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Nunca me imaginé que llegaría el día en que mis recuerdos dejarían de serlo. Lo digo con la propiedad de quien ha recorrido las calles de ésta ciudad por más de ochenta años y con la certeza de saber que éstas palabras nunca volverán a ser los que son, palabras sueltas. Porque de nadie son y alguien ya las escribió, para qué sufrir con eso de la originalidad, original el que se inventó el alfabeto.
Los demás mortales solo ordenamos letras.


No la conocí en una noche de verano, ni en medio de una fiesta ruidosa, tampoco en una cita a ciegas. Ella me cocía las camisas, me tomaba el dobladillo de las botas del pantalón y yo le pagaba por eso. Yo no sé qué le ví, pues buenas tetas nunca tuvo. El hecho es que me parecía que tenía unas buenas caderas y que no me caería mal algo de compañía en ese momento, justo después de quedarme viudo de la mano derecha. Si. Es que mi difunta esposa era eso y mucho más. –Quédese quieto. Me dijo. Yo sostenía la pretina del pantalón con dos dedos, sacaba pecho, guardaba barriga, lo que no pude guardar fueron las arrugas del tiempo, ella se arrodilló, no tenía sostén y le pude ver los pezones, pequeños pero bien formados, duros, negros y uno que siempre ha tenido el complejo del niño que no fue amamantado... Con sus manos continuaba tomándome la medida de la cintutra, solo me bastó aflojar los dedos y soltar la pretina para echar a perder su trabajo. Terminamos la tarde entre retazos de tela y un alfiler clavado a la altura de mis riñones. No sé que me vió.

Curiosamente se le soltaron los dobladillos a todos mis pantalones y los botones de las camisas se perdían sin sentido, no me quedaba mas remedio de acudir a donde mi modista. Una vez casi nos agarra el marido, ah si, la doña era casada y también tenía hijos. ¿Acaso eso que le hace? Ese día me estaba arreglando una camisa. Ella, subida en un butaco estiraba sus brazos midiendo el perímetro de mi cuello con un metro de esos de tela y mientras tanto la agarré por la cintura y otra vez le eché a perder el trabajo, fue algo básico, como cuando aliviaba mis calenturas de adolescente, rápido como los viajes de fin de semana. Pero delicioso. Nos estábamos vistiendo cuando por una ventana el marido empezó a hacer cocos, ella tomó la cinta de tela y volvió a medirme el cuello. Viejo pendejo.

El sexo a los ochenta años no es lo mismo que a los setenta o a los treinta. Dejémonos de maricadas. Pero aún así las ganas siempre son las mismas, como también las ganas de dejar todo así. No volví a verla después de la operación, un poco por recomendación del doctor y porque era una vaina difícil, ella tenía cuarenta años menos, unos ojos profundos y una boca que sabía usar, tanto para hablar como para otras cosas. Nunca le pregunté por qué se dejaba chalequear así de mi. En realidad no hablábamos mucho pero tenía bonita voz. Eso es mejor así.

Hay una canción que dice que uno no debe volver al sitio donde ha sido feliz… Pero la gracia está en caer en cuatro patas pero como los gatos. Parado. Por esas cosas que uno no sabe por qué, a mi camisa se le dio por cerrársele los ojales y ella podría ser la solución. Era demasiado tarde. Ya no estaba el taller de la modista. Ni la modista. No suelo preguntar mucho, así que no sé que pasó. Algunas tardes trato de desenmarañar recuerdos, porque con los años se nos caen las canas, las carnes y hasta los recuerdos, porque tal vez sean la ultima vez los tenga, antes de que se pierdan en los laberintos del olvido, los escribo y me los leo en voz alta. Igual a nadie debería importarle.

Texto agregado el 13-01-2016, y leído por 172 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
13-01-2016 Excelente. Me encantó. por favor mira tu l de v avefenixazul
13-01-2016 Se me olvidó el ja, ja, ja....menudo cuento. grilo
13-01-2016 Está muy bien escrito. Pero me parece uno de los "mayores cuentos" que he leído. Mis 5× grilo
13-01-2016 Me ha encantado la narración y la narrativa, aunque deduzco que no conoces en profundidad a las mujeres, "la fusión" entre un señor de ochenta y una señora de cuarenta casada y con hijos es físicamente imposible a no ser que la señora amen de costurera ejerciera ente "puntada y puntada" el oficio más antiguo del mundo. ***** ELISATAB
13-01-2016 Don bombillo le acaba de poner luz usted a esta oscura noche julianga
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