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Salí a mirarme por la ventana, yo ahí tirado en el piso, así estaba desde crece días y nadie se ha dado cuenta. No hay una cosa que me moleste más en la vida y en la muerte que los mosquitos. Y que la gente no se dé cuenta de sus mertos. Pero los moscos salen por montones haciendo ruido en cambio los muertos no.

Duré un rato mirándome, me acurruqué y pensé. Qué gordo estaba! Miren esa papada y esa panza. Podrían esconder un elefante en ella. Es duro reconocerse muerto, uno como que no quiere la cosa, se aferra a sus rutinas, a sus demonios, a sus procesos neuronales y ahí se va perdiendo. Luego nada. Silencio. Resignación.

La ventaja de caminar por Bucaramanga así muertecito es que todos andamos igual, sin excusa vamos deambulando como en esas películas de apocalipsis Zombi. La cuestión está en el nivel de disimulo que algunos cargamos. Por ejemplo, ven a esa muchacha rellenita que viene por el andén del frente, sí, esa de los botines café. Lleva muerta desde que cumplió los quince años. Estaba bajando las escaleras y se resbaló, en medio de su gran fiesta. Fractura de vertebras, desconexión cerebral, muerte tonta número mil doscientos cuarenta y tres.

Los muertos que más mal me caen son los que se creen muy vivos, esos que deambulan con una sonrisa falsa conseguida a punta de formól, los que se ven por ahí buscando alguien que parezca vivo para quitarle lo poco que lleve encima. Con esos no se debe tener consideración, se tienen que volver a enterrar y ésta vez sin lápida para que nadie sepa dónde ponerles ni siquiera una flor de plástico. Porque a uno de muerto siempre le gusta que lo recuerden, para volver a sentirse vivo, en fin; pendejadas de muerto.

No crean, la vida después de la vida también puede llegar a ser monótona, imagínese usted. Saber la verdad que desconocen ustedes, todos esos misterios del Universo revelados en una milésima de segundo y después el eterno divagar. Pero no me les voy a dañar la película, eso es de muerto resentido. Y yo puedo ser un muerto melancólico pero nunca uno que esos que cuentan el final del cuento apareciéndose en sueños, moviendo las latas de cerveza en un supermercado, saltando en los columpios del parque, apareciendo en cámaras de vigilancia o pegándole puños a las paredes. Ya para qué. El que está vivo se deja vivo. Y el que se muere lo entierran.

Mi único motivo para seguir muriendo es verla. Es tan muerta, con sus algodones blancos en los orificios nasales, su mortaja pasada de moda y ese pequeño reflejo de vida que le queda en las cejas postizas, me enloquece. Aquí no hay que preocuparse por eso del tiempo. Todo da igual. Solo basta con desearlo y ella aparece como un fantasma, me eriza la piel y vuelvo a sentir esas cosas de vivos. Es que uno también tiene su corazoncito. Bueno. Ya no funciona pero ahí está.

Texto agregado el 26-01-2016, y leído por 52 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
27-01-2016 Me gustó mucho ×××××. grilo
27-01-2016 Me gustó como la muerte juega con la vida y llena de travesuras el relato. Un abrazo, sheisan
26-01-2016 Me gustó tu cuento, estoy muerta de envidia jajaja Saludos ome
26-01-2016 Muy interesante cuento y muy bien desarrollado. Enhorabuena FERMAT
 
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