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Inicio / Cuenteros Locales / anthony_2792 / Esa cachetona arruinó en menos de un día mi pequeño mundo de apariencias.

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Basura. Lo pienso y lo vuelvo a pensar y la conclusión es la misma, eres una mierda. Christina, tal vez sea tonto decirte que me vuelve loco el recordar tu despechada actitud. Algo en mí, una parte de mí, tal vez sea la mitad de mí te detesta. La otra mitad siente pena. ¿PENA? Pena… Un sentimiento de tristeza al verte envuelta en esta maraña. Christina no siempre fue una hija de puta. Antes era solo una tonta que pretendía jugar al amor conmigo mientras yo me drogaba. La conocí obviamente en una fumadera, creo que fue en el parque que está cerca de mi casa. Cuando la vi por primera vez, nada de ella me llamo la atención, no me gustó no porque fuera fea (no es fea, aunque mi ex diga que sí) sino porque carecía de gracia. No poseía nada que llamara la atención y me incitara a sacarle algunas palabras. Su voz grave, sus bigotitos, y su exceso de bellos me alertaron de “testosterona femenina”. Entonces la primera vez que la vi me cayó mal. A los días más tarde su amiga me pidió que le hable, la muy alcahueta me dio su número y su Facebook. Yo estaba fumando. Le hice caso porque quería disfrutar de los efectos entreteniéndome en lo que sea. Le hable y hablamos, hablamos mucho, de muchas cosas. Salimos al día siguiente y fumamos yerba, solo conversamos de nuestros exs. A mí no se me ocurrió nada, eran días que vivía pensando día y noche en mi ex acostándose con su mejor amigo, y soportaba la paranoia de una excuñada obsesionada en el mejor amigo de la tramposa que aún sigo queriendo. En esos días de caos emocional empezó mi relación con ella.
Jamás en el todo el año que pasamos juntos tuvimos una temporada de tranquilidad. Peleábamos siempre. El máximo tiempo de paz fueron dos semanas. Las peleas duraban aproximadamente una semana. En esa semana yo tenía que hacer todo lo que podía con quien quisiera mientras ella no se enterase, así que me escapaba con algunas amigas de la universidad a ver el ocaso a la Punta en el Callao. Después de una semana Christina me llamaba pasase lo que pasase entre nosotros. Nos reconciliábamos, teníamos sexo, fumabamos yerba. De esa manera llegamos al año. No suelo borrar mis mensajes, tampoco mis fotos, mucho menos audios o videos. No es algo que me preocupe, pues nadie tiene porque coger mi móvil. Y bueno, eso era así porque no se lo permitía a nadie. Pero hace unos días Christina me llamo, claro que ya no teníamos una relación, sin embargo yo la trataba con cariño porque era un reciente ex. Le decía muy tranquilamente “amor”, “cachetona”, “preciosa” bla, bla, bla. Me llamó y luego whatsappeó. Quedamos en tomarnos unas cervezas en el parque cerca a mi casa. El mismo donde la conocí. Llevamos un sixpac de latas y conversamos mientras sentíamos el aire fresco bajo la sombra de un árbol gigantesco. Fuimos a comprar un par de veces más. Ya ebrio me pidió música, y yo muy sorprendido le dije “Pensé que odiabas mi música”. Insistió, no me hice de rogar. Cuando terminé el último sorbo de la última cerveza de la última ronda ella corría junto con mi celular, y yo escuchaba poco a poco como se perdía bruscamente mi música. Me repuse a perseguirla y ella siguió corriendo. Ebrio, corriendo entre la pista esquivando carros la vi tomándose un taxi y desapareciendo al doblar la esquina. Era imposible alcanzarla. Se robó mi móvil, se atrevió hacerlo, le gano su morbo, se dejó llevar por su “testosterona femenina”. No había borrado nada de mis escapadas. Tenía las pruebas suficientes y además fechadas de todas mis andanzas. Ella buscó y encontró. Violentó mi intimidad y a fuerzas se topó con la realidad de que yo no era un santo ni pretendía serlo. Se dio cuenta que tenía el corazón ocupado por otra mujer, se enteró que la amaba a rabiar y que pretendía regresar con ella. También se enteró que era Lili. Al parecer se volvió loca. Explotó y me hizo el máximo daño que en ese momento podía hacerse. Christina tenía al parecer muchas fotos tomadas sin mi consentimiento, es más ni siquiera sabía que existían hasta el momento de verlas colgadas en mi página de Facebook. Aparecí en la foto de perfil bañándome desprevenidamente jabonándome los huevos. Como portada estaba colgado mi pene en una fotografía de 13 megapíxeles. Las imágenes estuvieron en línea alrededor toda la tarde. Ella cambió mi contraseña, manipulo mi información. Aprovechando que tenía acceso a todas mis cuentas, se encargó de enviarle a la mujer de mi vida fotografías inéditas donde salgo desnudo cambiándome desprevenidamente en una excelentísima resolución. No se olvidó de nadie, inclusive los grupos de whatsapp exclusivamente para temas académicos. Pase la vergüenza de mi vida. Christina desapareció. No sé nada de ella. Tampoco quiero saberlo, se me ocurre buscarla y cometer un delito.
Ahora pienso en mi pena que no es de Christina. Ahora replanteo que la pena no la siento ya por ella, sino por mí. Por no haberme dado cuenta de la mierda de mujer con la que anduve. Por la mierda que soy yo. Por la mierda que pretendí embarrar en la mujer que amo. Por todo eso, es que ahora escribo, avergonzado, pretendiendo que así superaré este desliz.

Texto agregado el 26-03-2016, y leído por 119 visitantes. (3 votos)


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