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En días pasados tuve oportunidad de visitar la ciudad de Guadalajara, Jal., conocida también como la perla tapatía. Es una ciudad floreciente, vanguardia en el desarrollo turístico, comercial y deportivo. Empresas de prestigio internacional tienen oficinas en su área metropolitana. Cuna de dos importantes universidades, la Autónoma de Guadalajara y la Universidad de Guadalajara, que rivalizan en el aspecto deportivo, la pasión es desbordante cuando se enfrentan sus equipos de futbol, me señalaba con conocimiento de causa, un estudiante de la Universidad Autónoma.
Después de cumplir con el acto académico que me trajo a esta ciudad, salimos cuando caía la tarde rumbo al pueblo de Tlaquepaque, lugar típico del folclor tapatío, con su agradable plaza El Parián; música, bullicio, festejo, tequila y mariachi predominan, en donde los comensales se sientan en cómodos sillones de cuero con descansa brazo llamados “equipales”. Desde mi lugar pude observa hacia el interior, un bar lleno de vinos y tequilas finos. Con platica amena y sustantiva comentamos lo realizado por la mañana, un eficiente mesero sirvió la primera copa a todos, se levantó Hugo nuestro anfitrión, y con la copa tequilera en mano sentenció: bien señores como se bebe aquí, ¡de un sorbo y sin pensarlo…salud!
Y todos de forma automática realizamos esa invitación, el contenido de la copa se deslizó en caída libre por la laringe hasta llegar a varios estropeados estómagos. Seguido de la clásica chupada al limón con sal.
Unos turistas de acento francés ocupaban la mesa contigua, departían amistosamente también un tequila, uno de ellos de aproximadamente 30 años con rostro de adolecente era el más animado, se acercó y pidió a Hugo que deletreara la frase dicha antes de beber el tequila. Con toda la paciencia del mundo y como si estuviera enseñando a un niño de primera letras, se la repitió.
Después los platillos tradicionales de la región inundaron nuestra mesa, platos de pozole, birria y torta aguada, y como era de esperarse una segunda ronda de tequila con la reiterativa frase: de un sorbo y sin pensarlo.
Como era de esperarse esa comida poco a poco fue desplazada por el consumo de tequila, los estragos del mismo empezaron a manifestarse, lo curioso de todo esto fue que en determinado momento, se juntaron la mesa de los franceses con la nuestra, no supe en que momento el mesero realizó esta acción, el caso es de que ya charlábamos de forma ordinaria como si tuviéramos años de conocernos. Me di cuenta que resaltaban el tequila comparándolo con la exquisitez del vino francés, nos hablaron de sus viñedos, de las mujeres francesas y por supuesto de Paris. El francés de rostro adolecente estaba obsesionado de que le habláramos del sureste mexicano, y expresaba su deseo de alguna vez llegar a conocerlo.
Concluyo, percibo que los franceses jamás olvidaran su estancia en Guadalajara y la frase que les enseñó Hugo, no me cabe la menor duda de que aquellos cuatro franceses esa noche se olvidaron por un momento de sus famosos perfumes, de los ataques terroristas que sufrió Paris, de Francois Hollande, de sus monumentos significativos como la Torre Eiffel y el Palacio de Versalles, y por supuesto, el cómplice tequila hizo que olvidaran también el famoso vino espumoso que todos conocemos como Champagne.

Texto agregado el 27-05-2016, y leído por 64 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
17-12-2016 "De un sorbo y sin pensarlo", me recuerda a: ¡Viva México cabrones! y esa placita provinciana a la de Garibaldi, en la ciudad de México; donde he estado cientos de veces, aunque ninguna para tomar; no sé por qué. Pato-Guacalas
02-10-2016 una exelente muestra de cultura etilica satini
 
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