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La capa superior del alquitrán se derretía y adelante, en esa especie de horizonte que se forma al fondo de las calles, podían verse los vapores que aparecen cuando el sol está muy alto. Probablemente lo ignoraba, porque nadie atiende seriamente el pronóstico del tiempo en las mañanas, pero era el día más caluroso en cinco décadas, y él lo estaba caminando.
Llevaba la chaqueta puesta, su camisa abierta y la corbata suelta, con un nudo gigante que nos hizo gracia al verlo desde el auto. Mi papá se le quedó también mirando y dijo que seguramente el automóvil se le había descompuesto, porque qué otra cosa explicaría que, con cuarenta y siete grados a la sombra, caminara en medio de la calle. Yo pensé lo mismo y más aún con ese atasco, donde avanzábamos de a metros, para luego volver a detener el motor y quedarnos esperando.
Mi mamá miraba concentrada el plano carretero en el asiento de adelante, como siempre, para así fingir estar haciendo algo y no tener que conversar con mi papá ni entretener a mis hermanos. Yo les había alcanzado a ellos mis revistas, para que se entretuvieran con los dibujos o jugando a los esclavos negros y así me abanicaran, cuando en eso vi venir al hombre por el retrovisor, moviéndose muy lento entre los autos.

Era gordo y se movía apenas; con la frente brillante de sudor y la espalda curva, por el peso de esa bolsa que arrastraba.
-Pobre –dijo entonces ella, sin dejar de ver el mapa- acá no hay ninguna salida, o por lo menos no aparece señalada.
Abrí hasta abajo mi ventana y saqué el cuerpo para verlo cuando se perdió adelante, pero la carrocería de ese lado me quemó y volví a mi asiento de un salto, intentando que nadie lo notara. Ahí mi hermana comenzó a burlarse y le quité la revista, pero fue peor, porque nada más dejó de abanicarme me vinieron las arcadas del olor a gasolina que siempre me enfermaba. Tomé una bolsa plástica, pero mi papá de inmediato abrió las puertas y mandó a bajarnos, justo en el momento en que unos hombres jóvenes, con pañuelos amarrados en la frente, gritaban entre los autos que no nos moveríamos por horas; que debíamos organizarnos.
Cuando volvimos a verlo, caminaba a pasos cortos entremedio de los autos, vendiendo agua embotellada. Mi mamá comentó que se veía más gordo, cosa que me sorprendió bastante, ya que se había mantenido en silencio durante los últimos meses, sin siquiera despegar la vista de su mapa. Mi papá sacó entonces unas monedas, pero el gordo le explicó que las monedas ya no tenían valor en nuestra calle y que el precio era en billetes de los grandes. Así fue que conseguimos agua, que nos duró hasta que volvimos a encontrarlo; siempre un poco más gordo; siempre caminando lento, siempre con su bolsa enorme entre los brazos.
Una tarde de esas, notamos que el sol ya no golpeaba con la misma fuerza contra las ventanas. Es el invierno, dijo mi hermano, y celebramos felices, porque se veía que ese año no tendríamos escuela y todo gracias al atasco. Fue en ese momento cuando mi madre abrió la puerta y nos hizo mirar a su derecha, donde unos hombres musculosos trabajaban pese a la lluvia, con las venas del cuello hinchadas. El gordo, sentado ahora sobre una plataforma cubierta por un paraguas, dirigía las faenas con un altavoz, mientras los musculosos aumentaban al doble el alto de la reja, y cerraban los espacios entre fierros con maderas barnizadas. Desde sus autos, los hombres asentían al mirar la construcción, y mi papá dijo entonces que así era bueno pagar los impuestos, cuando el dinero se ocupaba en cosas observables.
Nuestras vacaciones fueron sólo momentáneas, porque el mismo día que en la pista celebraban el tercer aniversario, pasaron los de los pañuelos en la frente informando que el colegio abría el lunes siguiente, en el sector de los transportes escolares. Se ven más feos y más gordos que antes, dijo mi hermana, mientras apretaba hasta doblar el último Ásterix que me quedaba, supongo que enojada por lo de las clases.
Así crecimos; en silencio y estancados; mirando el sol que se colaba a ratos por las ranuras del techo, levantado para unir ambos costados de la calle. Nos protegía del viento; de la lluvia, la radiación ultravioleta y todo eso muy malo que siempre dicen que sucede afuera de los autos. Para mantener la reja y nuestro techo, cada familia pagaba puntualmente una cuota mensual. Mi papá, como todos, la ganaba trabajando en las obras de levantamiento y mantención de la misma reja y del mismo techo, así como de otras estructuras que se levantaban para cuidarnos. Fue entonces cuando comenzamos a preocuparnos por mi hermano.
Siempre tuvo problemas en las clases y no pocas fueron las veces que llamaron a mi padre a los transportes escolares, porque se negaba a mantener su puesto; porque no colaboraba en el aseo de los buses y, porque en lugar de atender a los maestros, se llevaba todo el tiempo dibujando incoherencias, como autopistas sin barreras y a personas caminando libremente por las calles. Yo no le dije nunca nada, pero lo notaba cada vez más alto y más delgado. Me gustaba escucharlo en todo caso, incluso cuando deliraba y nos decía que la calle no era recta sino que circular, y que no avanzábamos realmente hacia ninguna parte. Mi mamá entonces lo miraba por el retrovisor y movía la cabeza de lado a lado, aunque sin decirle nunca nada. Lo importante a fin de cuentas era que nadie de afuera lo escuchara, porque todos sabíamos lo que pasaba.
Pasó así el tiempo, y debe haber sido un domingo por la tarde, ya que oíamos el programa del humor en nuestra radio, cuando dijo que iba hasta la berma, porque estaba mareado y necesitaba respirar un poco, pero que volvía de inmediato. Ya nadie en el auto intentaba corregirle esos desórdenes, pero nadie tampoco pudo imaginar que se marchaba.
Esa noche los guardias nos sacaron y nos encañonaron en el pavimento boca abajo. Faltaba uno en el conteo y se nos advirtió que deslices como este comprometían la seguridad de toda la caravana.
Con el tiempo me acostumbré al olor a gasolina. Ya habían prohibido las bocinas y el combustible se entregaba racionado y siempre a un precio razonable. Cumplí la mayoría de edad y pude finalmente trabajar junto a mi padre, llevando cuenta de los movimientos de cada vehículo y en el cobro de los impuestos básicos.
Todo continuaba en calma; sin prisas ni desajustes que pudieran alejarnos del camino trazado. Todo era paz, hasta esa noche en que llovía muy tupido y yo dormía, como todos, cuando mi hermana me susurró al oído que mirara a través de su ventana, mientras me cubría la boca con sus manos para que no gritara, porque la multa por interrumpir el sueño equivalía a meses de trabajo. Fue entonces cuando pude verlo, parado en medio de la calle.
Salí con cuidado, sin despertar a los demás. Se veía más delgado, y tal vez de eso se valió para colarse. Miró hacia todos lados y avanzó hacia mí, con el pelo largo y empapado, mientras mi hermana sonreía desde el auto. Avanzó hacia mí y quiso abrazarme.
Debo confesar que yo también sentí ese impulso; justo antes de entregarlo.

Texto agregado el 22-03-2016, y leído por 133 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
23-03-2016 ... me recordó esos años, a partir del 73. Un abrazo, sheisan
 
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