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Acostumbro a escuchar conversaciones, describir paisajes o contar anécdotas que se cruzan conmigo en la micro que a diario me transporta. Pero algo cambió en uno de esos cotidianos traslados. Resulta que, a mi mala vista y no muy buen oído, ahora otro sentido asomó su nariz y quiso él pasar a un primer plano en mis relatos. Me refiero, al olfato.
Siempre me había negado a escribir de él y una de las razones a mi rechazo, era su notoria incapacidad para ofrecer una totalidad de cualquier aroma y no sólo insinuaciones a medias de fragancias perdidas, como hasta ayer lo había hecho.
Por ejemplo, como cuando me senté junto a un hermosa dama que desparramaba a diestra y siniestra inefables aromas seudofemeninos; o cuando me cacheteó una mezcla de olor a cemento con sudor, proveniente de las ropas de cansados maestros de la construcción.
En ciertas ocasiones este sentido a medias me ofreció lo que no supe si era el olor a fritura de pescado o carne de cerdo; o lo que era el olor a masas de harina cruda con un cocimiento de pasta italiana. Nunca supe si lo que olí una vez fue la frescura de una ensalada a la chilena o una muy bien preparada ensalada de lechugas con tomates y harto limón, tras recibir una bocanada de aromas de unos pasajeros que parecían ser cocineras y garzones. Hubo también momentos muy desagradables, por ejemplo cuando en una ocasión penetró por mis ventanillas nasales un apestoso aroma que no supe si era a trasnochado vino cañero o a una chicha con frutilla, que exhalaba un borracho que no dejaba de roncar en un asiento cercano al mío; o ese otro olor que escapó de un hermoso perrito lanudo, que viajaba en brazos de una niña, el que producto del mareo, vomitó de improviso, lanzando nauseabundos restos (cuyo olor no pude identificar) de comida en las ropas de un descuidado pasajero. Para qué hablar de ese infaltable olor o pie transpirado o bototo demasiado usado, que se deja sentir en aquellas micros atestadas de pasajeros
De los olores se puede estar hablando toda una tarde. No es erróneo afirmar que según la estación del año es el olor que se apodera del ambiente. En época estival, por ejemplo, abunda el olor a carne tostada, el olor a sal y cochayuyos, el olor a agua salada y a protector solar. Se respira un olor a juventud, a traje de baño húmedo, olor a toalla, a conchas de moluscos y a arena de playa; hay olor a sandalias nuevas, olor a pelotas de plástico, olor a pelo húmedo, olor a cuerpo femenino, olor a desnudez; son olores más agradables, más necesarios, tal vez. Son olores rejuvenecedores, que de alguna manera despiertan y afinan más nuestros sentidos.
Pero, me había prohibido hablar del olor en las micros, precisamente porque cuando lo intenté, junto con reconocer que mi capacidad olfativa no es de las mejores y que estaba frente a un relato cojo, recordé también e inmediatamente, a Jean Baptiste Grenouille, personaje principal de la novela "El perfume" obra llevada al séptimo arte, del escritor y cineasta alemán Patrick Süskind. En la novela, Jean, es un verdadero elegido para identificar la más diminuta fragancia distinguiéndola y clasificándola de entre una multitud de otros aromas. Obviamente no podía yo competir con este famoso Jean, quien termina convirtiéndose en un despiadado asesino en serie, obsesionado en descubrir la esencia misma del aroma más sublime. Obsesión que, por cierto, logra satisfacer. Por esas razones; olfato a medias, relato cojo y tener al frente un verdadero maestro, hasta allí no más llegaban mis deseos de abordar el tema...
Pero eso fue hasta ayer; sí, hasta ayer, cuando un viejo de edad, con un bolso en sus hombros y un gorro de lana en su cabeza, con sus ropas notoriamente manchadas de no sé qué, pero que olía fuerte; su rostro tiznado con una poblada barba y una cara de agotado que daba pena, subió al micro y tiró su cuerpo con todo su cansancio en el asiento junto al mío. En ese momento, en ese preciso momento en que la persona del viejo topó el asiento, me golpeó un airecillo especial.
Las ventanillas de mis narices al máximo de abiertas recibieron esa nueva fragancia que emanaba de las ropas del anciano. Era algo diferente, que no había tenido la ocasión de experimentar dentro de un micro de la costa. No fue un olor a playa ni a sal, ni a gaviotas ni nada por el estilo; no, fue un golpe alegre lleno de vida, no a sudor de un cuerpo agotado por el trabajo, no, su olor fue de árbol, de madera recién talada, de piñas de ciprés, a dulzor de savia lastimada por la hacha; fue como una mirada verde, fresca. Este nuevo olor venía mezclado con otro olor, como una armonía de cuerdas y vientos; con un olor con sabor a menta natural, eran bayas de eucaliptus, era leña recientemente herida; un olor a corteza virgen de árbol joven; entonces, pinos y eucaliptus danzaron en perfecta armonía en la entrada de mis narices.
Ese olor a campo me trajo recuerdos que me transportaron a mi niñez, a un barrio que ya se había ocultado desde hace mucho tiempo quizá en qué recovecos de mi memoria. De pronto me vi encaramado jugando en la altura de las ramas de mi ciprés plantado en una casa del barrio de mi infancia.
A veces vienen, de improviso, sin aviso, estas fragancias que a uno lo hacen viajar a otros lugares, a otras épocas; que se apoderan por un minuto, por un segundo del presente y que mientras duran nos dejan una agradable sensación que apacigua el alma, que tranquiliza el desorden y el apuro de la vida. Un olor que a uno lo obliga a tratar de escribir algo coherente o que uno cree que es coherente.
El viejo se bajó del micro en Cartagena y dejó el olor abordo el que me acompañó luego hasta mi casa, como si yo fuese un viejo amigo de él a quién no había que dejar solo. Pensé que se había completado la historia, por eso me decidí a escribir este relato.

Texto agregado el 16-05-2016, y leído por 87 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
17-05-2016 Entretenido relato. Es así; coincido con Clorinda. mialmaserena
16-05-2016 Cada UNA tiene el suyo -digo. Saludos Clorinda
16-05-2016 Me gustó mucho tu texto,con tan sabias reflexiones. Hay olores inolvidables, como los de las casas, por ejemplo....Cada uno tiene el suyo, que la identifica, y el de las personas, que por más que lo disfracen con desodorantes y perfumes, resulta parte de la personalidad de cada uno. 5 ***** Clorinda
 
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