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EL TERCER OJO
Me senté afuera, el bar se encontraba lleno, recé para que nadie se pusiera a fumar justo a mi lado; elegí la mesa que daba a la calle, no me importó ni el ruido de los autos ni el de la gente, solamente quería sentarme a comer alguna cosa después de una mañana un tanto movida. La vista era perfecta, una plaza tupida de verde, como un oasis dentro de la ciudad, colaboraba con mi pasajero bienestar.
Estaba, en realidad, en un pasillo que al fondo conectaba con una galería de antigüedades; hacía mucho tiempo que no almorzaba en este bar y como esa mañana invernal tenía antojo de lentejas y como vi el anuncio en la entrada, no lo dudé ni un instante. Al mozo creí reconocerlo, pero quizá fuese una mera ilusión. Estaba nublado y algo fresco, pero eso no parecía que iba a durar mucho tiempo más.
Diría yo que nada fuera de lo común sucedió ese mediodía, el mozo iba y venía de un lado para el otro, la bandeja se movía como en un avión entrando en zona de turbulencias; los comensales se iban remplazando y se retiraban a sus oficinas, yo me debatía entre las posibilidades que me ofrecían para el postre, como si fuera el fin del mundo; por momentos alguna belleza me distraía en su andar, y me hacía soñar por unos segundos, pero la realidad me devolvía al presente, a mi postre y a los inquietos árboles de la plaza.
Todo estaba tranquilo, como dije antes, ese mediodía tedioso y común a cualquiera, hasta que imprevistamente preste’ atención en la conversación que tenían unos tipos que recién habían entrado y se habían sentado justo detrás de mí. No los podía ver, apenas se insinuaban en el reflejo del vidrio que daba al salón, eran medianamente jóvenes, o al menos uno de ellos lo perecía.
El tenor de la conversación era de este tipo: debatían acaloradamente sobre si el tercer ojo se encontraba dentro del Universo o si era todo lo contrario, si lo observaba desde afuera, como su mero creador. Luego pasaban a algo trivial, a algún comentario sobre fútbol o sobre la comida, y después volvían sobre lo mismo, sobre el origen del mundo, sobre el arquitecto del Universo, y sobre símbolos religiosos y su dudosa precedencia. Inferí que serían masones, lo que le daba cierta coherencia al suceso.
No pude evitar parar mi oreja mientras el mozo me traía la cuenta. Ahora discutían sobre la inmortalidad del alma, si el alma no sería parte del arquitecto del Universo, y si no será, entonces, que el tercer ojo nos estaba viendo y dirigiendo desde algún rincón del mundo; sobre el tema de si las cartas ya no estarían echadas de antemano, si nuestro destino no estaría ya prefijado por él y si así fuera, entonces, cómo ser libres, cómo ser dueños de nuestro destino, cómo tomar decisiones.
Por un momento me dieron ganas de opinar como si estuviéramos hablando de fútbol y decirles, por ejemplo, que el tercer ojo debería ser seguramente el director técnico del equipo y que solamente él decidía quién jugaba y quién no en el partido eterno del Universo. Y que si se producían cambios en el juego, por algo serian.
Después de pagar mi cuenta subí al baño, pero cuando volví los tipos ya se habían ido. Yo hice lo mismo, seguí mi camino por las calles del microcentro esquivando autos y bicicletas, y pensando en lo bueno que sería tener un tercer ojo que vea lo que otros no pueden ver.
Al rato, conmovido por los ruidos y por el aire viciado de soberbia, volví a la calle del bar a tomar mi colectivo, y fue cuando los vi de nuevo a los hombres del bar, inmóviles en la parada. Seguían discutiendo efusivamente sobre el origen del Universo como si hablasen de política. Uno parecía ser más ateo que el otro; evidenciaban tener grandes conocimientos sobre cuestiones filosóficas y teológicas.
No pude evitar hacer un comentario sobre el asunto. Les dije que yo había estado comiendo junto a ellos y había escuchado una conversación interesantísima. Los tipos se sonrieron y siguieron hablando, hasta que al fin uno me dijo:
- Pienso.
-Y yo luego existo, dijo el otro, mostrando una sonrisa eterna, sin dientes y sin alegría.
Pero de pronto, no sé como ocurrió, sentí algo como que venía de la nada, como una sombra detrás que me zumbó los oídos, un leve viento de ultratumba. Los hombres salieron corriendo y antes de llegar a la esquina, el mayor, me gritó:
-¿Vio? Fue el tercer ojo-. Cuando quise acordar, me di cuenta de que me faltaba la billetera.


GABRIEL FALCONI



Texto agregado el 22-06-2015, y leído por 122 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
30-07-2015 Agradable de leer, con imágenes que te anclan en la historia. La introducción se me antoja un poco larga. Si haces el ejercicio de recortarla verás que tu texto no pierde ni calidad ni coherencia. Gracias por compartirla. -ZEPOL
24-07-2015 Muy útil y peligroso el tercer ojo. siemprearena
25-06-2015 Original relato sin duda, me agradó su lectura...***** achachila
24-06-2015 Como el más hábil prestidigitador, mostrando en una mano la moneda y con la otra ocultándola a la vista de todos. Irónico final, en masonería se dice que sólo no se ve, lo que no quiere verse. Si eres el Gabriel Falconi de otros lares, entonces también aquí podemos continuar la amistad literaria nacida allá. sagitarion
24-06-2015 Entretenido relato. Tan ameno, que dan deseos de que este personaje siga contándonos sus historias mientras anda por la ciudad, tal vez en el metro, o un ascensor, o un taxi, en fin. Llama mi atención, que como siempre fue narrado en primera persona, no hubo presentación, no conocemos su nombre. jdp
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