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Inicio / Cuenteros Locales / perogrullo / Historias de internados. Se mascaba la tragedia.

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SE MASCABA LA TRAGEDIA.
No sé cómo me las arreglé para entrar en el colegio gemelo del nuestro pero de la primera residencia; creo que era el atún. Las primeras variaciones que advertí las achaqué a los efectos febriles de aquella exposición al agua de un domingo primaveral. Nos sorprendió un chaparrón en mitad del monte a unos cuantos de mi camarilla y a mí. El caso fue que las brillantes exposiciones orales, con aquel taconeo tan elegante de la señorita de francés sobre la tarima, empezaron lenta pero constantemente a formar una elipsis en mi imaginación en forma de imágenes de otro tiempo.
Lo primero que aprecié cuando regresé del ultratiempo fue su mano- la de la profesora de francés sobre mi frente. Mismamente me pareció Julie Andrews en mitad de aquella ensoñación cinematográfica. Tiene fiebre; hay que llevarlo al doctor- fueron las palabras que pronunció aquella rubia seductora.
Me ofrecí a mí mismo para acompañarme a enfermería. Y efectivamente; desde allí me enviaron, con la asistencia de mí mismo también, a la residencia a coger los bártulos- albornoz, pijama, zapatillas, toalla y bolsa de aseo( ordenó el galeno).
De resultas de todo esto me presenté en el atún dispuesto a cumplir el cometido, cuando me abordó un señor también barbado pero que sólo podía ser nuestro director de concurrir la improbable circunstancia de haber dado un salto en el tiempo de unos diez o doce años, que inquiría, lógicamente, por mi presencia a todas luces intempestiva por horario y por erario- por decirlo de alguna forma.
Vagaba como entre sueños con aquel equipaje tan sucinto entre aquellas matas que se empeñaban en demostrar que la recta es el camino más cercano entre dos puntos con su anárquica disposición y que en mi mente febril- cuarenta grados, dijo la enfermera- semejaban un laberinto puesto aposta por algún sádico jardinero.
Caí dormido por el antibiótico y seguí soñando con el taconeo de doña Regina acompasado en el tiempo formando un ballet sonoro del que sólo me pude sustraer al notar las hostiejas que me propinaba la enfermera para despertarme otra vez con el dichoso medicamento.
- Diez mil unidades de cepacilina- dijo.

Texto agregado el 20-09-2015, y leído por 50 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
21-09-2015 Sí que se mascaba. MujerDiosa
 
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