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Inicio / Cuenteros Locales / DavidMo / Sueño XXII. Actor

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Con toda tranquilidad, como si estuviera en su casa, dejó el sombrero encima de la mesa, se sentó frente a M. y, con un gesto ad hoc (mano apoyada en el pecho, cabeza ligeramente inclinada), dijo:
-Me presento: Arturo Candilejo, actor.
M. le miró con sorpresa. Tenía entendido que trabajaba en un ministerio y no le sonaba el apellido Candilejo, sino algo más prosaico como Gómez o López.
-No. Creo que Ud. no interpreta mis palabras correctamente –advirtió el otro-. Yo no soy actor de profesión, ni por afición; yo soy un actor permanente –pausa teatral para provocar efecto-. Y siempre lo he sido.
A M. lo que menos le ilusionaba aquella tarde era soportar confidencias de semi-desconocidos. Y estaba claro que aquello iba de confidencias íntimas. Pero no se le ocurría nada para cortar la conversación y el otro, “Arturo Candilejo”, iba embalado.
-Actuar, lo que se dice actuar, lo he hecho siempre que yo recuerde. Siempre y a todas horas. Pero me sería difícil precisar el momento en que aquella actividad, tan natural en mí como el respirar, se convirtió en consciente y pasó de la mera praxis empírica a la creación artística. Porque, desde el momento en que, como una revelación, me fue dado comprender que yo podía modelar mi vida como el artista modela la arcilla, que de algo informe, pero lleno de potencialidades, me era dado extraer la forma pura, la esencia del acto, me sentí imbuido de una misión, quizás modesta en lo que se refiere a su influencia sobre el ecosistema, pero crucial en cuanto a lo que más podía interesarme, es decir, Yo mismo.
»No, no era que me hubiera trazado una misión trascendente del estilo de liberar los esclavos del Sudán, o llegar a ser arquitecto de moda. Ud. me malinterpreta. Era simplemente que había descubierto que yo no era nada. Y que, siendo nada, podía actuar como si fuera cualquier cosa. No, vuelve a entenderme mal. Nada sartreano. ¿Cómo va a ser sartreano un niño de 7 u 8 años, hombre? Claro, porque fue en torno a esa edad cuando me apercibí de las posibilidades de la interpretación creativa y comencé a ser un Actor Permanente en el pleno sentido de la palabra. Y eso me lo enseñó la escuela. (Pausa). ¡Ah, la escuela! (Nueva pausa) Es maravilloso el magisterio, la revelación de los primeros descubrimientos, el rito iniciático, el lento desvelamiento de los misterios... No, hombre, Ud. se empeña en malinterpretarme. No me estoy refiriendo al aburrimiento mortal de la tabla de multiplicar, ni a esa tremenda superfluidad que consiste en aprender que “hacer” se escribe con hache. Le estoy hablando de la escuela como maestra de vida. ¿Qué? ¿Que eso es la historia? No me embrolle con tecnicismos, por favor. Le estoy hablando de algo serio. De las infinitas posibilidades que la escuela ofrece a un niño inteligente para iniciarse en las reglas del juego social. Ya sé que se habla mucho –es uno de los tópicos de todas las pedagogías “revolucionarias”- de que la escuela no tiene nada que ver con la vida. ¡Que absurdo! ¡Si es todo lo contrario!
»No pretendo generalizar sin más mi experiencia. Pero afirmo rotundamente que las posibilidades que ofrece la práctica irrepetible de estar encerrado día tras día entre cuatro paredes con un maestro incompetente que se cree Dios Padre y una panda de energúmenos asilvestrados y semi-sádicos en un ambiente malsano y cargado de miasmas y mocos son infinitas para aquél que no carezca de un mínimo de sensibilidad y de inteligencia. Porque, ¿en qué otro lugar va a encontrar Ud. incardinada la esencia misma del poder y la sumisión? ¿Dónde podrá ver Ud. en estado puro el triunfo de la imbecilidad y el fracaso de la virtud? Y cuándo hablo de la imbecilidad, no me estoy refiriendo al coeficiente de inteligencia, sino... Bueno, me estoy yendo del tema que estaba desarrollando, o sea, de Mí Mismo. Porque, de entre las múltiples enseñanzas que el medio escolar suscita, la más importante, aquella que me construyó como una entidad irrepetible y dio sentido a mi escuálida existencia es que, así como, según el Filósofo, es imposible que el Ser no sea, el Yo es tanto más Yo cuanto menos Yo es.
»¡Ah!, observo en Ud. un gesto de impaciencia. No se preocupe, que ahora se lo explico. Lo que me enseñó la escuela es que pretender ser uno mismo es una absoluta inconsecuencia. Descubrí que mostrar mi natural tímido y pacífico era considerado inmediatamente por mis queridos condiscípulos como un signo inequívoco de mariconería, pero que si adoptaba una actitud chulesca y pendenciera ganaba enteros en su consideración. Así pues me dediqué, con éxito inmediato, a actuar como un matón de la mafia. Descubrí con cierto asombro que, aunque el Señor Maestro valorara públicamente la dedicación al estudio como suma de virtudes escolares, en la práctica él mismo miraba con cierta repugnancia a los que, como hice en un principio, se dedicaban a sacar un número abrumador de dieces, probablemente porque, siendo él mismo lo más parecido a un alcornoque, no podía soportar que un renacuajo miserable mostrara un nivel de inteligencia claramente superior al suyo. Y, lo que era más importante, mi natural sagacidad me llevó a descubrir que, en el fondo, aquel incompetente envidioso, consideraba mucho más al alumno que se dedicaba a una indisimulada adulación a su persona que al estudio. En consecuencia me convertí en una absoluta mediocridad académica y en un taimado pelota con lo que, de paso, fui celebrado por mis colegas de clase como uno más del redil. No seguiré detallando como fui desarrollando otras acendradas virtudes sociales: la delación oculta me convirtió en un astuto chivato lleno de recursos, aprendí a golpear al débil y arrimarme al fuerte, cultivé un vocabulario primario, pero lleno de agresividad y procacidades ampliamente aplaudidas por mi entorno y otras muchas otras capacidades de este estilo. Acabado el periodo escolar todos estos conocimientos y habilidades me lanzaron a la vida preparado para ser un hombre de éxito.
»Cuando me vi, provisto del consiguiente título académico, lanzado al mar proceloso de la existencia, confieso que me dio como un vértigo. Porque yo, estimado Sr., dada la lucidez de mi consciencia, la sutileza de mis recursos psicológicos y el perfecto hábito del disimulo, podía haber sido en la vida lo que me hubiera dado la gana. Hubiera sido, sin duda, un eximio político, un pintor abstracto de galería de moda, un temible ejecutivo... Hasta llegué a considerar seriamente optar a la tiara pontificia. Y, sin embargo, nada de esto hice. En su lugar, gané unas modestas oposiciones en cierto ministerio secundario, me casé con una mujer ni guapa ni fea, no demasiado inteligente ni fecunda y procuré alimentar una prole razonable, o sea la clásica parejita. Vivo en un modesto habitáculo de barriada y mis costumbres morigeradas no me llevan más allá del cafelito de media mañana y algún carajillo los fines de semana. Hasta voy al campo todos los domingos con mi familia y mis vecinos no me consideran una buena persona porque no estoy seguro de que sepan que existo.
»Y Ud. se preguntará sin duda: ¿Por qué? ¿Por qué una persona capacitada para ocupar los más altos puestos entre los Padres de la Patria o de las Artes y las Letras consume sus días en la más absoluta mediocridad? ¿Por qué este notable desperdicio? El arte por el arte, amigo mío. Como lo oye, la explicación está en el deleite estético y yo tuve esta revelación un día que estaba preparando un minucioso y perfecto plan para llegar a ser Rector Magnífico en unos cinco años. Era una tarde cualquiera de un mes ni frío ni caliente y estaba sentado en la terraza de un café ultimando los detalles de mi elección futura cuando a mi lado se paró un adefesio. A simple vista parecía un viejo dandy. Ya sabe: clásico traje de color crudo, camisa con el cuello vuelto sobre la chaqueta, zapatos de dos colores. Pero cuando se sentó a un par de metros y pude verlo con más detalle todo aquel aparato de pulcritud se vino abajo. La chaqueta lucía varios lamparones, la camisa tenía una manga deshilachada y los zapatos desvelaban algunas grietas que ningún betún del mundo hubiera disimulado. Pero lo peor era la cara. Bajo una capa de maquillaje evidente que untaba los bordes del cuello de la camisa se revelaba, qué digo revelaba, estallaba todo un mapa de arrugas. Los dientes, los que quedaban, eran de un tono amarillento podrido y los cabellos, estirados con gomina barata, rivalizaban en colorido con la dentadura. Además, tenía las uñas negras, lo que pude ver cuando empezó a sorber su café estirando ridículamente el meñique.
»Me entró una basca insoportable. A duras penas conseguí levantarme de la mesa y, sin esperar la vuelta, salí zumbando aguantando como pude las ganas de vomitar.
»Me senté en un banco de un parque cercano y después de respirar profundamente durante un minuto o dos conseguí serenarme. Y entonces comprendí todo. No era la repugnancia de una decrepitud mal llevada lo que me había puesto en tal estado. Lo que me llevó al borde de la náusea era que aquel hombre era un mal actor, un pésimo comediante. Quería ser un viejo atildado y no sabía. Había sentido por un momento lo que se siente cuando vas a uno de esos teatros en los que actúa una mala compañía con escaso público y, a la primera de cambio, te das cuenta de que en todo aquel desastre hay uno de los actores que es peor que todo lo imaginable. Y te invade una vergüenza infinita cada vez que el individuo se trabuca, cada vez que abre la boca para recitar su papel con una entonación monótona o chilla cuando no ha de chillar y no sabe que hacer con las manos.
»Y me di cuenta de que lo esencial no es el papel que te ha tocado en la vida, sino saber interpretarlo. El arte no está en ser el protagonista de la obra, sino en la justeza con que representas el que te ha tocado o, mejor aún, el que has elegido. Tout court.
»A partir de ahí renuncié a mis planes de grandeza. Como le dije antes, elegí una vida modesta y me dediqué a ella con todas mis capacidades escénicas. Fue un éxito. Tengo convencida a mi familia de que la quiero, a mi jefe de que soy un funcionario modélico, a mis compañeros de tertulia de que sé más que nadie sobre Gracilaso de la Vega y al quiosquero de la esquina de que no le he robado jamás un diario. Ninguna de estas cosas es cierta.
»¿Lo del diario? Verá, a veces me aburre un poco la monotonía de mi papel y hago alguna cosilla extra. Por ejemplo, en mi tiempo libre, cuando consigo que mi mujer se vaya a pasar una temporada con su madre, soy el perfecto D. Juan. Ya, Ud. no se lo cree viéndome con esta facha. Pero sí señor, a pesar de que no dispongo de mucho tiempo y a pesar de que mi físico no parece corresponder a la empresa, yo me he llevado a la cama unas doscientas mujeres en mi vida –no llevo la cuenta-. De todos los tamaños y de toda condición. Debo reconocer mi preferencia por aquellas mujeres que me desagradan, o demasiado gordas o demasiado viejas. La razón es muy simple: sintiendo por ellas alguna especie de repugnancia la excelsitud de mi tarea interpretativa cobra dimensiones épicas. Si Ud. consigue hacer creer a una mujer que la desea mientras le mete la lengua en una boca que huele a cloaca, ¡amigo mío, Ud. ha llegado a lo más alto en el arte de Talía! En algunos casos también me dedico a seducir a auténticas bellezas. Es fácil, se lo juro, mucho más fácil de lo que se piensa la gente. Y lo hago porque en estos casos uno encuentra la misma satisfacción que la que puede sentir un actor que interpreta con éxito Hamlet a los cincuenta años, o una diva como un tonel que hace llorar al público representando la muerte de Mimí, que como Ud. sabrá se supone que moría tísica.
»Veo que pone cara de escéptico. Así que si me lo permite le daré algunos consejos al respecto que, de cumplirlos con aplicación, supongo que le serán de utilidad. Supongamos que, el caso más vulgar, Ud. quiere seducir a una joven bellísima. Bien, imaginemos que… ¡Cielos, ¿pero que veo?! ¡No es posible! ¡Pero si se está yendo!»

M. se quedó con la boca abierta. Pero el caso es que “Arturo Candilejo” dio un bote en la silla, agarró el sombrero y partió hacia la puerta como una exhalación haciendo aspavientos desapareciendo en un santiamén. Aparentemente salió corriendo detrás de alguien, pero M. lamentó que le abandonara de manera tan desconsiderada justamente cuando la conversación empezaba a ponerse interesante.
De su estupor le sacó la voz del camarero:
-Ud. pagará la consumición del caballero, ¿no?
Por supuesto pagó la consumición de “Arturo Candilejo”.



Texto agregado el 06-09-2004, y leído por 111 visitantes. (0 votos)


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