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El Bosque de los Suicidios

Como el antesala del infierno se me presentó aquel bosque al pie del Monte Fuji, el volcán que se yergue en la isla de Honshu, en la cuna del Sol Naciente, al oeste de Tokio. Su nombre nos llega a la actualidad desde el Japón Feudal cargado de historias e leyendas. La condición de volcán activo da la apariencia de encontrarse en las puertas del averno, que brotan desde las entrañas mismas de la tierra.

No son pocas las historias que se narran en torno a él, algo que mis impulsos me hicieron seguir.

Fujisan para los entendidos, se lo puede traducir como la montaña de la vida eterna, entre sus historias se cuentan la de aquella princesa que descendió de la cima luego de recorrer los misterios de aquel lugar, refugio del pecado y la perversión, y se encargó de sembrar el mal en la tierra.

Aokigahara es un bosque situado al pie del monte Fuji, llamado el bosque de los suicidios, un denso espacio arbóreo de más de 30 hectáreas, donde por extrañas circunstancias convoca a peregrinos a hundirse entre sus frondosas arboledas para quitarse las vidas, buscando la paz que calmen los espíritus atormentados.

Lo que voy a contarles me ocurrió en ocasión de una breve estadía en la isla, invitado por la American Suicide Org, de la que soy socio fundador, como veedor en la inspección de los cadáveres que por cientos riegan las tierras del bosque maldito.

Según las tradiciones niponas si una persona muere en forma violenta o autoinflingida sin recibir una honrosa sepultura, su alma se transforma en un Yurei, un fantasma en busca de venganza, siempre cercanos a los sitios donde murieran.

Como era de esperar, su presencia suele aparecer durante las noches del invierno, en la franja horaria entre las 2 de la mañana y las madrugadas.

En el momento en que se me apareció, no le tuve miedo, tal vez cuando no nos quedan fuerzas para defendernos del pánico por lo irreversible, se transforma en resignación, esperando lo peor. Pienso que fue lo que sucedió cuando lo vi en un rellano del bosque, todo blanco y con un pañuelo en la cabeza.
Resuelto me acerque y observe que la abominable ánima reflejaba la figura de mujer, que me esperaba con los brazos abiertos.

Supe reconocer el Kimono blanco funerario con que los japoneses visten a sus difuntos, sin poder dar con sus facciones ocultas tras su negra cabellera.

Entre sus manos dormía un sable samurái que a modo de ofrenda me ofrecía. Una irracional atracción me acercó hacia ella y resuelto tomé su Kitana en su empuñadora y con ambas manos le atravesé su cuerpo desgarrando su vil existencia, sin siquiera pensar que la dama me la estaba ofreciendo en ceremonia de iniciación en el rito suicida.

Cuando se me acercaron los guardias y me esposaron no supe que responder, había asesinado a una mujer perdida en aquel bosque cargado de leyendas. Unas plantas alucinógenas abundantes en el lugar me llevaron al límite de mi conciencia sin poder distinguir la realidad, si es que en algún lugar del bosque moraba.

Los siquiatras me tienen recluido en un nuevo bosque de cemento rodeado de rejas, que me alejó de mi frustrado propósito de terminar mis días en el enigmático “Bosque de los Suicidas”.

OTREBLA

Texto agregado el 27-09-2015, y leído por 113 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
27-09-2015 Un atrayente y cautivante relato que me absorbió desde el principio. Muy buen final. Te felicito. MujerDiosa
 
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