015 Cuán cierto es. Nadie lo lee a uno y menos están acostumbrados a comprar libros. sin embargo que agradable es escribir, aunque sea cursi. Un cuento muy humano estoy de acuerdo con Sofía. Felicidades. ***** Terryloki
03-06-2015 Cursi tal vez . pero entretenido y ameno . autumn_cedar
03-06-2015 Y un abrazo full y eterno. SOFIAMA
03-06-2015 ¡Pues, no! De cursi, nada. Sólo que hay muchas formas de que los milagros se tornen realidad. ¿Y qué más milagro que la “resurrección de un hombre casi muerto”? Tus historias deben tener mucho de realidad porque son contadas con la naturalidad de un hecho cierto. De ser tú el médico aposentado que estudia para escribir historias, déjame decirte que te has graduado con honores porque es genial tu narrativa. Un deleite, mi querido Héctor. SOFIAMA
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