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Apareció de pronto aquel gatito, con sus rasgos delicados y finura en el pelaje, lo que encandiló a la mujer, tan así que decidió que esa delicia de minina se quedaría en su casa. Tan bella era que la mujer decidió que se llamaría Hurrem, igual como la heroína de la serie turca que se exhibía todas las noches en un canal de TV. Tuvo suerte el animalito de que estuvieran en boga esas novelas con aires orientales, ya que de haber perdurado los dramones caribeños, lo habrían tildado de Rosa de las Nieves o María de Jesús. Indudable que el minino fue afortunado al caerle un epónimo de tan buen sonido.
La supuesta gata se arrancho en dicho hogar, tales eran las comodidades y los regaloneos que no tuvo más que acomodarse cerca del agradable calor de la estufa y recibir los mimos al son de sus suaves ronroneos. No cabe dudas que el gato emana especie de potestad sobre nosotros los cristianos y acaso se deba eso a su inclaudicable amor por los tejados, lo que lo sitúa, físicamente, varios metros sobre nuestras testas. Los gatos son holgazanes y comprendo esa faceta de su carácter, ya que el calor los adormece, al igual que nosotros cuando nos arrimamos a una estufa, lo que nos transforma en guiñapos somnolientos.
Hurrem para allá y Hurrem para acá, venga acá mi gatita pochocha, Y la minina, dejándose querer tirada sobre la alfombra.
Pronto surgió la sorpresa: alguien que sabía de gatos, determinó que Hurrem no era hembra, sino un macho de pelusa bravía en el pecho. ¿Qué hacer? se preguntaron desolados sus dueños. Y no era menor el asunto, ya que cualquier día el ahora gato se toparía con más de una minina y ésta maullaría burlesca al escuchar su nombre. Aunque nadie lo crea, en su haragana existencia, los gatos ven y escuchan televisión y están muy enterados de lo que sucede en las teleseries, saben del devenir de la sociedad y hasta ríen con los chistes archirepetidos de los programas humorísticos. Pero, adoptan una actitud muy asiática, nada comentan y corretean por los tejados como si fueran perfectos ignorantes.
-Diantres, gatito- se lamentaba su dueña, -¿Qué nombre te pondremos ahora?
Y tras la pregunta, surgió instantánea la respuesta. -¡Claro! ¡Entonces serás Sultán!

Así se llamaba el protagonista de la misma telenovela oriental. Pero, la mujer sintió nostalgia, un no sé qué de privación, no sabía bien explicarlo. Acaso porque su Hurrem ya no era Hurrem y el nuevo apodo le quedaba como una camisa dos tallas más grande. Entonces, decidió llamar a sus conocidos y explicarle tal trance, que ya comenzaba a producirle una especie de contradicción vital.



Todos coincidieron que ella no debía rebautizar al minino, ya que este se había acostumbrado a su nombre.

-Imagínate al pobrecito. De los suaves acentos de su nombre a un apelativo tan brutal. No creo que él haya nacido para ser sultán.

-Ni lo pienses. Ya me acostumbré a su nombre y además, ¿quien sabe que Hurrem es nombre de mujer?

-¡Todos! ¡O todas! Todo el mundo sabe.

-Mijita, es sólo un gato, no es un hijo tuyo.

-No te atrevas a ofenderlo. ¡Ay! No sé qué hacer. Me lo imagino como un travesti.



Al final, convinieron todos que el gato conservaría su femenino nombre, sobretodo si a él no parecía afectarle tal asunto.



Mucho tiempo después, el minino desapareció de su casa. Buscaron en todos los rincones, se le llamó en todos los tonos. Nada. La desesperación cundió en esa casa, más, si el animal vino a llenar un espacio dentro de la intimidad de dicho hogar. ¿Adónde se había metido? Lo buscaron por todos los rincones y escondrijos de esa vivienda. NI trazas. Salieron a buscarlo a la calle, estirando sus cuellos por si lo avizoraban sobre algún tejado. Dieron la vuelta a la manzana, llamándolo con moderación para no despertar suspicacias.



De improviso, lo vieron en las cercanías de una casa que daba a los pies de la suya. Allí estaba Hurem, quien al verlos, se aproximó meloso.

-¿En donde te habías metido, Gatito malo?

Apareció entonces un muchacho, quien les dijo que el gatito le pertenecía y que su madre, era esa gata robusta, los contemplaba a con cierto recelo.

-¿Estás seguro, muchacho?

-Completamente. Miren ustedes,

Y el chico llamó a Hurrén, que ya no era tal, sino Tom.

La sorpresa se les tornó en tristeza. La mujer recordó entonces haber visto cerca de su ventana a la misma gata que ahora no les despegaba el ojo.



-¡Claro! Ahora comprendo que ella venía a enseñarle el camino de regreso a casa a nuestro Hurrem. Pero él se sentía tan cómodo que prefirió quedarse dormitando frente a la estufa que reencontrarse con su verdadero hogar. Y hoy decidió volver a sus raíces.



La pareja se conformó con dejar a Hurrem en un lugar seguro. Acaso cualquier día, él regresaría a visitarlos, ya que los gatos no son dueños de nadie, sino de su propia voluntad de ir adonde se les de la real gana. Su estirpe felina, su mirada impenetrable y, sobre todo, su libre albedrío gatuno, determinan adónde irá a posar sus pasos el día de mañana.













Texto agregado el 27-08-2015, y leído por 147 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
01-10-2015 Como cat lovers que soy me intrigo la historia. Me sentí identificada que que más de alguna vez equivoqué el nombre de acuerdo al sexo del animalito. Muy bello tu cuento. Gracias por compartir. sheisan
27-08-2015 Bello tu cuento, Guidos querido. Esos toques de humor refinado realzan la intriga a pesar de que la historia encierra una nostalgia profunda y un mensaje enternecedor. Me gustó muchísimo y me encantan tus relatos no sólo por lo bien contado, sino porque suenan reales sin discusión. Un abrazo eterno, mi lindo amigo. Saludos a Gui Uno. Te re quiero. SOFIAMA
27-08-2015 Me sentí muy identificada. Como soy gatera, en una oportunidad, llamé Mochi, al gatito que llegó a casa, después de ver una película. Me hiciste reír con nostalgia. Lindo relato. Se agradece. girouette-
27-08-2015 Extraña historia pero muy bien contada. La intriga se maneja excelentemente. Me gusto mucho. Felicitaciones. 5* dfabro
 
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