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Uno

Otra vez es lunes por la mañana y por enésima vez en los parlantes del colegio suena la canción nacional entre megáfonos viejos; chirridos como huevos fritos y coros desgastados. Sobre el estrado y mientras se iza el pabellón patrio con una solemnidad pasmosa, el director del colegio lanza los vistazos de allá para acá como un parabrisas, pendiente del menor atisbo de anti patriotismo de alguno de sus alumnos. Como siempre los axiales de la mochila le queman los hombros a Antonio y sus tripas dan un concierto de retortijones por el hambre. Se vino sin desayunar para no llegar otra vez tarde.

En la multicancha del colegio los alumnos forman filas como verdaderos batallones militares mientras el sol de la mañana comienza a platinar las pocas sombras que van quedando sobre el piso de cemento.

Extrañamente esta mañana Antonio está callado. Se deja ver en él un tono pálido de preocupación. Ni una camionada de tonys lo haría sonreir, eso es seguro. Solo quiere que el acto del lunes termine lo antes posible para entrar de una vez por todas a la sala de clases. Sin embargo este lunes le ha correspondido la organización de la ceremonia a los cursos menores de la educación básica. De allí entonces que aun falten la presentación del coro; el baile folcklórico y el infaltable alumno o alumna estrella recitando una rebuscada poesía, lanzando aletazos al aire como quien abre pétalos de rosas con las manos. Más de alguna vez alguién se había quedado trabado al olvidar los versos, transformándose en el hazmereir de la escuela.

Entre la fila de varones de su curso ya ha comenzado a correr la noticia de su santo u onomástico, como lo más destacable del inicio de la semana. Ya muchos sueñan con cobrarse revancha de sus capoteras. Casi todos sonríen con la posiblidad de pasarle 'la boleta' por todas las patadas recibidas de él en lo que va de semestre escolar.

El churejón Segovia, que se sienta tres puestos más atrás de su pupitre; el cabezón Castillo; el guatón Salinas y en general, casi toda la lista de la clase, espera ansiosa el toque de campanadas que pondrá fin al acto y que dará inicio al ritual.

Dos.

Al sonar las campanas Antonio sintió los golpeteos de corriente en su cuerpo. Apenas las filas comenzaron a romperse intentó camuflarse entre la multitud de los demás cursos que avanzaban a sus pabellones. La teacher Antonieta ya daba la orden para enfilar a la sala cuando la gallá se dió cuenta de la ausencia del festejado. Faltaba el 'Toño', de inmediato y como estaba previsto para ese tipo de casos, se activaron todas las alarmas. Rápidamente el chico Rojas introdujo sus dedos en la boca y dió comienzo a los mensajes de alerta mediante sonoros chiflidos. Con disimulo todos se apresuraron en llegar cuanto antes al pabellón del quinto grado. Hombres y mujeres no querían perderse el callejón oscuro de patadas, escupes, golpes de puño y manos que le tenían preparado a Antonio aquella mañana.

Al finalizar el trayecto de la cancha y quedar parado frente al pabellón de salas, el festejado se puso a correr desesperado. Mientras huía como un conejo miró por sobre sus hombros y vió al montón de compañeros que ya comenzaban a darle caza. Corrió y corrió en dirección a la sala como una gacela; sintió los chiflidos en su espalda; habían algunos que corrían mucho más rápido que él; de allí su desesperación. Cuando volvió a mirar hacia atrás se dio cuenta que increíblemente había ganado harta ventaja y que era posible pensar en una posible salvación. Sin embargo al volver la vista de nuevo hacia adelante sintió una leve sancadilla en sus pies, y antes de caer de hocico al suelo distingió el rostro traicionero de un cabro chico de cuarto que lanzaba una sonrisilla demoníaca. Fue todo lo que pudo ver.

Luego sólo sintió a la manada enfurecida viniéndosele encima como un piño de toros; y en adelante las patadas voladoras le llovieron; los escupitajos le entraron en su misma boca (arcadas por doquier); la tierra le cegó los ojos, y los puñetazos le mataron todos los piojos. Alrededor los festejos y las risas de todo el colegio se dejaron sentir fuerte.

Medio aturdido y cuando ya los inspectores comenzaban a dispersar a la turba, miró al ciego Norambuena que no paraba de retorcerse por la risa burlona; y de puro maldadoso y vengativo el maltratado Antonio se puso de pie apúntándolo con un dedo, gritándole al resto:

¡¡¡¡¡El Norambuena está de cumpleañoos!!!!!!

Bien entrada la mañana del día lunes apenas se pudo oir la desesperada negativa del ciego Norambuena antes de la estampida que se desató en su contra.

Desde el día en que cumplió los 12 años, que el Norambuena usa esa prótesis dental que todos le conocemos y que Antonio cojea como pato.

Texto agregado el 11-09-2004, y leído por 324 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
14-02-2005 Desde luego me transportaste a mi infancia, quizá hubo algún malora tan malo como esos chiquillos que nos hizo la vida de cuadritos a otros y nosotros a otros... definitivamente la crueldad infantil es la más hiriente, la más sincera, y auténtica... Estrellas por lograr ese estado de ánimo... (los apodos son sensacionales, el churrejón, el cabezón, el guatón...) jajajaja.... 5* tobegio
16-09-2004 Un relato que describe muy bien el entorno y pone un cierto nerviosismo en el protagonista que oercibe muy bien el lector, además de sugerir, invitar a seguir la escena con espectación, nunca dejando ver lo que acontecerá, para dejar caer al lector junto con el "festejado" en esa celebración de combos y patadas que pareciera que allí estuviste tú y también yo, viendo a ese San Antonio a mal traer, pero nunca vencido. Excelente es usted, mi adorable amigo, para llevar y traer historias de esas con sabor, aromas, colores y cantos, si hasta himno patrio se trajo esta vez. Estrellas pa'iluminar sus letras que por ser San Antonio, serán benditas. FaTaMoRgAnA
15-09-2004 Esta fantasia escolar, aparte de rocambolesca, es maravillosa. Consigues que una situación que en la vida real sería lamentable, se combierta aquí en una bonita historia que se lee con una sonrisa permanente. Magnífico el escenario y los "actores". Un saludo. Eddy_Howell
13-09-2004 De verdad este cuento tiene una salida muy buena, ingeniosa, con una pequeña venganza infantil que llena de frescura. Me acordé de esas palizas justificadas del colegio, en especial ensañadas a los hombres, algo muy típico de Chile por lo demás, esperar ese momento para descargar la rabia y la envidia de los niños que está tan en pañales pero es tan honesta. Cariños Amigo. carolinaeme
12-09-2004 Quillo este es buenísimo, me has hecho recordar, aquí se le llamaba " la mosca " , un pasillo de gente, lo peor que podias hacer era correr pues te daban patadas hasta en el cielo de la boca, que bien narrado, me vaia corriendo por ese colegio, ufff... muy bueno. barrasus
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