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El espeso día, decaía con el ruido del tráfico, el murmullo indescifrable de la gente y el árido soplo del viento, anunciaban la noche anónima que pronto llegaría.

Al abrir la puerta de su habitación, Milén ingresaba en lo que para ella era su sagrada capilla, dejando atrás, algo de tristeza, monotonía, y cansancio.

Su real encanto, apretujado con uniforme y formalidades, se liberaba con el primer movimiento de su cabeza, soltándose por completo su hermoso cabello, que ahora desligado y pleno la hacía más natural

Acto seguido y como justa liturgia, se despojaba silenciosamente de sus ropas, donde lo más exquisito de aquel acto, era el retiro de su ropa interior. Y que lo hacía tendida en su confortable cama, primero con sus brasieres y luego con sus pequeñas y ajustadísimas bragas, de un impecable color negro.

Mirando hacia el cielo, tersa y completamente desnuda, esta Venus al fin reposaba y renacía su natural esencia.

Sus jóvenes senos, armoniosos y dóciles, se veían perfectos con su fino cuello. Su ombligo, verdadero santuario e invitación al jardín de las delicias, era el pasaje hacia su bello sexo, que allí en pleno, parecía la más linda flor de la que se pueda disfrutar.

Serena y relajada, tomaba sus pechos, con sus delgadas manos los observa plácidamente, al tiempo que sus pezones se erigían al unísono, mientras eran contorneados suavemente con las yemas de sus hermosos dedos.

Un calor le invadió mágicamente, y con movimientos pélvicos abría sus lindas piernas hasta entregar al cielo silente, un suspiro de complaciente concesión al delicioso placer, que se acrecentaba poco a poco.

Deslizo su mano derecha por su ombligo y la posó suavemente en su tierna y acalorada caracola, que parecía brotar como hermosa flor, abriendo sus pétalos envueltos en exquisita miel.

Sus dedos entreabrían aquel bello sexo, que parecía distenderse en armonía y exactitud. Y su atesorado y escondido clítoris, emergía entre los pliegues, como una diosa despertando de un sueño.

Cerraba los ojos y parecía entrar a su mundo, donde la esperaban las Musas y los Eolos, e iniciar caricias afrodisíacas llenándola de profundos gozos y divinos gemidos jamás oídos.

Con sus piernas se apoyaba y levantaba su cintura al tiempo que deslizaba toda su mano en el ardiente sexo que emanaba la deliciosa almíbar produciendo un sonido excitante de desenfreno total...

Empapada en aquel manjar de deseos que llevaba hasta todo su cuerpo, se acomodaba, y cuando acariciaba su erecta vulva, cerraba las piernas, mientras que con su mano izquierda acariciaba sus senos.

De cuando en cuando se daba vueltas hacia la almohada y la apretaba fuertemente, pasaba sus manos en sus muslos y hacia movimientos involuntarios en respuesta a sus orgasmos que renacían entre tanto placer,

De arriba, parado en un estante, un hermoso felino la observa como el más afortunando mirón, cómplice de aquel festín de Eros. Casi inmóvil miraba y respiraba aquel enjambre de olores que emanaban de aquella mujer, como las esencias más deseadas y prohibidas.

Una y otra vez, esta musa exploraba y explotaba su ardiente cuerpo. Abría sus perfilados glúteos y llenaba de caricias cada recoveco de placer...

Con un suspiro final, caía rendida, acostada de lado y la almohada entre sus manos...

Más tarde se despertó más hermosa que nunca, y su cabello parecía más largo y desordenando. Con cierta sorpresa miraba su entorno, y su cuerpo, al que tocaba con cierto sigilo...

Una sutil sonrisa se plasmó en su cara; se daba cuenta que había sido otro sueño húmedo y sugerente, que la atrapada cada vez que se recostaba desnuda y entregada a su imaginación...

... Y ni siquiera las suaves manos de Milén son necesarias para invadir su intacto cuerpo, que cae rendido, y sudoroso, a los delirios y deseos...

...En cada orgasmo de aquella mujer, renacen los edenes, de los cuales ciertas doncellas perdidas en la acostumbrada y trivial urbe, no han podido regresar...

Sólo Milén sabe el secreto, y yo quien lo cuento....

Texto agregado el 21-06-2015, y leído por 75 visitantes. (0 votos)


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