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El jardín de rosas

Era demasiado pequeño para darme cuenta pero ya por aquellos tiempos me aturdía la fragancia de las rosas, me hacía sentirme como en un cuento de hadas.
Mi madre solía prepararme la merienda en el jardín, en las tardes de verano y mi padre cuando no estaba trabajando me leía cuentos infantiles escritos por él.
Mis juegos infantiles eran siempre, alrededor de aquel hermoso jardín junto a mis vecinos, unos chicos terriblemente bandidos que más de una vez fueron reprendidos por mi madre al querer arrancar alguna rosa de sus rosales.
Decían que era el más lindo jardín que hubieran visto y estaban en lo cierto, no había otro igual.
En alguna que otra ocasión mi madre había participado en concursos al mejor jardín y siempre resultaba ganadora, la gente no sabía cómo era posible que en cualquier estación del año, las rosas siguieran estando como si fuera “la estación de las rosas”.
Cuando le preguntaba a mi madre cuál era el secreto de que los rosales no dejaran de tener rosas, ella me contestaba que el amor todo lo puede y que ella amaba a sus rosas y ese sentimiento las mantenía con vida.
Y así fueron pasando los años, mi madre al igual que las rosas, no parecía envejecer, los años no pasaban para ella, mi padre era un anciano y ella parecía una mujer de treinta años.
Esto, al ir creciendo yo también, me comenzó a preocupar, ¿cómo era posible que todos envejecieran y ella no?
Un día, siendo yo un adolescente, entré a un pequeño laboratorio que mi madre tenía en el fondo de la casa y al cual no permitía que nadie entrara y quedé fascinado con lo que allí había.
Pétalos de flores y hasta flores enteras, estaban en frascos con un líquido que no pude saber qué era pero que parecía simplemente agua.
Además de otras cosas que no supe qué eran pero que parecían perfumes, todo allí olía al más exquisito aroma floral que hubiera sentido jamás.
No sabía qué hacer con aquél descubrimiento, si le contaba a mi madre se enojaría mucho por haberle desobedecido pero si no le decía nada era como si le estuviera mintiendo y esto me entristecía.
Siguieron pasando los años y la gente a nuestro alrededor se hacía vieja y a algunos les llegaba el día de morir, pero para mi madre el tiempo se había detenido.
Y llegó el día que mi padre también murió y el desconsuelo de ella fue muy grande.
Hasta que un día me animé a preguntarle cuál era el misterio de su eterna juventud.
Nos sentamos como tantas veces lo hacíamos, en el jardín de las rosas y ella comenzó a hablarme de esta manera:
___Mi querido Tomás, ha llegado la hora de que te cuente todo sobre mi.
Hace muchos años, cuando nací, mi madre le pidió un deseo a Dios, ella había sido siempre una mujer débil y enferma y cuando quedó embarazada de mí, sintió que era un milagro pero que no estaba segura de poder soportar nueve meses de embarazo, se sentía cada vez con menos fuerza.
Fue así que le pidió a Dios que me permitiera nacer y que ella estaba dispuesta a morir pero que sólo le pedía que lo que ella no pudo vivir, me lo diera a mi y que yo tuviera una juventud eterna.
Dios se le presentó un día y le dijo:
___Sé lo mucho que haz sufrido, no creas que lo planee así, simplemente te tocó a ti llevar ese sufrimiento, pero te prometo hacer que tu hija tenga los años de dos vidas, una la de ella y otra la tuya por que se que a pesar de todo no haz perdido la fe en Mí.
Y así fue que a pesar de ser una mujer de muchos años, llevo la juventud dentro de mí.
Pero esto no es eterno, me faltan algunos años aún pero mi tiempo se está acortando, sé que no voy a sufrir, mi madre lo hizo por mi.
Todo esto lo sé por el diario de mi madre que mi padre conservó hasta el día de su muerte, creía que yo no debía saber mi destino, pero, al morir él, llegó a mí el diario y en él, páginas enteras de maneras diferentes de conservar rosales y de hacer con ellos no solo perfumes sino también brebajes que me mantenían siempre joven.
Jamás le di ni a tu padre ni a ti nada de esos brebajes, sé que hubieran sido inútiles por eso sufrí tanto cuando tu padre murió, yo no pude hacer nada por él.
Como tampoco puedo hacer nada por ti, pero te deseo lo mejor del mundo, sé que te casarás y tendrás muchos hijos, eso se lo he pedido mucho a Dios y de la misma manera que mi madre confió en El, lo hago yo.
Tan aturdido me sentía mientras mi madre me hablaba que no daba crédito a lo que ella me contaba, pero con el pasar de los años, supe que todo era verdad, me casé y tengo cuatro hijos hermosos, llenos de salud y energía que me recuerdan a mi cuando era un muchacho.
Y como todo lo que empieza, termina, llegó el día en que mi madre murió, la gente no podía creerlo, llegó a vivir ciento treinta años, creo que fue un caso único en el mundo pero al verla en su ataúd, parecía una mujer muy joven y cuya sonrisa se percibía fácilmente.
En la actualidad tengo noventa y cinco años, mis hijos ya son hombres casados y con muchos hijos y me siento espléndidamente, todos en mi familia se sienten igual, no se si se debe al jardín o a la fe que les inculqué a todos ellos, mi madre no sólo me enseñó a querer a ese jardín, me inculcó la fe en el mundo, pero sobre todo a saber que si esa fe se vuelca en Dios, todo se logra.

Texto agregado el 09-12-2015, y leído por 200 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
09-12-2015 Un escrito tierno. Remarca esa parte humana que a veces se esconde en el laberinto de nuestras vidas. Felicitaciones. (Tu libro de visitas esta cerrado, gracias por visitar mi espacio, abrazos.) esclavo_moderno
09-12-2015 Tus letras han bebido de esa poción vitalizante: tienen frescura y madurez, fragancia y profundidad. -ZEPOL
09-12-2015 ¿Magia o embrujo! Lo que sé es, que es un buen texto, bien escrito y muy ameno. Saludos. NINI
 
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