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LA TRAVESÍA DEL PÁRAMO DE PISBA
Érase una vez, cuando tenía como quince años, Manuel Niño, me invito que lo acompañara a la montaña a donde debía llevarle sal al ganado.
La montaña a la que se refería era la jungla de Socotá, un bosque inmenso en la vereda de Pueblo Viejo, en límites con los municipios de Tamara, en el departamento de Casanare y Pisba en el departamento de Boyacá, a más de cinco horas de camino, por trochas, teniendo que atravesar el páramo de Pisba.
Me pidió doscientos pesos para alquilar un caballo y que por la comida no me preocupará, que él ya tenía prevista la alimentación, que me encargará de llevar ropa cómoda, sombrero, plástico, botas y algo de tomar para soportar el frío porque era época de invierno y el páramo se pone duro.
Esta advertencia ya la conocía porque la gente del pueblo que transitaba por esos caminos, cada rato la mencionaban, que fulano de tal se emparamo del frío en Peña Negra, el cerro más alto del páramo. Otros decían, más reciente, que los hijos de fulana de tal de la vereda de aposentos se congelaron y que no los pudieron reanimar, que les daban de beber aguardiente y no respondían, que le pegaban con los lasos y rejos y tampoco, que los llevaron para la casa porque ya estaban muertos, había que velarlos. Allí en el ataúd, en medio de todos sus amigos que le estaban dando la despedida surgió un milagro, estos muchachos resucitaron.
Es un páramo demasiado bravo, cuando paso por estas tierras el Ejercito Libertador comandado por el General Simón Bolívar, el 5 de julio de 1819, la mayoría de sus soldados se le emparamaron, teniendo que arrojarlos a la Laguna del Soldado, porque ya no servían de nada para la guerra y cargarlos hasta un sitio poblado costaba mucho y tampoco había medios para hacerlo.
Yo, feliz por el viaje y angustiado por el páramo, le pedí la plata a mi mamá, para el alquiler del caballo, compre bocadillos veleños, una caja de sardinas, un paquete de cigarrillos nevado y media de aguardiente.
El día del viaje caminamos hasta la vereda de Parpa, donde la familia de Manuel tenía una finca a una hora del pueblo. Ahí, nos esperaba un baquiano, un señor que les cuidaba la finca. Me tenía una bestia muy mansita, porque yo nunca había montado a caballo.
Salimos como a las siete de la mañana y empecé a luchar por no dejarme caer del animal, empezamos a subir por las trochas, que era el camino de herradura, y subíamos y bajábamos, el día estaba bastante frío, mientras más subíamos, más frío hacía y se ponía más nublado hasta el límite que a un metro de distancia no se veía nada.
El baquiano nos contaba que a veces se perdían, porque los cerros se parecen mucho y por la niebla es fácil que se desvíen del camino, a veces duraban horas y horas dándole vuelta al mismo cerro. El clima se ponía bastante difícil, no se veía nada, la niebla estaba espesa y la lluvia caía vertical, los caballos no podían tener la mirada sobre el camino, porque la lluvia le caía en los ojos y no los dejaba ver.
Manuel me dijo que me ubicara en medio, es decir, entre el baquiano y él, para que no me fuera a perder. El caballo me llevaba, yo lo que hacía con el susto era tenerme de la silla, si el caballo iba bajando me cogía de atrás y si iba subiendo me cogía de la cabeza de la silla y de la crin del caballo, la idea era no dejarme caer, porque al lado y lado del camino eran desfiladeros y con esa niebla tan espesa nadie me encontraría. Así pasamos por la Laguna del Soldado, por Peña Negra y yo en silencio decía cuando pasemos por el páramo me toca fumarme un cigarrillo y tomar aguardiente para no emparamarme.
Empezamos a bajar y nos entramos en un bosque tan espeso que apenas se veían penetrar los rayos del sol por entre los árboles y yo me decía, será que ya vamos a llegar al páramo y en un descansito para ir a orinar al pie del camino ingenuamente pregunte ¿Manuel cuánto nos falta para llegar al páramo? y la respuesta fue una risotada de parte de él y del baquiano. Yo me achante y al fin me dijeron, el páramo es el que acabamos de pasar, el cerro de Peña Negra es allá donde le mostré que quedaba la Laguna del Soldado pero que no la vimos por la niebla. Yo más me achante, porque estaba preparado para más frío y el que sentí era intenso, pero el cuerpo iba predispuesto a aguantar más frío.
No utilice los cigarrillos, ni el aguardiente y mi ropa que llevaba en silencio puesta era demasiada: medías pequeñas, encima medias de futbol, botas de caucho a media caña; un pantalón de sudadera de algodón, encima un blujean, encima unos zamarros de cuero y encima un pantalón de caucho; una camiseta manga corta de algodón, una camisa manga larga, un buzo de lana, un fillat de los de la policía, una ruana de lana y un plástico encima; llevaba en la cabeza un pasamontañas y un sombrero forrado con plástico, también llevaba guantes de lana para protegerme las manos porque decían que se le amorataban; como pueden ver iba bien preparado.
Nos entramos a lo profundo de la selva y llegamos al potrero donde estaba el ganado. El potrero, era un espacio entre la selva pequeño de unas dos hectáreas, donde dejaban los terneros pequeños, encerrados por la jungla, solo se podía salir por un caminito especial y este se dejaba bien trancado para que los becerros no se salieran. Por la mitad del potrero pasaba una quebrada de agua cristalina. Yo fui a tomar y me dijeron que no la tomara pura, que debía tomarla con un pedazo de panela o mejor que no tomara porque era demasiado pura y me podía hacer daño.
Cada tres o cuatro meses subía el cuidandero a traerles sal. La costumbre era esa, los animales quedaban solos durante tanto tiempo y nadie se los robaba.
Llegamos al rancho, soltaron las bestias para que descansaran y comieran algo, y nosotros hicimos lo mismo. Como a las cinco de la tarde nos dispusimos a acostarnos. La cama eran unos palos atravesados como a un metro de altura que nos daba a la mitad de las piernas y sobre ellos un cuero de vaca. Lo bueno fue que no hizo frío y a la madrugada unos conocidos (Vivian en un rancho bastante retirado) que sabían que nosotros llegábamos, nos llevaron café con arepa y queso de desayuno. También, le tenían la noticia a Manuel, de que el día anterior un toro se había desnucado en la quebrada, por supuesto comimos carne de todas las formas.
Cumplido con el objetivo del viaje, darle sal a los animales; de regreso, echaron por delante a cinco animales grandes listos para la venta. Si el cruce del páramo de ida fue bastante difícil, ahora con los animales fue peor, porque eran animales cerreros, es decir, no estaban acostumbrados a que los mantuvieran con laso. Afortunadamente hizo un día espectacular, cuando pasamos por el páramo estaba despejado y se veía toda la naturaleza en su esplendor, ahí si pude ver los cerros, las lagunas, las corrientes de agua cristalinas y pude valorar el sacrificio que hizo el Ejercito Libertador por nuestra independencia. Gastamos como dos horas más de tiempo, pero satisfecho con el viaje llegue a casa molido por el cansancio y con la cola adolorida por estar tanto tiempo sobre un caballo.

Texto agregado el 29-04-2016, y leído por 47 visitantes. (0 votos)


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