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Una vida como tantas.
Tenía los ojitos saltones, verdes, muy verdes, con esa mirada que sólo pueden tener los recién nacidos cuando ven por primera vez, tratando de acaparar todo sin saber el significado de nada.
La miré y supe que lo que sentía perduraría toda mi vida, que de ahí en más mi vida le pertenecía y que pasara lo que pasara ella sería la dueña de mi corazón.
Unos meses antes, cuando supe que Rebeca estaba embarazada, no lo podía creer, llevábamos viéndonos apenas dos meses y ya me convertiría en padre, todo eso era demasiado para mis dieciocho años y ni que hablar para ella, apenas habíamos terminado la secundaria y los planes que ni siquiera habíamos tenido tiempo de hacer, se caían y se deshacían antes de pensarlos siquiera.
Pero teníamos que afrontar la realidad, ya no éramos unos niños y muy a pesar de nuestros padres, decidimos llevar a buen término ese embarazo, si Dios y nuestra poca inteligencia nos lo había mandado… qué más nos quedaba por hacer?
Ese fue el peor verano de nuestras vidas, Rebeca me peleaba todo el día, decía que por mi culpa no podía usar traje de baño ni bañarse en la piscina sin que sus amigas se burlaran de ella.
Por mi parte, tenía que ver el rostro de mis padres y saber lo que estaban pensando y eso me entristecía, ni yo mismo creía lo que les decía, que mi vida sería igual a la de antes y que ingresaría a la facultad de leyes como lo tenía planeado…
Pero… ese año fue imposible, tenía que trabajar para todo lo que íbamos a necesitar, el bebé necesitaba muchas cosas y aunque iríamos a vivir al fondo de la casa de mis padres, teníamos que ayudar con los gastos de la casa que ahora se triplicaban.
Cómo nunca me di cuenta, antes?, del sacrificio que hacían mis padres, eran gente humilde pero muy trabajadora, mi padre panadero y mi madre modista, trabajaban de sol a sol mientras yo me divertía y estudiaba sin ayudarlos en nada ya que ni siquiera me daba cuenta de que no aportaba nada.
Ahora todo cambió, Valeria vino al mundo rodeada de amor, de paz y aunque no teníamos dinero, eso no nos importaba, éramos dichosos y con eso bastaba.
Al llegar a casa, nos esperaba mi madre, no había lo que no hubiera hecho, la cuna pintada de rosado junto nuestra cama y todo limpio y reluciente para esperarnos.
Durante mucho tiempo la vida transcurrió como siempre, no siempre podíamos rendir los exámenes pero igual seguíamos estudiado hasta que llegó el día, el más esperado por todos en el cual me dieron el título tan ansiado de abogado, a Rebeca aún le faltaba un año, pero sabíamos que llegaría.
Las cosas tenían que mejorar, Valeria ya estaba en la escuela y era una excelente estudiante, ¿Qué más podíamos pedirle a la vida?
Pero… ese temido pero llega lo quieras o no, la vida no es todo lo que deseamos y ese año, la mala suerte nos golpeó muy duro, mi padre se enfermó y ya no pudo trabajar, estaba postrado en una silla de ruedas debido a una enfermedad casi pasada de moda, la “polio” y mi madre casi no podía coser, la jubilación de mi padre apenas daba para mantenerse ellos pero dicen que el amor todo lo puede y en mi casa no faltaba eso, el amor y seguimos adelante.
Hasta que llegó el día que nuestra hija fue al liceo y a pesar de la confianza que le teníamos, no la dejábamos ir sola, la ciudad estaba muy “dura”, leíamos las noticias y nos horrorizábamos al enterarnos de los secuestros y de los crímenes que ocurrían a nuestro alrededor y no queríamos que a ella le ocurriera nada.
Una tarde, Valeria llegó más tarde a casa, Rebeca no había podido ir a buscarla y al entrar, la notó un poco rara.
Le preguntó qué le ocurría pero ella no contestó y se refugió en su cuarto, acto que no era normal en ella que estaba acostumbrada a ayudar a su madre y a su abuela en los quehaceres de la casa en cuanto llegaba del liceo.
Rebeca decidió llamarme al estudio donde trabajaba y en seguida me di cuenta de que lo que pasaba no era normal, a la meda hora me encontraba en casa y hablando con mi hija.
A penas la vi lo noté, tenía los ojos brillosos y la mirada perdida, al preguntarle qué le había pasado y tomarla de los brazos, lo vi, los pinchazos no los podía disimular y mi corazón dio un vuelco, Valeria estaba siendo drogada!
Mi cabeza comenzó a dar vueltas, no podía imaginarme a mi niñita en ese estado ni cómo había comenzado aquello.
La llevamos al médico pero ella no quería decirnos quién estaba dándole las malditas drogas.
Nuestra vida se derrumbó y la de nuestra hija también, no sabíamos qué hacer, de momento según lo que nos dijo el médico, no era grave, supuestamente esa había sido la segunda vez y no era demasiado, ¿Cómo no lo detectamos antes? ¿Qué la hizo o quién, entrar a ese mundo del cuál es muy difícil salir? Esa y mil preguntas más teníamos pero todas morían en nosotros sin obtener respuestas.
Valeria quería seguir estudiando, prometiéndonos que no volvería a hacer lo mismo nunca más y le creímos pero Rebeca siguió acompañándola al liceo y la recogía cuando salía.
Cuando terminaron las clases Valeria pasaba a cuarto año, era para nosotros la edad más temida, la de los quince años, la de los cumpleaños interminables y la época de volver de madrugada a casa.
Valeria como cualquier otra chica asistía a las fiestas y en ellas conoció a alguien que comenzó a visitarla a casa.
Darwing era un chico del barrio, conocíamos a su familia, sólo de vista pero se notaba que era un buen muchacho, era el novio perfecto (si es que los hay) para nuestra hija y nos sentíamos contentos.
Pero… parece ser que la desgracia nos persigue y el día anterior al de mi cumpleaños sucedió…
Mi hija había ido al centro con su madre a comprarme un regalo cuando al entrar a una tienda, tres hombres encapuchados las hacen tirarse al piso pero con tan mala suerte que a uno de los ladrones se le escapa un tiro hiriendo de muerte a mi adorada hija, mi esposa al tratar de protegerla lucha con otro de ellos que la mata sin piedad ante los ojos de Darwing que había ido a acompañarlas…
En estos momentos estoy cargando un revolver lo demás queda a vuestra imaginación. Esta es la historia de una vida como hay tantas, donde una familia lucha, trabaja, estudia y da mucho amor para recibir a cambio la muerte de la manera más cruel.
Hoy me he olvidado de Dios, del amor y de tantas cosas por las cuales vivía pero no me voy solo, llevo conmigo a tres hombres jóvenes que pensaron que el dinero ajeno y la vida de dos personas les pertenecía, los busque y los encontré.
Casi siento pena por ellos, ¡Cómo lloraban los desgraciados! Cuando les arranqué una a una las uñas de las manos para luego cortarles las venas y dejarlos desangrándose hasta que los vi morir.
Ahora me siento mejor, el odio se fue, lamento el último dolor que le causaré a mi madre (mi padre hace tiempo que ya no está con nosotros) pero ya no hay vuelta atrás, el destino me jugó una mala pasada, sé que me esperan mi hija y mi esposa y allí quizá una nueva vida pueda comenzar, lejos del odio y del rencor.
Omenia

Texto agregado el 08-03-2016, y leído por 117 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
09-03-2016 La prosa es muy buena. Coincido con los demás, EL FINAL es excelente. Además, es muy realista, lamentablemente pasa seguido. Felicitaciones. 5* dfabro
09-03-2016 Un texto bien escrito, muy bien contado y un final fatal. La fatalidad acompaña a esa familia de la historia. La vida nos enseña sus uñas a cada instante. Historia como esta pasan siempre por la ambición y el deseo de lo malo habidos. !Muy buena historia! Saludos. NINI
09-03-2016 Muy bueno 5* grilo
08-03-2016 Uffff… La historia en sí es algo del día a día, pero el final es escalofriante, Omenia querida. Provoca escalofríos y malestar. Tu narrativa es fluida. Bien contada historia. Un full abrazo. SOFIAMA
08-03-2016 Una vida como tantas? !!DIOS!! espero que no, Muy buen relato con tremendo final (tengo los pelos de punta con lo de las "uñitas") BRRRRRR!! que repelus!!. Un ojo por ojo uña por uña como Dios manda. elisatab
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