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“Así debe ser…”


Ni filósofo, ni médico, ni artista; ni menos un gran científico. Sólo, alguien parecido al señor Cordero, ese personaje mirado a menos, pero orgulloso de si mismo, del cuento “Los grandes destinos”, de Luis Alberto Heiremans, y que se entretenía creando perfiles sicológicos de los pasajeros que con él viajaban en el mismo bus.

Yo no especulo sobre qué hacen, qué piensan, ni quienes son mis eventuales acompañantes en el transporte que a diario me zamarrea. Lo mío es tratar de despojarles, sin que ellos se den cuenta, una gota de sus vidas y de sus filosofías cotidianas durante el corto trayecto de mi casa al trabajo.

Mi técnica es sencilla y quizá más de alguien también ha usufructuado de ella: Aguzo mis sentidos y alerto las hélices de mis orejas. Con ello, creo poder separar la paja del grano; o dicho de otra forma, abañar la idea justa del mensaje evitando que ésta se contamine entre tanta palabrería, o se confunda con el monótono ruido del motor del micro.

Sombrero de paja, como nuevo, pero usado, encasquetado hasta el mismísimo fondo en una cabeza poblada de entrecanos pelos, propietaria ella de un rostro envejecido, cicatrizado de gruesas arrugas, seguro producto de una difícil vida, que para ganar cada segundo, debió enemistarse tozudamente con el día y con la noche, con el frío y con el calor… o con la tierra.
¡Ah!…, pero nada de ese bestial trabajo fue suficiente para voltear a esa habitante media reseca y ovalada, orgullosa ahora con su sombrero de paja, que inquieta se mueve de un lado para otro; ella, con ojos claros y escrutadores, viaja erguida y alerta como ninguna de las que allí hay. Parece tener vida propia. Todos quienes suben o bajan del micro, se quedan como paralizados al enfrentar aquella cabeza que domina todo el espacio. La mayoría rehúye el choque de miradas con ella.

Su interlocutor, es un tipo más joven, podría asegurar sin temor a equivocarme que es completamente diferente al hombre del sombrero de paja, y esto no lo digo porque yo construya un rápido y detallado estudio de su personalidad; no, no, no, simplemente, la mampara que separa al chofer de los pasajeros, me niega la misma nitidez con la que desnuda al abuelo; sólo veo en el vidrio unas sombras borrosas semejantes a dos hombros caídos; la brillantez de una prominente calvicie y otra pequeña mancha, más oscura, que parece ser su cara, ubicada entre lo que creo son esos hombros y su cabeza redonda… No facciones, no ojos, no sonrisa… En forma natural, todo él se minimiza.

Después de conversar varios temas de vana importancia, al menos para mi, el más joven masculla una pregunta: “¿Y qué es de Roblero?”. Su voz parece cansada y sus palabras hay que adivinarlas, como se adivina la palabra olvidada, como se adivina el quejido de la ola lejana.
El abuelo, le pide que repita la pregunta y luego estalla de sus labios una voz torva pero fuerte y con un notorio acento campesino:

- “Falleció recientemente, hace como un mes, más o menos”.

El acento queda, la claridad en su modulación también, pero la voz del anciano de pronto pierde su fuerza y se desvanece en melancólicas frases de resignación y tristeza. A duras penas atrapo su comentario:
- “Éramos muy buenos amigos. Se lo llevó la diabetes y no sé qué otra enfermedad. Yo supe de su partida, pero… Éramos muy buenos amigos, él no tenía muchos, era reservado en ese sentido y cuando lograba establecer una amistad, esa palabra no le quedaba grande… He sentido mucho su partida… todavía lo siento. Yo era uno de los pocos con los que él conversaba…”

- ¿Y no le avisaron, compañero?

- Si, pero no fui… bueno, en verdad fui.

- ¿Cómo es eso? ¿Fue o no fue?

- “Eso es lo peor de todo. Yo conocía sus deseos, muchas veces hablamos del tema. El quería que lo velaran en su casa. Siempre me decía que cuando muriera quería estar en su casa, con su familia. Yo le prometí que si él se iba primero yo iría a velarlo a su casa, a ninguna otra parte, aunque no estuviese su cuerpo allí. Y eso fue lo que hice… Estoy seguro que él estaba por ahí rondando, mientras su esposa e hijos lo lloraban en otra parte. Conversé mucho con él esa noche en las afueras de su casa, en su jardín, con sus flores y árboles”.

- Se pasó compañero… tenía que haberlo estimado mucho.

- Creo que fui el único que lo veló de verdad. No debieron haber hecho eso con él. Yo no permitiré que hagan lo mismo conmigo. Yo he dicho a mi familia que si me voy antes, preparen todo en mi casa. No permitiré otra cosa…nada de capillas, ni parroquias, ni salones alejados de mi hogar. En mi casita. Donde debe ser. Además, es la última vez que voy a estar allí… ¡qué tanto apuro por sacarlo a uno tan rápido!… Y él que daba todo por su familia… compró la casa, educó a sus dos hijos, amaba a su mujer.
Eso está malo. Uno compra su casa para vivir en ella y para morir en ella, así debe ser.

- Si se va usted antes que yo, compañero, de todas maneras iré a velarlo a su casa, esté usted allí o no…
- ja, ja, ja, gracias. Allí estaré.

Allí estará.

Texto agregado el 17-05-2016, y leído por 57 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
17-05-2016 Sí, seguramente así debe ser... MujerDiosa
 
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