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Inicio / Cuenteros Locales / heraclitus / La muerte llega sin permiso

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Soy un simple médico general que ejerzo en un pueblo de mala muerte. Lo que voy a contarles en realidad son dos historias. Lo que he visto y oído como médico, mis problemas existenciales en mi profesión y el caso interesante del asesinato de un ranchero adinerado de la región. Para el Ministerio Público permanece en el misterio quién lo mandó a un mundo mejor que éste.

Puedo decirles que no me va mal, ya que mis precios son módicos, no los astronómicos de los especialistas de la ciudad más cercana (100 kilómetros). Cuento con poca ayuda de exámenes de laboratorio, por lo que dependo más que nada de mi experiencia y criterio médico. Los galenos, sobre todo los del medio rural, somos investigadores, tenemos que descubrir, ¿Cuándo? ¿Qué? ¿Cómo se produjo una enfermedad? Parecido a un detective de homicidios por ejemplo: El móvil, el autor, el método, etc.
La mayor parte de los hechos los descubro gracias a que la gente es muy comunicativa y escucho chismes de todas las especies, la mayor parte inventados, pero siempre hay un fondo de veracidad.

El cura del lugar se enfermó. Durante dos semanas se había sentido débil, con poca fiebre. Cuando los múltiples remedios caseros no dieron resultado y con un cuadro febril muy elevado me hice cargo del enfermo. ¡Vaya responsabilidad! Al encontrarle el hígado crecido y dolor abdominal, no dude que tenía una severa fiebre tifoidea. Por ser la persona más importante del lugar, me trasladé a sus habitaciones para cuidarlo personalmente. ¡Anda, problema el que se me presentó! Con el miedo de una perforación intestinal no sabía si trasladarlo al hospital de la ciudad, pero, por la distancia se podría agravar. Hice de “tripas corazón” como vulgarmente se dice, lo velé hasta la mañana. En la noche debido a la fiebre deliraba el enfermo y decía cosas muy interesantes. Para no hacerla de emoción, por fortuna el tratamiento intravenoso dio resultado y ahora sigue en su ministerio.

En el pueblo sólo contamos con dos policías, bonachones, y cuyo oficio (la mayor parte del tiempo) es cuidar a los borrachitos el fin de semana. Uno de ellos, Chon, es mi amigo, y fue el que me dio otros datos para la segunda historia que voy a referirles.

Doña Florinda, agraciada señora cuarentona, sufría por el casquivano de su marido, el cacique del lugar. Le daba malos tratos, la golpeaba por cualquier motivo, siempre de mal humor y además iba a dormir a su casa una noche sí y otra no, parrandeaba alegremente con sus amigos y compinches, socios en sus múltiples transas que lo convirtió en el más rico del lugar.
El consuelo de la sufrida esposa era acudir a la iglesia y pedirle a la divinidad que la ayudará en su desventura. Parece que tuvo una genial idea después de mucho rezar.
El amanecer de un bello día, víspera de Navidad, ella se preparaba a hornear una pierna de cerdo para la ocasión. Su marido como era su costumbre no había dormido en la casa. Cuando llegó encontró a su mujer atareada y se sorprendió del buen humor de su consorte a pesar de los insultos que le profería.
El señor salió al patio, (recuerden que en los pueblos hay un patio grande en las casas de la gente con dinero), probablemente iba a desahogar una necesidad menor. Al salir el marido, la mujer aprovechó para descargarle un fuerte golpe en la cabeza. El trancazo fue de tal magnitud que le partió el cráneo. Se cercioró de que estuviera difunto y tranquilamente siguió preparando la pierna y la metió al horno.
Cuando doña Florinda dio aviso a la autoridad, Chon y su colega, percibieron un delicioso olor en la cocina, y en el patio encontraron al occiso que sin permiso encontró la muerte. Todo quedó en que probablemente el señor de la casa escuchó un ruido extraño, salió a investigar y ahí lo golpearon. Se pensó en unos ladrones que escaparon saltando la barda del patio.
La esposa estaba en un mar de lágrimas y se quejaba de que en un día tan especial sucediera lo que pasó. Puso en la mesa la cazuela con la sabrosa pierna de cerdo y le pidió a Chon se la llevara para que la disfrutara con su familia, pues ella no estaba de humor para concupiscencias culinarias.

Aquí terminan las historias.
¿Por qué tengo la teoría de que la causante del desaguisado fue doña Florinda? Claro esto no lo he comentado con nadie. En la noche que cuide al enfermo, éste decía que no le quiso dar la absolución a una mujer que se deshizo de su esposo. El problema no era tanto el acto, sino que no estaba arrepentida por la acción, al contrario estaba muy contenta.
Y en una plática que tuve con Chon, mi amigo policía, me contó que probablemente se había comido el cuerpo del delito: la pierna de cerdo. Claro, para usar como mazo era muy útil una pierna de cerdo congelada.


Texto agregado el 18-11-2015, y leído por 113 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
30-11-2015 Tu relato cautiva por la fluidez de la narrativa, la historia, muy entretenida y el remate perfecto ¿qué más? solo felicitarte. Un abrazo. gsap
18-11-2015 Atrapa la narración, ¿La divinidad ayudó dando la idea? Debería ser afirmación, no pregunta. Felicidades. ***** Terryloki
18-11-2015 Jajaja. Qué buen final, amigo. Inpensable. Me ha gustado mucho y aplaudo tus ocurrencias y tu narrativa. Un re abrazo SOFIAMA
18-11-2015 Sabes que hay una película de Almodobar con el mismo tema? Que he hecho yo para merecer esto, es el titulo. elisatab
18-11-2015 Me encantó tu cuento. Entretiene, está bien relatado y el final es muy bueno. glori
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