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Inicio / Cuenteros Locales / carloel22 / El faro del fin del mundo

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San Juan de Salvamento en 1884 fue llevado a nacer a tres mil kilómetros de Buenos Aires, sobre la austral y fría Isla de los Estados.

Allí creció y durante dieciocho años se balanceó sobre las aguas polares, guiando amores, embelezando sirenas, imaginando sueños.

En esta parte del año, donde la luz se enamora del paisaje y se desnuda sensualmente junto a la playa, una glicina solitaria, sobre el fondo azul negro de las aguas, estira hacia uno y otro lado dentro de la pequeña ventana, sus sensuales brazos durmiéndose, como todo en esta parte del mundo, donde lo natural dura solo cuatro horas diarias.

Esa hermosura, sin embargo, representa todo sufrimiento, cuando se balancea intentando saciar su sed contra la voluntad segura y férrea del suelo que firmemente la atrapa.

Siempre habías soñado en retirarte a este rincón del mundo, donde el mar se viste de cenizas y tierra blanca, donde se respira una paz espiritual, ascética, solo sahumeriada por musgos, sal, acariciada por millones de ojos pequeños que titilan bien alto en el azul cielo.

Entre el hielo y el agua, la inmensidad de la tierra es una ofrenda toda en ese delicioso instante de vivir a medio vivir, porque de eso tratan los sueños.

Junto a la ventana, una vieja mesa de algarrobo, un papel, el lapicero, una tibia copa de coñac, mas atrás el chisporroteo de los leños aún húmedos se confunden con el golpetear de los copos de nieve sobre la naturaleza blanca.

Comienzas a entornar los párpados, para saborear el gusto de los recuerdos. Recuerdos, amores, sueños; duendes y propietarios de esas veinte horas donde la oscura soledad todo lo atrapa.

Ese montón de cosas que vas dejando atrás, ese otro montón que viajan a todas partes donde viajes.

No es fácil dejar lo que nos deja, pero menos fácil es renunciar a lo que nunca se tuvo.

El poderoso destello de luz, ayuda, gira constantemente, acompaña, va penetrando en brevísimos instantes a través de la pequeña ventana.

Perfora el vidrio y las cortinas como perfora los recuerdos, no hay modo de huir, o tal vez no se quiera huir.

Su escudriñar es mecánico, confiado, permanente.

Se yergue, a modo de realidad inmutable sobre el paisaje agreste.

Se hace cuerpo en el vidrio, el metal del lapicero, en la copa, destella en mil gotas de sangre que se van esfumando luego, que se estiran por instantes, como esos besos sinceros.

Tras los párpados entornados, saboreas el sabor que le fuiste dando a las cosas, a los momentos que la vida te fue entregando, a aquellos que al no querer ver, se te fueron quebrando.

Gusto al amor, ese que existió y fue uno solo?. Uno solo y paradójicamente, como siempre sucede, no fue el encargado de entregarte las dos sonrisas que hoy llevas de la mano, pero que llegaron y son lo mas hermoso que te entregó la vida.

Sabor a los abuelos, que se fueron, pero que sabes están, porque nunca partieron del todo.

Los cien años que algún domingo lejano,en un abrazo estrechaste sobre los hombros de un padre.

Una madre, que no quiso esperar, que se entregó de dolor, justo cuando aprendiste a mover las fichas en la batalla contra el cáncer.

Los ojos llenos de esperanza y paz, que encierra la mirada de una nieta.

Aquellas fotos viejas, que retratan la hermosa infancia junto al mar y las playas.

La mudanza, los curas, el seminario, Marcela y algunas marcelas, trasnoches de libros y aquel sabor a nostalgia allí por tierra carioca y bien lejos de Buenos Aires.

Y ahora que puedes comenzar a entornar los párpados, para saborear las cosas que la vida te fue entregando, un rostro perfora el vidrio del corazón ya sellado.

Los acordes de las olas contra el viejo atolladero de roca e hielo, intercambian arpegios en clave de sol con las mil corcheas que acerca la nieve contra la ventana.

Puede vaciarse la copa, apagarse el leño, puedes caminar y sentarte nuevamente, pero la armonía de las formas a trasluz continuarán introduciéndose cada vez mas.

Circunspecta e independiente, madura y delicada, inteligente y bella, la silueta de una mujer se transluce suavemente, acaricia su boca, manos, cabellos, sin necesidad de tocarlos, solo con esa particular armonía, que le agrega a cada gesto.

Sientes su respirar, su piel, sus senos firmes, su cuello terso, su vientre tibio, su cadera trémula, su risa firme, ese sabor a todo, que en otros tiempos, invitaría a volar con ella.

Luego, un estruendo, un resplandor giratorio, los recuerdos y el silencio.

Algunas gaviotas, hojas tiernas, un manojo oculto de flores pequeñas, anuncian que el invierno al igual que el amor, respeta estaciones, nunca llega permanente.

En esta parte sur de la tierra, la vegetación poca aún, va vistiéndose sensualmente junto a la playa. Sobre la isla perdida, todo está despertando, como despierta en cada rincón del mundo un año nuevo.

La glicina, desnuda, atrevida, solitaria, estira hacia uno y otro lado de la ventana sus suaves brazos desperezándose.

Y piensas...

Los recuerdos, esperan días, noches, años a veces hasta lograr su fin de semana en la cabaña junto al faro.

La glicina cada noche, desnuda y cálida, espera la luz del faro para enamorarlo.

Y el hombre.

El hombre, la mas perfecta de las criaturas, llena registros, coloca sellos, toma horas de psicoanálisis, espera hechizos, bellos paisajes, magia eterna y hasta a veces tiembla de miedo cuando escucha la voz de un ángel.

No se da cuenta, que todo está allí, tal vez a pasos y al alcance de su mano, pero al no verlo pierde la costumbre de tocarlo.

Desconoce, que enamorar, no pide mucho.

Solo un hombre, una mujer, una cabaña, una sonrisa clara, similar a la luz de aquel faro, perdido entre el hielo y el agua, que guiaba a los marinos sobre la oscura noche que intentaba ocultarlo, y por sobre todo la firme voluntad de quererse.

San Juan de Salvamento volvió a enamorar sirenas, fue reabierto en 1997 sobre la Isla de los Estados, su luz guía a los navegantes a mas de diez millas náuticas.
San Juan de Salvamento es el faro del fin del mundo, aún existe la cabaña abandonada.

Falta solo una mujer y un hombre que se animen a cuidar del fuego...


(*) Todos tenemos una luz y una llama que nos ayuda a llegar a puerto, a veces en noches estrelladas y otras con tempestades, pero las luces de cada uno, permanecen siempre, están ahí, brillando.
San Juan, es para la o el "siempre está" de cada uno, que a veces no vemos, pero que nos permiten transitar los caminos de la vida.

Texto agregado el 02-01-2016, y leído por 82 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
02-01-2016 Excelente final, como si el resto del cuento no fuera bastante bueno ya. Me encantó. Feliz año nuevo! inalcansable
02-01-2016 Maravilloso texto lo disfruté mucho. Saludos y feliz 2016. TuNorte
 
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