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Me pierdo en la sombra de mis pasos y el aliento de la soledad me quema los huesos.
Cierro los ojos y lloro por mí, por mis brazos cansados de verte morir. Fuiste mis mañanas eternas y mi última pena. Todavía no me resigno a compartirte con la muerte, a buscarte en la eternidad de mi pasado.
Fueron tantos años juntos que creo que nací a tu lado. No recuerdo mi niñez, no recuerdo las caricias de mi madre. Solo tengo en mi memoria tus besos en las sopas de aquellas frías noches de julio y tus sonrisas en las tartas de manzana y coco. Me quedó el suspiro de tus rosas en los jarrones secos de la casa y nuestro sueño perdido en aquel moisés bordado de nido de abeja.
El espejo ya está roto, me muestra solo mi arrugada mitad. Ya no le pido una respuesta a aquellas extrañas verdades arrugadas en mi cara, ya no busco navegar en ese angustioso río que nace en mis pupilas y lleva tu nombre. Tengo el alma seca y las horas largas.
Mi doncella de cabellos cargados de cielo dorado, mi mujer imperfecta de pantuflas y delantal manchado de miel y dolor… Compañera de mis pasos lentos por el tiempo, alma de mi alma enferma de vejez… ¿Por qué te fuiste mi vida? ¿No ves que me dejaste detenido en el mismo instante en que tu vida se apagó y tu espíritu se transformó en el aire que me falta?
Busco en los cajones las ruinas de tus rastros y las horas me persiguen, lentas y sigilosas, como aves de rapiña carcomiéndose mis manos temblorosas. Pero este amor que es arena y es metal, que es soldado y es amante, no se cerró con tus ojos, no se ocultó en la tierra que te acuna. Este amor hoy me seca el sudor de mis últimos latidos y siembra rosas y razones para buscarte en la última línea del atardecer de mi vida.
Tu ausencia es la agonía de este jardín de flores muertas, pero la muerte solo es la certeza de que la vida se abrió camino y dejo su huella implacable.
Hoy me pierdo en el ocaso y me dejo clavar el puñal de los recuerdos, porque hoy necesito respirar mi último día, exhalar el final de mi horas solo para encontrarte allí donde se pierden las estrellas enredadas en tu pelo blanco y el cielo se hace niño en tu mirada azul…
Hoy me dejo envolver en los pliegues de la noche, recostado en nuestra cama espero que esta vida se apiade de mí y me regale un lugar para mi muerte…

Texto agregado el 08-02-2016, y leído por 25 visitantes. (0 votos)


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