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Inicio / Cuenteros Locales / heraclitus / Un proemio y una historia verdadera

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Hola amigos:
Primero les escribiré una introducción, yo puse en el título proemio porque me pareció más elegante, ¿no creen?
Como todo buen jubilado asisto diario al café con diferentes amigos, uno de ellos es un médico viejo, por cierto de los que tienen un “ojo clínico” envidiable, y le encanta repetir aforismos que el inventa o se los fusila como: “los jubilados somos como la mini-falda, cada vez más cerca del hoyo”. Es formidable mi contertulio.
Desde luego todo trabajador retirado habla horrores de sus antiguos compañeros, sólo él era bueno y los demás unos “reverendos” tarados. Por eso, cuando me contó que un vecino suyo había fallecido, le pareció sospechoso que éste aún joven se hubiera ido de una enfermedad gastrointestinal de dos años de evolución. Del médico, que lo atendía y expidió el certificado de defunción, mi amigo me dijo con vehemencia: “te juro que el güey repatea de pendejo”. Yo lo tomé con cierta reserva.
Además, enalteció mi ego al decirme: “tú que escribes cuentos policiacos debes tener experiencia en las deducciones del bien y del mal, por eso te contaré el caso”. Claro, que me inflé como un pavo real, por lo que procederé a relatarles la historia que es verdadera.

Ella no sabía por qué su esposo la golpeaba tanto. Casi todos los días le pegaba, Generalmente el maltrato consistía en una bofetada o dos, pero otras veces le daba con el puño hasta hacerla sangrar, o la hacía caer al suelo y ahí la pateaba. Ella no sabía por qué su esposo la golpeaba. Aunque era fácil deducir el porqué: aquel hombre golpeaba a su mujer porque en el trabajo él recibía golpes de los que no se dan con las manos o con los pies: humillaciones, burlas, reprensiones inmerecidas, ordenes irracionales que debía cumplir, trabajo extra al que no se podía negar… Por eso se desquitaba con la esposa después de beber muchos tragos para supuestamente relajarse, la golpeaba por “quítame esas pajas”, como le habría gustado golpear a su jefe, o a sus compañeros. Los hijos se espantaban cuando veían a su padre maltratar a su mamá. Corrían a esconderse, y contenían el llanto, pues también ellos recibían golpes si lloraban. A nadie le contaban lo que en su casa sucedía. La madre les había dicho que eso nadie lo debía saber. Ella ocultaba sus golpes, o le explicaba al médico que a veces la atendía, diciendo que se había pegado contra una puerta. Eso sí, el golpeador cuando le pasaba el acceso de furia se arrepentía, lloraba, prometía enmienda y acudían a misa diaria.
La mujer era culta le encantaba leer biografías de personajes famosos: el sabio filósofo Sócrates, el conflictivo Papa Alejandro VI (el Papa Borgia), la bellísima Marilyn Monroe y sobre todo un libro que trataba sobre la vida y muerte de Napoleón Bonaparte que lo leyó y releyó varias veces. Los libros los pedía en la biblioteca pública porque la situación económica no era buena para comprarlos, ya que los recursos familiares naufragaban en un mar de alcohol; a la casa le hacían falta remiendos y la pobre mujer se la pasaba en la eterna lucha contra los roedores y cucarachas que con terquedad invadían su casa a pesar de los esfuerzos con que trataba de eliminarlos. Al parecer la lectura era el bálsamo que endulzaba su vida aunque su marido se lo tenía prohibido, pero a escondidas lo hacía.

Un día el hombre cayó enfermo. Varios días guardo cama, víctima de una fuerte indisposición estomacal. “Gastroenteritis aguda” —dictaminó el doctor. Recetó algunos medicamentos; le indicó a su paciente que no comiera alimentos irritantes, y le aconsejó beber leche, mucha leche, nada de alcohol. Cedió el malestar, pero se repitió poco después. El hombre sentía fuertes dolores de estómago, intensas náuseas repentinas. “Gastritis crónica” —dijo el médico. Volvió a recetar los mismo, y otra vez aconsejó al enfermo que bebiera leche, mucha leche. Dos años le duró al individuo aquel padecimiento. Al cabo de ese tiempo falleció. El doctor puso en el certificado de defunción: “Gastropatología terminal”.
En el ataúd se veía consumido; tenía la piel de un gris verdoso, ceniciento. Con su muerte la esposa floreció. Fue otra. Volvió a su trabajo de maestra y se veía feliz. Iba al cine con sus amigas. Aquí la historia termina.

Mi amigo después de contarme lo anterior me dijo:
—Todo está bien, pero conozco al facultativo que atendió al enfermo, fue mi condiscípulo en la facultad de medicina y desde entonces no daba una en cuanto los estudios, no sé por qué artes se recibió de médico y tampoco me explico la suerte que ha tenido, pues es muy clientelógeno, será porque es muy alegre y tiene muy buen carácter.
Como soy muy descreído pensé que a lo mejor eran celos profesionales de mi amigo y le cuestioné:
—¿Por qué sospechas de la muerte del vecino? ¿Es sólo por la ineptitud del galeno que me cuentas?
—No, además que casualidad que el cuerpo fue cremado cuando presumen de ser católicos a ultranza. Y qué me dices de la felicidad de la recién viuda.
Yo la verdad no encontraba razones de peso para la incertidumbre de mi amigo y para salir del paso le dije:
—Déjame pensar sobre el problema que me has impuesto y luego platicamos.

Una cosa es la ficción y otra la vida real. ¿Cómo diablos le haría para investigar el caso? La situación era que no conocía a nadie de la familia y no iba a llegar y decirle a la viuda: “estoy investigando la muerte de su marido”. O decirles a los hijos: “la muerte de su papá es sospechosa y la mamá de ustedes está más alegre que un pollino en primavera con lo que eso implica”. No, ¡está cabrón! Como si uno de viejo estudiara el idioma mandarín.
Total, el único dato que tenía era que la esposa sacaba libros de la biblioteca pública y como conozco a José Luis, el encargado de la misma, para no dejar y tener algo que comunicar a mi amigo revisé los libros que ella leía. Eran pocos.
No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, pero yo soy “un ratón de biblioteca”, me encanta hojear libros y en eso me pasé mucho tiempo hasta que en un libro sobre las biografías de hombres famosos encontré en «La vida de Napoleón Bonaparte» subrayadas estas palabras: “Algunos historiadores sostienen la tesis de que los ingleses mataron lentamente a Napoleón usando un veneno arsenical que su médico le administraba en pequeñas dosis cada día”.

Ustedes, ¿qué piensan?




Texto agregado el 02-07-2015, y leído por 134 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
02-07-2015 !Ayyyy! (...aunque NO faltarÁ) SOFIAMA
02-07-2015 Perdón: ...aunque faltarÁ... SOFIAMA
02-07-2015 1. La carencia de los derechos sociales o la ignorancia de que éstos existen convierten muchas veces a las mujeres en sumisas porque han vivido con y desde el miedo. Las injusticias y la desigualdad social hacen de los seres humanos unos salvajes, como el caso del “machito” de tu historia. La decisión de la esposa del resentido social es comprensible, aunque no faltara gente que diga que la ley de Dios, la justicia y bla, bla. SOFIAMA
02-07-2015 2. Estas críticas también son entendibles porque esos censuradores lo más probable es que no hayan vivido, directa o indirectamente, situaciones de maltrato hogareño como la descrita en tu texto. ¿Qué opino? Pues te diré mejor lo que haré: trabajo como voluntaria en una organización de ayuda a mujeres y niños maltratados. SOFIAMA
02-07-2015 3. En su mayoría son personas cultas y religiosas, pero las mujeres tienen tanto miedo que se lo trasmiten a los hijos. Entonces, les voy a copiar esta historia que narras y se las daré, y las que tengan sesos, qué actúen. ¿Está mal hecho que haga yo eso? Pues, en algo hay que contribuir para liberar a estas mujeres de tanto azote. SOFIAMA
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