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Hola a todos los que han tenido la gentileza de dedicar algo de su tiempo a leer mi prosa. Quisiera por favor que opinaran bien o mal sobre esto que les dejo a continuación. Para mi serán muy importantes sus críticas. Esto viene siendo como el primer capítulo de una novela que estoy pretendiendo escribir, y sus opiniones me indicarán si voy o no por buen camino… Gracias!!!!




Capítulo 1. REFUGIADAS EN COLOMBIA


Cuando Nicoletta Issler tomó posesión de la finca, una de las primeras cosas que hizo fue contratar personal especializado para empezar cuanto antes con las remodelaciones. La casa principal estaba diseñada y amueblada al gusto del dueño anterior, un acaudalado funcionario de Cali, sobre el que pesaban fuertes sospechas de estar vinculado al narcotráfico. Con sólo apreciar por vez primera la construcción a través de fotografías, estuvo convencida de que iba a adquirirla, aunque tal y como la presentaban aquellas instantáneas, nada tenía que ver con sus conceptos de cómo debía lucir una casa regentada por ella.

Antes de decidirse a hacer efectiva la compra, pasó revista una vez más a cada una de las habitaciones, y si bien era cierto que quedó espantada ante el abandono y la falta de estilo que reinaba en cada una de ellas, pensó que con los probados dotes que tenía para la decoración, aquella mansión perdida en medio del campo colombiano, podría convertirse en poco tiempo en un verdadero paraíso.

Había viajado desde Zurich, trayendo con ella a su anciana tía Vivienne, una famosa actriz ya retirada, que en sus tiempos de gloria se codeaba y hacía vida social con lo más selecto de la realeza europea. Los médicos le habían recomendado aire puro para sus ruinosos pulmones, y cuando por el bien de su salud, Nicoletta le propuso mudarse a algún sitio de la costa mediterránea de España o Francia, su vieja tía se negó rotundamente. Quería pasar sus últimos años en el anonimato, y toda la geografía europea era inspeccionada a diario por paparazzis sin escrúpulos, que buscaban las imágenes más escandalosas posibles para ilustrar revistas sensacionalistas y del corazón. Después de brillar durante años en las plazas teatrales más exigentes de Europa, no iba a ella a pasar por lo mismo que esa vieja duquesa española, tan amiga suya en otros tiempos, a quien los periodistas acosaban a diario, burlándose abiertamente de los estragos que el tiempo había causado en su rostro, a pesar de tantas operaciones para combatir las arrugas. Si debía irse a algún sitio, Latinoamérica era la mejor opción. Pero como era un continente en constante ebullición, sería preciso escoger bien el país, para no ser expropiadas nunca por revoluciones extremistas que súbitamente solían llegar al poder en aquellos parajes.

Luego de estos razonamientos no tan desacertados de su tía, Nicoletta se dio a la tarea de encontrar el lugar más conveniente para radicarse. También para ella iba a ser bueno alejarse un tiempo de Suiza. Llevaba a cuestas un divorcio muy reciente, que terminó con el suicidio de su ex esposo, quien no pudo soportar la presión de los tribunales, ni las pruebas de infidelidades que ella presentó, donde aparecía él en varias fotografías haciéndole sexo oral al peluquero de su tía. Al igual que a Viviente, la prensa la asediaba constantemente a ella, y además estaba el fisco, reclamándole impuestos por la herencia millonaria que había recibido.

Colombia fue el país elegido. Ya sabía que no era esta precisamente la tierra más pacífica del continente. El viejo enfrentamiento entre la guerrilla y el gobierno estaba aún lejos de llegar a su fin, pero la belleza de los paisajes era de tal magnitud en esas latitudes, que bien valía la pena correr riesgos. Por otra parte, el conflicto armado estaba bien distante de aquel rincón mágico que habían puesto en venta a través de la Internet, en el mismo corazón del Valle del Cauca, y a medio camino de las ciudades de Cali y Buenaventura. Le mostró a su tía el feliz hallazgo, y luego de su consentimiento, hizo las maletas y emprendió viaje hacia las Américas.

Para hacer los contratos y familiarizarse con los futuros trabajadores, colocó dos enormes butacones en la principal terraza de la casa, desde donde ambas tuvieran una clara visión de la amplia explanada entre palmeras, donde ya se amontonaban muchos más peones de los que necesitaba. Cuando en el pueblo cercano se corrió la noticia de que dos aristócratas europeas habían adquirido La Bien Amada y estaban procurando mano de obra para las reparaciones, montones de campesinos y hombres que desde hacía mucho tiempo carecían de empleo, corrieron hasta la finca para ver si tenían la suerte de ser escogidos.

Nicoletta se auxilió de Evaristo, una especie de mayordomo que junto a su esposa Eumelia, se habían encargado de administrar la mansión por mucho tiempo. Fueron ellos quienes le dieron la primera bienvenida cuando aún estaba negociando. En aquella ocasión, le sirvieron un tinto y unos bizcochos hechos por la propia Eumelia, y que a Nicoletta le parecieron asquerosos. Tras darle un mordisco los dejó casi todos en el plato. Los esposos le contaron que ellos habían construido una casita muy modesta dentro de los perímetros de la finca, no muy alejada del caserón principal. Allí vivían con dos perros pitbulls bien adiestrados, que mantenían a raya a cualquier intruso que osara violentar los límites de la Bien Amada. Sería muy difícil para ellos empezar de nuevo en otro sitio. Y por eso, le rogaban encarecidamente a la futura dueña que les permitiera continuar sirviendo en la casa.

Nicoletta aceptó encantada, aunque naturalmente no se los demostró. Contar con una servidumbre agradecida desde antes de mudarse, eran sin dudas muy buenos augurios de cómo podría irles a ellas en esta especie de aventura por tierras americanas. Pero no contó con que el rechazo hecho a los bizcochos hizo encender alarmas en la mente de la sirvienta. Eumelia necesitaba quedarse en la casa, pero la nueva dueña no le había causado buena impresión. Tal vez se equivocara, pero su instinto le estaba anunciando que tendría que hacer de tripas corazón para mantenerse en armonía con la señora. A ella prácticamente la ignoró en las conversaciones, y en cambio, estuvo demasiado atenta a los comentarios que hacía su marido. Y hasta creyó percibir, que en más de una ocasión, la señora posaba descaradamente sus ojos azules en la abultada portañuela de Evaristo.

Junto a los butacones, Eumelia había colocado un tazón de buen café para ella y el imprescindible gin tonic que a todas horas consumía su tía. Se había empeñado en estar también ella como espectadora en aquella selección, y a pesar de que no se expondrían al sol, se encasquetó una gran pamela blanca, y se atavió como si se encaminara a una fiesta. Se puso los brazaletes de oro y esmeraldas que según ella eran un regalo de un barón holandés que durante mucho tiempo la había pretendido, pendientes de turquesas, y un collar de perlas comprado en un viaje de turismo al Japón. Eran joyas de las que no quiso desprenderse cuando llegó el día de mudarse a Colombia. Nicoletta le aconsejó que por seguridad las dejara guardadas en la caja fuerte de un banco, que en el lugar al que iban no iba a tener ocasión para lucirlas, y que sólo atraería sobre ella la atención de maleantes y cazadores de fortunas. Además, si como decía, lo que buscaba era pasar inadvertida, usando esos atavíos sólo lograría hacerse notar, y podría alertar a los periodistas de Bogotá de que alguien importante se había instalado en aquella zona. Pero su tía no estuvo de acuerdo. Cualquier ocasión era buena para lucir joyas. Estar sin prendas era como estar desnuda, y por nada del mundo iba a renunciar a llevarlas.

Nicoletta amaba mucho a Vivienne. Le debía todo. Cuando sus padres murieron en aquel espantoso accidente en el funicular de la montaña, contaba tan sólo con cinco años de edad. Y Vivienne se hizo cargo de ella, a pesar de estar entonces en la cima de su estrellato. Pero combinó muy bien su profesión con las nuevas experiencias de madre, y no permitió que Nicoletta sintiera nunca sentimientos de orfandad. Ante cualquier problema que la vida le pusiera por delante, siempre estaba ahí su tía para escucharla, y para intentar resolver las cosas de la mejor manera. Recordaba bien aquella tarde de septiembre. Su ex esposo tendido en el suelo, y ella toda salpicada de sangre. Sin tener aún plena conciencia de lo que había sucedido, llamó a su tía, explicándole como pudo la gravedad del asunto. Y entonces Vivienne, sin preguntar, porque no había tiempo para eso, acudió presurosa, limpió el arma, la colocó en la mano del muerto, y llamó al inspector jefe de la policía, a quien conocía de años, y que de seguro iba a tratar el caso con la mayor discreción posible. Vivienne pensó que en un arranque de locura ella lo había asesinado. Pero no fue así. Para ese entonces, las discusiones entre ellos se habían tornado violentas, sobre todo después de que con la ayuda de Vivienne y su peluquero, prepararan para él aquella trampa. Tuvieron que hacerlo. El amenazaba con malgastar toda la fortuna, y se había empeñado en que no quedara nada para ella. La llamaba bruja interesada, olvidando que con aquel acuerdo de años atrás, los dos habían obtenido beneficios. Tenía Nicoletta que conseguir el divorcio a toda costa, para salir ahora que había tiempo, con parte del botín. Pero él se negaba rotundamente a concedérselo. Y entonces su tía Vivienne tuvo la brillante idea de sorprenderlo in fraganti, y presionarlo ante los tribunales. Esa noche había sido él quien pretendió matarla a ella. No le podía perdonar el haber llegado a tanto, humillándolo con aquellas fotos. Pero al final no tuvo el valor de dispararle. Cuando ella, presa de pánico, se le acercó para intentar llegar al arma, él se apuntó a la sien, y en un segundo todo quedó manchado de sangre. Se lo explicó primero a su tía, que intentando protegerla, había limpiado un arma que nunca estuvo en sus manos; y luego a la policía, que se encargó de hacer las pruebas de balística y otras investigaciones antes de descartar el asesinato y confirmar su versión. Vivienne había sido, y continuaba siendo, la madre protectora, que perdonaba y apañaba todas sus locuras.

La noche anterior a la elección de los peones, para ser cortés y reafirmar su clase mostrándole a aquellos campesinos lo que era el verdadero arte culinario, Nicoletta se había metido ella misma a la cocina con la idea de preparar un plato lo más cercano posible a los irresistibles panes de pera, una de sus recetas favoritas, y cuyo secreto había heredado de Ute, una especie de nana alemana, contratada por Vivienne para que la ayudara en su crianza, y que estuvo a su lado hasta bien entrada la adolescencia. A ella le debía esa pasión incontrolable por la gastronomía.

El siguiente día, a juzgar por las noticias que le trajo Eumelia desde el pueblo, sería de mucho ajetreo y de muchas visitas en la Bien Amada, y ella quería causar una buena impresión. Eumelia se esforzaba quizás en complacerla, ponía mucha atención cuando le explicaba cómo quería que salieran las cosas, pero definitivamente la cocina no era el fuerte de su empleada, y siempre terminaba estropeando los estofados. Por eso no le permitió ahora que ni siquiera la ayudara lavando la loza. Le comunicó que ya no la necesitaba, que podía marcharse a su casa, y que ella sola se encargaría de todo. Por desgracia, no tenía allí a mano la imprescindible fruta seca para hacer los panes, y tuvo que improvisar deshidratando las peras maduras con la ayuda del horno, y elaborando al final algo totalmente diferente, pero que a su juicio tenía un sabor muy especial.

De mala gana, y muy resentida con la patrona, Eumelia repartió los platillos acompañados de jugo de tamarindo entre los aspirantes, quienes se miraban unos a otros totalmente desconcertados ante aquella rara merienda que no esperaban recibir a esa hora de la mañana. Pronto su desconcierto fue mayor. Ellos, tan acostumbrados a los dulces bien azucarados, no conseguían descifrar qué significaba aquella masa prieta que tenían en el plato, tan insípida al paladar, y con un aspecto que les recordaba más a algo podrido que a una exquisitez de la repostería.

A Eumelia le cambió el humor. Comenzó a disfrutar de la confusión en el patio. Le parecía totalmente injusto que la señora Nicoletta la hubiese expulsado de la cocina, recinto de la mansión donde ella había reinado siempre. Menospreció toda su sabiduría culinaria, incluso la llamó incapaz y le preguntó si se estaba burlando al pensar que podrían comerse su comida de indígenas, cuando en un acto de buena voluntad ella le trajo desde su casa un pozuelo repleto de hormigas culonas para que la nueva dueña y su tía las degustaran. Impuso unas costumbres raras, importadas de su tierra, pretendiendo que a partir de ese instante las únicas recetas válidas que se hicieran en aquella cocina fueran las que ella ordenaba. Cuando los platillos retornaron casi sin ser tocados al interior de la casa, falsamente y con un dejo de ironía poco común en una sirvienta, trató de consolar a Nicoletta por su fracaso: “Imagínese señora, no se les puede echar margaritas a los cerdos. Esos campesinos brutos no saben apreciar las cosas finas”, y muerta de la risa se refugió en la soledad de la cocina para celebrar su momento.

Nicoletta le explicó al personal que sólo contrataría maestros de obra, y que Evaristo, como tenía referencias de casi todos ellos, se encargaría de escoger a los más capacitados. Si hiciera falta algún ayudante, entonces ya eso corría por cuenta de los propios maestros seleccionados. Mientras ella hablaba, su tía parecía ausente, sosteniendo su copa en una mano y con la mirada perdida en algún punto del cerro plagado de verdor que se dibujaba en lontananza. Pero justo cuando ya estaba completa la selección y Nicoletta preparaba otro discurso para agradecerle su asistencia a los menos afortunados, prometiéndoles que en el futuro seguramente habría otras oportunidades, su tía Vivienne la detuvo en seco:

-Espera Nicoletta. Mira aquel joven de allá, el de la gorra. ¿No te parece raro? Tiene la piel demasiado blanca para ser campesino.

-Sí. Llevas razón, tía –dijo ella, siempre atenta a los consejos de Vivienne-. Evidentemente ese joven no encaja aquí –y se volvió hacia Evaristo para indagar sobre él.

Se llamaba Steven, y vivía con su abuela en la finca vecina, una propiedad en ruinas que la anciana había puesto en venta un tiempo atrás. Pero los pocos interesados que aparecían por aquellos lugares se negaban a pagar el exorbitante precio fijado por ella, incapaz de aceptar que las tierras que por tantas generaciones habían pertenecido a su familia, estuvieran ahora tan devaluadas. El padre de Steven, un lunático que creía en extraterrestres, y hasta aseguraba haber sido abducido por ellos en varias ocasiones, presumiblemente se había unido a la guerrilla hacía ya más de una década. Siempre simpatizó con este grupo armado, y como una mañana desapareció de la casa sin dar explicaciones y sin importarle que dejaba atrás a su mujer y a su hijo pequeño, todo el mundo asumió que finalmente había tomado ese camino, aunque en son de broma algunos hablaran de secuestro y de naves espaciales implicadas en el hecho. Un tiempo después, su esposa abandonada conoció a un catalán en un viaje a Cali, que la llenó de promesas, y la hizo ilusionarse de nuevo. Se marchó con él a España, y desde entonces no había dado noticias. Muchos, y también la abuela de Steven, que nunca simpatizó con su nuera, aseguraban que el español era un maleante profesional que quedó impresionado con la belleza de la chica, y llegando a España la puso a trabajar junto a otras jóvenes reclutadas en Colombia en un bar de putas a las afueras de la ciudad condal.

Evaristo le hizo señas al muchacho para que se acercara, pues las señoras querían conversar con él.

-Ven, acércate. ¿Puedes mostrarme tu cédula? Te veo demasiado joven como para estar aquí pidiendo trabajo –se dirigió a él Nicoletta y lo invitó a sentarse en una silla que previamente Eumelia se había encargado de traer desde el comedor.

-Acabo de cumplir dieciocho, señora –le aseguró el chico con una sonrisa, y tendió hacia ella el papel. Tenía una dentadura impecable, y al sonreir, dos hoyuelos bien pronunciados se le dibujaban a ambos lados del rostro. Era un joven hermoso. Y Nicoletta, amante de la belleza y la juventud, sintió que una fuerza interior la empujaba a aproximarse a él.

-¿Quieres que te sirva un poco de tinto? –intervino Eumelia, e irónicamente agregó: -¿O a lo mejor prefieres el gin tonic? A fin de cuentas ya te lo puedes permitir. Eres mayor de edad.

-No, gracias –respondió el joven-. Sólo vine por trabajo.

Ignorando su negativa, y a un gesto de Nicoletta, Eumelia le sirvió una taza de café, y le puso delante la azucarera.

Charlaron durante un buen rato. Sobre todo la señora que dijo llamarse Nicoletta estuvo muy animada, haciéndole preguntas con un acento muy raro, que él encontraba divertido. Muchas veces tenía que pedirle que le repitiera alguna frase, porque no había entendido bien. Parecía amable. Le dijo que quería ayudarlo. Que no lo veía a él como un peón de fincas. Que si tuviera aptitudes para eso, en vez de estar pidiendo trabajo en fincas ajenas, hubiera sentido la necesidad de salvar la suya propia, que según le habían contado estaba en un estado lastimoso. Pero podría hacer otras cosas, y ella le pagaría muy bien por eso. Le estaba proponiendo actuar como una especie de compañero para su tía. Ella aún no dominaba del todo el idioma, y él se encargaría de ayudarla. Además, si le interesaba la cocina, podría servirle a ella misma como pinche, y de paso aprender muchos secretos de la gastronomía internacional. Nunca se sabe. En esta vida todo lo que uno aprende de joven es cosa buena. En un futuro puede sernos útil.

-Pero ya usted tiene a Eumelia en la cocina. Yo sólo serviría para estorbar.

-¡Ay, Eumelia es un caso perdido! –dijo Nicoletta delante de la empleada, que enrojeció de ira y humillación-. ¿Aceptas o no?

-Pues claro que acepto. ¿Pero su tía me querrá como acompañante? –y miró hacia el otro butacón para apreciar la reacción de la anciana.

-Por mi está bien, muchacho –dijo ella con su mejor español posible, y le dedicó una sonrisa carmesí, pero al mismo tiempo, clavó en Nicoletta una mirada de reproche.

-¡Perfecto! –exclamó Nicoletta complacida-. Ven entonces conmigo, que ahora mismo hacemos tu contrato.

Se levantó del butacón con gesto elegante, y le pidió a Evaristo que se encargara de explicarle a los contratados los pormenores del trabajo, que luego ella asumiría la parte burocrática. Siempre con el joven a sus espaldas atravesó una sala de muebles antiguos, llena de cortinas y con un enorme piano de cola al centro. Abrió una puerta de vitrales floreados, y entró a una habitación climatizada, que a juzgar por todo el equipamiento que había en ella, debía ser su oficina de trabajo. Lo invitó a sentarse en un sofá de terciopelo rojo, mientras ella sacaba una fotocopia de su cédula.

-¿Quieres tomar un whisky o prefieres una cerveza? –le preguntó cuando hubo terminado de imprimir sus documentos, y sin esperar respuesta, se dirigió al minibar instalado en un extremo, y comenzó a preparar un trago para ella.

-Cerveza mejor….

Se sentó a su lado en el sofá. Llevaba el pelo suelto sobre los hombros. Y desde su blusa con mucho escote, se vislumbraban unos pechos enormes, demasiado perfectos para ser naturales. La señora debía tener unos cincuenta años. Pero aún sus carnes se veían firmes, y el color azul marino de sus ojos, le impregnaban al rostro una limpieza y un encanto, que ni siquiera las pequeñas arrugas que ya comenzaban a surcarlo, le restaban belleza.

-Es usted muy linda –le dijo sin pensar, y envalentonado tal vez por el efecto de la cerveza.

-¿Lo crees? –le preguntó ella en un tono de coquetería, y él se sintió tentado a poner su mano sobre aquellos muslos que se insinuaban vigorosos bajo el vestido de algodón.

Pero en ese momento la tía Vivienne, emperifollada como reina, abrió de súbito la puerta, sin ni siquiera tocar para anunciarse. Le dijo algo a Nicoletta en alemán, pero por el tono, Steven pudo adivinar que la estaba reprendiendo. No le había gustado para nada sorprenderlos así, sentados de una forma tan relajada en aquel sofá, conversando no como empleado y empleadora, sino como viejos amigos que volvían a reencontrase después de mucho tiempo sin verse.

-No debí haber llamado tu atención sobre ese joven, Nicoletta –le dijo su tía apenas entró a la habitación-. Debí imaginar lo que pasaría. Cada vez los buscas más jóvenes. Este es casi un crío. Sabes bien que no puedes meterte más en problemas. Tu historia de La Habana está todavía muy reciente...

Nicoletta ignoró el comentario de su tía en lengua teutona, y se dispuso a despedir al muchacho.

-Entonces comienzas mañana, Steven. ¿Puedes estar aquí a las 9:00?

-Aquí estaré, señora –dijo el joven, y apuró el último trago de cerveza que le quedaba en el vaso-. Muchas gracias por todo. No se va a arrepentir de haberme contratado...

Texto agregado el 07-07-2015, y leído por 138 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
23-07-2015 1. Creo que has empezado con una buena introducción, y la orientación que haces del relato es atractiva y se lee sin parar. Eso indica que la historia agrada y, además, que la narrativa es pulcra y cuidada. SOFIAMA
23-07-2015 2. Los personajes, por la diversidad antagónica presente, prometen dar qué hacer, por lo tanto, se presume que no será una novela tediosa ni aburrida. Noto que el lenguaje es sencillo, directo y cuidado, elementos básicos para opinar en pro del buen desarrollo de la obra. Así que, espero por lo demás. Full abrazo. SOFIAMA
10-07-2015 Hasta ahora me ha parecido muy interesante la historia,la narrativa excelente,pues sabes atrapar al lector desde el inicio.En cuanto al marco geografico,la situacion social y politica,estan acertados.Espero la continuacion.Un Abrazo. gafer
 
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