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La Navidad de Raimundo Ríos
Una nueva Navidad se aproxima y en mi casa todo es bullicio y alegría.
Mi madre y mis tías preparan postres y tortas mientras que mi padre, mis tíos y mis hermanos hacen arder el fuego en la parrilla para el lechón y los chorizos.
Mis primas y yo terminamos el árbol de Navidad.
Como todos los años nos reunimos en mi casa, quizá por ser la más grande pero prefiero pensar que es porque mis padres que son muy queridos y respetados por la familia.
Mirando a tanta gente y tanto ajetreo, no puedo dejar de pensar en la Navidad del año mil novecientos noventa y nueve.
Apenas una semana antes de Navidad, mi padre recibió la noticia de que la aerolínea donde trabajaba como piloto, cerraba.
Esperaban seguir con los vuelos hasta el año entrante pero la venta de pasajes había descendido tanto que era más lo que perdían que lo que ganaban.
Mi padre estaba al tanto de la situación y no tuvo más remedio que aceptarlo, aun sabiendo que a los cincuenta años, cualquier persona es considerada vieja para conseguir otro empleo, por más experiencia que tuviera.
Ese año la Navidad nos encontró con poco dinero pero con la ayuda de la familia, acordamos festejarla como siempre, en mi casa.
Tenemos por costumbre, si el tiempo lo permite, llevar la mesa grande del comedor al patio y ahí muy cerca de la parrilla sentarnos todos alrededor de la mesa a cenar y a ver los fuegos artificiales que iluminan esa noche en particular.
Como siempre éramos doce personas a la mesa, comenzábamos a cenar, cuando sonó el timbre.
Mi padre me pidió que fuera a ver quién era y así lo hice.
Me encontré con un hombre de apariencia muy pobre que preguntaba por mi padre.
Lo llamé y al instante estaba a mi lado preguntándole al recién llegado en qué podía ayudarlo.
El mendigo, que a pesar de su condición estaba muy limpio y hablaba correctamente, pidió disculpas por habernos molestado en una noche tan especial pero hacía dos días que no comía y no tenía a quién recurrir y como vio tanta gente pensó que quizá, al terminar la cena, sobrara algo y pudieran ayudarlo.
Mi padre lo hizo pasar, cosa que él no quería, no era su intención molestar ni perturbar a los invitados con su presencia a lo cual mi padre replicó que todos eran de la familia y si en una casa que se celebra la Navidad no había lugar para un necesitado, la Navidad para él sería una farsa.
Así fue que Raimundo Ríos entró a nuestra casa o mejor dicho a nuestro patio y se sentó con nosotros luego de haber sido presentado al resto de la familia.
Cuando por segunda vez íbamos a comenzar a cenar, Raimundo se paró y se dirigió a mi padre de la siguiente manera:
___Señor, creo que debería sentarme fuera de la mesa.
Mi padre muy asombrado le preguntó por qué creía eso a lo que el hombre le contestó:
___Somos trece personas a la mesa y si hay algún supersticioso en la familia, pudiera no agradarle.
Mi padre lo tomó del brazo y lo hizo sentarse en su sitio diciéndole:
___Hace muchos años, hubo una mesa donde también habían trece personas y gracias a una de ellas, festejamos la Navidad.
Raimundo entendió muy bien lo que mi padre quiso decir y se sentó a su lado, lugar que éste le había designado.
No sé por qué pero esa fue una Navidad muy alegre a pesar de que los regalos fueron solamente para los chicos, la pasamos muy bien, olvidándonos de los problemas que de ahí en más tendríamos que afrontar.
Luego de dos meses mi padre aun no conseguía empleo hasta que una tarde recibió el llamado de una aerolínea quienes le comunicaban que querían hablar con él.
Mi madre se puso muy contenta pero mi padre le dijo que esperara un poco para alegrarse porque cuando supieran su edad, lo más probable era que lo despidieran antes de tomarlo.
Se vistió con su traje más nuevo y fue en busca de su destino.
Al llegar lo recibió una joven secretaria que lo hizo pasar al despacho del dueño de la empresa.
Lo que pasó en ese despacho sólo mi padre puede contarlo, pero yo puedo imaginarlo.
Tras el escritorio, un hombre muy elegante lo recibió, lo saludó con un apretón de manos y le preguntó si se acordaba de él.
Mi padre estaba tan asombrado que le faltaron las palabras, el hombre era nada menos que Raimundo Ríos, el mendigo que había pasado la Navidad con nosotros y allí se invertían los papeles…el dueño de casa ahora, no era mi padre.
Luego de salir de su asombro y decirle que sí lo recordaba, le preguntó cuál era el secreto para que su vida hubiera cambiado tan radicalmente en tan poco tiempo.
Raimundo llamó a su secretaria y le pidió que trajera dos café o lo que mi padre quisiera tomar.
A los pocos minutos conversaban como dos viejos amigos.
Raimundo le dio las gracias a mi padre porque según él, era gracias a él que en ese momento ocupaba el lugar que estaba ocupando y pasó a contarle lo sucedido desde la noche que estuvo en nuestra casa.
Raimundo era un hombre casado y con dos hijos varones pero desde hacía dos años no los veía ni a su esposa.
Una noche por razones de negocios, sus hijos y él sostuvieron una discusión en la que también intervino su esposa.
A la mañana siguiente sin despedirse de nadie ni llevarse más que lo que tenía puesto, se marchó de su casa dejando a su esposa e hijos y su negocio, la aerolínea de la familia.
Pensaba que si el dinero había cambiado tanto a su familia, él no sería igual, su esposa se había puesto de parte de sus hijos que querían vender el negocio y radicarse en otro país.
Prefirió abandonarlos a ver cómo destruían lo que a él tantos años de trabajo le había costado.
Durante dos años se sintió enajenado, viviendo de la caridad ya que no podía pensar correctamente, había llegado casi al abandono total hasta esa Navidad en nuestra casa al ver todo el amor de la familia, sintió nostalgia de la suya y decidió pasar por su antigua casa para saber qué había ocurrido con ella y sus ocupantes.
Pensaba que habría inquilinos y quería saber si sabrían la dirección de los dueños de la casa.
Se encontró con que todo estaba oscuro, no había movimiento en la casa ni luces encendidas y decidió volver al otro día.
A la mañana siguiente muy temprano, volvió a su antigua casa y lo que vio lo conmovió tanto que hasta al contárselo a mi padre, lloraba.
La casa aún les pertenecía y ellos seguían viviendo en ella, su esposa salía en ese momento a hacer las compras y al verla no pudo moverse de la puerta, ella al verlo corrió sus brazos.
Todo volvía a ser como antes, como cuando recién se casaron, sin sombras ni dudas, ella no le preguntó nada, sólo le dijo que era bienvenido y que su lugar no había sido ocupado por nadie ni en la casa ni en su corazón ni en el de sus hijos.
Raimundo le contó a mi padre que luego de haberse marchado de la casa, sus hijos y su esposa trataron de encontrarle para pedirle perdón y para decirle que estaban equivocados pero al no encontrarlo pensaron que jamás volvería.
Ahora volvía a vivir con la familia, sabía que el amor de ellos es lo principal en la vida y pensando en el sufrimiento por el que estaba pasando mi padre al no conseguir empleo, al que consideraba el mejor de los amigos, que conoció por tan solo unas horas, le ofrecía el puesto de piloto en su aerolínea.
Claro está que Raimundo al venir a nuestra casa no sabía el oficio de mi padre ni por lo que estaba pasando, pero se preocupó por averiguar todo respecto al hombre que le había devuelto la vida y al saber por lo que estaba viviendo, sin empleo, no pudo menos que pensar que en la vida nada ocurre sin un propósito, el destino lo había llevado a la casa de su salvador y ahora le tocaba a él salvarlo.
Mi padre aceptó el puesto dándole las gracias al nuevo amigo.
Los años pasaron y hoy al festejar una nueva Navidad, ya no somos doce a la mesa, Raimundo y su familia de la cual nos hicimos muy amigos, la pasan con nosotros, hubo que agrandar la mesa y también el parrillero, pero nada se compara a una Navidad entre amigos.
Omenia



Texto agregado el 24-12-2015, y leído por 171 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
26-12-2015 Profundo contenido y bella su expresión. Me conmovió, la trama es vibrante. Un abrazo, Omenia. Uno full. SOFIAMA
25-12-2015 Bonita historia con valores profundos que son buenos de rescatar y contada con una narrativa amena. Me gustó. Saludos! TuNorte
25-12-2015 Muy bonita tu historia Omenia muy de temporadaeres de las buenas cuenteras*****abrazos! bishujoo
24-12-2015 Una conmovedora historia y muy apropiada para la epoca de navidad.Feliz navidad.Un Abrazo. gafer
24-12-2015 Qué bonita historia y está muy bien contada. cuentos_de_patton
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