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El príncipe azul.

El atardecer en la costa era el marco ideal para un paseo de enamorados.
La rambla de Montevideo estaba colmada de parejas, de ancianos, de niños y de personas solitarias.
Soledad, como para hacerle honor a su nombre, iba sola, observando todo, tratando de no perder detalle de aquella puesta de sol que ese día parecía más espléndida que nunca.
A fines de Mayo, casi finalizado el otoño, los tonos pastel de las hojas caídas, el azul intenso del agua y del cielo y el rojo fuego del sol, animaban a la gente que sabía que en poco tiempo, el invierno tomaría su lugar y los paseos y las caminatas a lo largo de la rambla, se acabarían, por lo menos por unos meses.
Pero a Soledad no le importaba el invierno, ella vivía, día a día y cuando éste llegara ya sabría cómo hacer para no olvidarse del verano.
Era su primer otoño en soledad luego de trece años de casada y esa era la primera vez que salía sola.
Hacía tres meses que el juez le había otorgado oficialmente el divorcio, en todo ese tiempo, no quería ver a nadie, había sido educada a la antigua y el divorcio la avergonzaba.
Siempre pensó que de alguna manera, el matrimonio debía mantenerse, sea como sea, pero Álvaro colmó su paciencia y agotados todos los recursos, no tuvo más remedio que, antes de que algo malo pasara, pedir el tan no deseado divorcio.
Ahora se sentía feliz, en estos tres meses tuvo tiempo suficiente de llorar, quería dejar esa etapa de su vida y ocuparse de ella, de su persona, de volver a ser mujer.
Durante trece largos años, se había olvidado de ella misma para ocuparse de su esposo mientras él se ocupaba de otras.
Esa tarde, que parecía ser la más hermosa de su vida, salió sola a disfrutar de esa soledad que la hacía sentirse más viva que nunca.
Bajó los escalones de la rambla, se mojó los pies en el agua, que estaba bastante fría y de pronto vio algo enterrado entre la arena y el agua, era una botella que contenía un papel escrito, estaba muy bien cerrada casi imposible de abrir sin romperla pero Soledad se las ingenió para sacar la carta sin romperla.
Se sentó en la arena y abrió el sobre, era la letra de un hombre, muy prolija y legible.
En ella decía lo siguiente:
___Quizá cuando alguien encuentre este mensaje, ya sea tarde, pero lo hago como último recurso, me siento solo, no tengo a nadie conmigo, mi vida parece desmoronarse y necesito a un amigo o amiga para que me ayude, mi nombre es Eduardo, tengo cuarenta años, soy viudo sin hijos y vivo en Uruguay desde hace poco tiempo, soy argentino, odontólogo y como se imaginará quien encuentre este mensaje, no muy comunicativo.
Cuando digo que puede ser demasiado tarde, no me malinterprete, no soy suicida pero quiero irme del país a buscar nuevos horizontes si es que no puedo rehacer mi vida aquí.
Si desea un amigo, llámeme, adjunto mi dirección y un teléfono a quien desee comunicarse.
Soledad leyó la fecha de la carta y vio que tenía una semana de escrita.
Se levantó y se fue a su casa, en el camino iba sonriendo, le parecía gracioso que en el siglo veintiuno en la era de las computadoras, una persona de cuarenta años no pudiera hacerse de amigos y usara algo tan fuera de lugar como una botella con un mensaje y pensó que a un hombre así era necesario conocerlo.
Al llegar a su casa, tomó el teléfono sin saber qué era en realidad lo que iba a decirle pero se dijo a si misma que ya se le ocurriría algo.
Marcó el número y una voz agradable y pausada le contestó:
___Usted se ha comunicado con la casa de Eduardo Ferrero, en este momento no puedo contestarle si desea una consulta o necesita hablar conmigo deje su número telefónico que a la brevedad lo estaré llamando.
Soledad dejó su número diciendo que necesitaba una consulta con el odontólogo.
A la mañana siguiente sonó el teléfono, era el dentista, Soledad pensó que aprovecharía una pequeña caries que tenía para conocerlo.
La cita fue para el día siguiente a las dieciocho horas, Soledad se vistió adecuadamente como para ver a su doctor sin llamar mucho la atención y a las seis de la tarde en punto se encontraba en el consultorio del doctor Eduardo Ferrero.
El dentista no era, en realidad, nada de lo que Soledad se había imaginado, a pesar de ser buen mozo, no era para nada simpático.
La atendió sin siquiera mirarla y eso la desconcertó a tal punto que decidió no mencionar ni la botella ni el mensaje.
Soledad le explicó que tenía dolor en una muela él la examinó y le confirmó lo que ella creía, tenía una caries, pequeña pero según él era mejor tratarla mientras era chica que después pues podría abarcar toda la muela y tendría que sacarla.
Le hizo el arreglo y le dio cita para la semana entrante para terminar el trabajo.
Soledad al retirarse vio que los pacientes que esperaban eran la mayoría mujeres jóvenes demasiadas para alguien que se encontraba tan solo.
A la joven le pareció algo extraño que sólo acudieran muchachas jóvenes al dentista pero pensó que a ella todo le parecía extraño y pensando esto se fue para volver la semana entrante.
En la próxima cita quedó pronto el arreglo y ella aún tenía dudas sobre el odontólogo, no entendía muy bien qué era lo que buscaba con aquella botella y su carta, si quería amigos, con la antipatía que tenía difícilmente los conseguiría y decidió dar por terminado el asunto e irse sin mencionar la bendita botella.
Al salir del consultorio se cruzó con una amiga que por casualidad veía al mismo dentista.
Se pusieron a charlar y Soledad que ese día no trabajaba, esperó a su amiga para ir a tomar un refresco juntas.
Elena, su amiga aceptó y al poco rato se encontraban en una confitería conversando animadamente.
Elena le preguntó por Álvaro y Soledad la puso al tanto de los acontecimientos.
Elena también tenía novedades, desde hacía varios meses ella también se había divorciado.
Soledad y su amiga se dieron cuenta que hacía mucho tiempo que no se veían y que deberían verse otra vez para poder ponerse al día con sus respectivas vidas.
Fue así que Soledad la invitó a cenar al día siguiente y Elena aceptó con gusto.
Charlaron por horas mientras Soledad preparaba la cena y como buenas amigas se pusieron al tanto de todo, a las diez de la noche Elena le dijo que tenía que ir a buscar a su hija que había quedado en casa de una amiga pero que tendría que pasar al baño primero.
Al salir del baño Elena le preguntó a Soledad:
___Sole, de dónde sacaste la botella que tienes en el baño?
Soledad le dijo que era una historia reciente y que si tenía un minuto se la contaba.
Luego de contarle todo a su amiga Elena comenzó a reir de tal manera que Soledad no alcanzaba a entender cuál era el motivo de la risa de su amiga hasta que Elena le confesó que ella tenía una igual en su casa y con la misma carta, la había encontrado dos meses antes en la playa.
Era tal el asombro que sentía Soledad que no sabía qué decir hasta que su amiga le contó que a ella le había pasado lo mismo y que había ido al dentista con el mismo propósito que ella hasta que se encontró con una vecina la cual le dijo que había aparecido cientos de botellas con mensajes iguales por todas las playas.
Ahora Soledad entendía, el desgraciado del dentista había encontrado una manera barata de hacer propaganda gracias a la credulidad de las mujeres ya que ningún hombre había ido con una botella a ofrecerle su amistad.
Soledad estaba tan enojada consigo misma que le dijo a su amiga que jamás volvería a leer un mensaje de ninguna botella para no volver a caer en ninguna trampa.
Al día siguiente tomó la botella con la carta y se fue directamente al consultorio del desfachatado dentista.
Al abrirle la puerta, Soledad le entregó la botella diciéndole:
___Puede que le haga falta.
Y diciendo esto se retiró enojada por haber caído en semejante trampa y por ser tan tonta pero a la vez agradecida por la experiencia y también por haber soñado aunque más no fuera, por un día, en un posible príncipe azul.
Omenia

Texto agregado el 19-01-2016, y leído por 160 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
19-01-2016 Mirá vos, qué vivo el dentista! Muy bueno, Ome! Se lee de un tirón. Besitos y estrellas. MujerDiosa
19-01-2016 Me ha gustado. El dentista estudió marketing....5× grilo
19-01-2016 jajaja Ome.. querida mía.. tu relato me ha ENCANTADO!!! Es buen anzuelo ese de la soledad. Un abrazo, sheisan
19-01-2016 Los príncipes azules del siglo XXI, están muy descoloridos y fuera de lugar. Muy buen relato y mejor narrativa. elisatab
19-01-2016 Una historia que relata la travesura de un hombre que soñaba con encontrar a la princesa de su sueño, pero que fue descubierto a tiempo. Una narrativa bien fluida con siempre. Saludos. NINI
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