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Inicio / Cuenteros Locales / vaya_vaya_las_palabras / Un extraño caso de licantropía

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Con una ramita de alcanfor en la boca, me asomé a la ventana y vi que mamá iba a la mesita del teléfono. Ella no dijo mucho, pero al final la escuché: "bueno, ahora le digo.". Y cortó. Yo no sé cómo hace mamá para descubrirme siempre que la espío, es como si también tuviera ojos en la nuca. Entonces dio media vuelta y me miró con un gesto apenado. Para mí eso fue suficiente. Salí corriendo como un loco rumbo al jardín, cosa que me tranquiliza cuando me agarra la bronca. Creo que mamá alcanzó a gritarme algo, algo como "Felipe, el tío avisó que hoy no puede venir, pero mañana sí, y esta vez es una promesa." Promesas. Promesas. Ahí nomás levanté la pelota del pasto y le di flor de patada al mejor estilo Roberto Carlos (Roberto Carlos fue mucho tiempo el número 3 del Real Madrid). Triste, la vi como se perdía por atrás de los pinos.

Pobrecito, siempre que me pasa algo así, el sultán me persigue moviendo la cola, como queriendo darme consuelo. Mamá corrió la cortina y justo me vio cuando lo acariciaba en el lomo. Yo no sabía qué hacer. Toda la tarde esperándolo al tío Ricardo para nada. Tiradas por ahí vi el par de raquetas, en una esquina la mesa de ping-pong. Esas cosas me hicieron acordar de Lucho, de Beto, del Pepo, de toda la barra. Ya a las siete de la tarde los tejados del barrio atajan los rayos de sol y no se necesita la sombra de los árboles para juntarnos todos en una esquina. También me vinieron a la mente los compañeros más copados del cuarto grado. Seguro que ahora estarían chapoteando o colgándose de las olas en Mar del Plata o Miramar. Pendejos suertudos. En cambio yo aquí, solo en plenas vacaciones de verano, frente al sultán que me sigue moviendo la cola.

Me sorprendió que Sultán empezara a los bostezos. Pero de verdad ya era tarde, y ahí me di cuenta de que ni los pajaritos cantaban. A los cinco minutos mamá me llamó a cenar. Yo la quiero mucho a mamá, por eso no me gusta hacerla renegar ni que me vea cabrero. Desde que papá ya no está con nosotros a veces la encuentro con los ojos colorados. Yo me hago el tonto porque no sé como reaccionar en esos casos. Pero al rato me aparezco con una flor cortada del cantero y pienso que con eso es suficiente. Entonces mamá me pasa la mano por el pelo y se pone a cantar roxette, que es un grupo sueco bastante pasado de moda. Eso quiere decir que mamá está un poco mejor, y casi enseguida me pide que la ayude a poner la mesa.

Esa noche no sé, le dije que no, que no tenía ganas de comer ni antojo de poner la mesa. Esa noche no me importó nada. Mamá se habrá puesto triste de verme sacar de la heladera una porción de torta e irme solo al jardín sin decirle nada. Ya lo sé, soy un pendejo malcriado. Pero el tío... ¿por qué no habrá venido el tío como me prometió la tarde anterior? El tío bien sabe que por estos días, si no es con él, yo no puedo jugar con nadie. Salvo con el sultán, que salió de su cucha medio muerto de sueño, creyendo que lo requería para algún tipo de juego. Seguro que pretendía un cacho de postre. En el fondo siempre fue un perro más que interesado. Igual, pobrecito, yo no sé qué haría sin él.

Cuando el perro abría la boca, el pedacito de torta se me fue al suelo. El sultán ni la miró. Al contrario, gruñó y vi que todos los pelos del lomo se le ponían de punta. Después toreó y por fin ladró. Nunca lo vi tan enojado. Lo tuve que retar para que se comportara y no hiciera tanto ruido porque ya era re tarde. Entonces la pelota picó justo atrás mío y se fue dando piques hasta la pared de la casa. El perro me miraba y miraba la pelota y movía la cola. Yo tenía la espalda helada. Fue como si me la hubiesen devuelto. Como si alguien del otro lado del muro me hubiera escuchado y dicho pobre pibe, mejor se la devolvemos para que juegue un rato. Pero igual nos asustamos. Es que era tan de noche. ¿Quién podía andar, a esa hora, del otro lado en el silencio a la vera del río?

Juro que me cagué en las patas. Encima estaba solo. Ahora los ojitos del sultán apenas se veían adentro de la cucha. Me había dejado solo el hijo de su madre. Si me hubiera visto, mamá me diría Felipe, ¿sos loco vos, hijo?, por favor no agarres esa pelota y ni se te ocurra tirarla de vuelta del otro lado del muro. Pero mamá no estaba y yo podía hacer lo que quisiera aunque me diera muchísimo miedo enfrentarme con "eso". Del otro lado se escuchaba el pasto, como si alguien muy pesado anduviera caminando entre las casuarinas.

No sé porqué devolví la pelota para el otro lado. El asunto fue que a los cinco segundos, la pelota volvió al jardín, no muy lejos mío, adelante de un inequívoco gruñido. Ahí, de verdad, casi me cago encima. La puta que lo parió, me acuerdo que dije en voz muy baja. Eso fue un gruñido. A la velocidad de la luz corrieron mis piernitas.

Adentro mamá me miró con los ojos bien grandes, me preguntó qué me pasaba, por qué tenía esa cara tan pálida como si recién acabara de ver un fantasma. Yo no le dije nada porque la vi de nuevo con los ojos tan colorados. Otra vez me dio pena. Y yo esta vez sin ninguna flor para darle... Pero ni loco pensaba volver al jardín a meter la mano en el cantero. A ver si todavía... Me acuerdo que medio tartamudeando le dije ¿querés que te ayude? Entonces como siempre me pasó una mano por el pelo y me dijo dale, nada más faltan los cubiertos. Esa noche, casi enseguida, el asado y las papas al horno me hicieron olvidar del gruñido y de la pelota. Hasta del sultán, pobrecito. Ahora estaba solo al filo de la medianoche en el jardín, únicamente con su cucha para defenderse. Aunque, después de todo, fue él quien primero me dejó solo. Pensar que a la hora de la siesta hace un quilombo bárbaro. Se las da de tan guardián cuando por arriba del muro ve pasar al gatito blanco de los Peralta.

Por arriba del MURO. ¡Ay Diosito! Mejor pensar en otra cosa... Pensar en otra cosa...

Mamá empezó a bostezar. Y yo empezaba a ver en los bostezos de los demás solamente un augurio de cosas malas. Y no me equivocaba. Porque las manos de mamá se pusieron a juntar las sobras de la cena en un plato. Son para el sultán, debe tener mucha hambre, dijo, y qué raro, en ningún momento rasguñó el mosquitero de la puerta, ¿vos te diste cuenta?. A mamá le quedaba tan bien esa blusa rosada que llevaba puesta esa noche, y tan ricas le salen siempre las tortas de hojaldre, que me levanté antes que ella, no sé, tuve ganas de protegerla, de que nada malo le pasara, de que nunca más se le pusieran los ojos colorados. Agarré el plato y yo solo me fui al jardín con la comida para sultán.

Afuera se respiraba un aire extraño. Encontré a sultán con el hocico husmeando casi casi en la pelota. Algo como una prudencia lo hacía retroceder cada vez que estaba a punto rozarla. No me había visto aparecer en el jardín, pero cuando lo hizo, giró bruscamente la cabeza en dirección al muro y después entró corriendo a la cucha. No sé de dónde saqué la calma. Dejé los huesos en el plato de mi perro. Agarré otra vez la pelota, y de una patada la hice volar bien lejos, cosa de hacerla caer cerca del borde cenagoso del río. Creo que en ese momento desapareció todo sonido. Como el resto de la noche, los grillos del verano también enmudecieron. Desde cerca del muro se escuchó una seguidilla de pisadas --pude darme cuenta-- hasta el lugar donde había caído la pelota de fútbol. Eran pasos muy veloces, como la carrera estrepitosa de un animal pesado y cuadrúpedo.

Cuando me trepé al muro, lamenté que la luz de luna fuera insuficiente para ver un poco mejor. Yo no pisaba sobre nada. Solamente me las arreglaba con mis brazos para no volver a resbalar al fondo del jardín. Las ramitas de la enamorada de muro ya me empezaban a doler en la piel. Entonces desde la margen del río vi venir a la criatura. De otro modo no puedo calificarla. Eso no era nada. Ni un hombre. Ni un animal. Era una criatura. Y casi no pude creer que fuera tan veloz, como si fuera una sombra de sí misma, que a cada rato se adelantara a sí misma. Atrapada en sus fauces traía la pelota. Llegó casi abajo de donde yo estaba y estoy seguro que me vio sudar frío. Casi llorar. Su olor era repulsivo. Sus ojos pequeños. Su pelo negrísimo. Se puso de pie y su enorme cabeza quedó a centímetros de la mía. Por Dios, ¡qué dientotes! Hasta aquí llegó mi vida, pensé.

Qué curioso. La criatura, como a propósito, a centímetros de mi cara, se puso bizca. Juntaba el par de ojitos color almendra. Después empezó a sacarme la lengua como haciéndome burla. ¿¿¿¡¡¡What!!!??? Encima del muro, al alcance de mi brazo derecho, vi la pelota encajada entre hojas de la enamorada. Entonces la criatura se alejó un poco, digamos unos cinco metros, y se puso a saltar en la oscuridad. Me hizo acordar al sultán cada vez que me pide que le tire un palo para después traérmelo corriendo con la lengua afuera. Difícil salir del asombro. Así también lo entendió la criatura, porque se puso a urgirme más y más, saltando cada vez más alto y más contenta. Grrrrr. Grrrrr, hacía.

No fue fácil acomodarme, bien sentado, allá tan arriba en el muro. Pero pude agarrar la pelota en el arco de un brazo, el derecho, y como con un arco troyano la lancé por arriba de las casuarinas. Me acordé de mis mejores épocas de jugar al quemado. Yo era invencible. Ahhhhhhh. La criatura ya no estaba a la vista. Al ratito apareció con la pelota presa en sus poderosas fauces. Agarró la pelota con las enormes manos repletas de pelos y aulló tan fuerte en dirección a la luna que tuve que taparme las orejas. Caminó hasta mí y me llamó la atención sus piernas muy combadas, como si hubiera montado toda su vida a caballo o de pequeña hubiera dormido en una cuna demasiado corta. Así estuvimos un largo rato, media hora más o menos. Yo tirándole la pelota y la criatura yendo a buscarla. No me falló ni una sola vez.

En un momento escuché la puerta de mosquitero en la cocina. Era mamá. La criatura se sentó, inclinó la cabeza y paró las orejas. Por un rato yo tuve miedo. Pensé que tal vez fuera una criatura celosa. No sé. Ser una criatura debe ser algo difícil, sin nadie para jugar con uno. Como me pasaba a mí ese verano. Pero enseguida sacó la lengua y se puso a saltar otra vez. Me di vuelta y le respondí a mamá que ya iba, que solamente estaba mirando el espectáculo de luciérnagas al borde del río. Bueno, pero entrá rápido que ya es tarde, dijo mamá.

Alcé la mano y me despedí de mi amigo, o amiga. No sé. Por ahí era una hembrita solitaria. No. Faltaba que se me enamore, como Valentina, la pegajosa de mi vecina. Pero si a la criatura le gustaba correr atrás de una pelota, lo más seguro era que fuese un machito. Sea como sea, esa fue la última vez que bajo las casuarinas vi a la criatura. Se fue corriendo como un rayo negro sobre los pastos. No se la volvió a ver nunca más por el costado del río.

El sultán me recibió contento. Aunque un poco celoso. Me di cuenta porque tenía en la boca el palo con que siempre jugamos. Le señalé la cucha y se fue a dormir. Como yo. Pero mientras entraba en casa me quedé parado en el umbral. Me acuerdo que me rasqué la cabeza. Los ojos juntitos, pensé, los ojos juntitos y almendrados, como el tío Ricardo... haciéndose el bizco. Burlándose de mí, como suele hacer el tío Ricardo... Las piernas combadas... Entonces me cayó la ficha, ¡¡¡tío Ricardo!!!, no me fallaste, ¡¡¡tío!!! ¡¡¡Gracias por venir, tío Ricardo!!!... Así grité mirando las casuarinas, por arriba del muro, hasta que mamá dijo que me callara, porque ya demasiado había chivado todo el día.


Texto agregado el 05-12-2015, y leído por 423 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
26-06-2019 Por supuesto que la identidad del bicho no importa ya que es una excusa para narrar las vicisitudes de la vida de un niño, enfrentado a situaciones dolorosas e inexplicables. Me gustó mucho tu cuento. Abrazos. guidos
19-02-2016 Excelente***** Pato-Guacalas
14-02-2016 Que ternura tiene este cuento. Me fue llevando sin darme cuenta.Bellisimo!!!!!! jaeltete
15-12-2015 Muy bien logrado...***** blasebo
07-12-2015 Vaya cuento. Tiene de todo, de todo. Gracias. justine
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