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Inicio / Cuenteros Locales / ANTEELTECLADO / Oda a Cristo

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Todo tiene su tiempo y su medida,
sus mil codos de ríos estimados,
sus cordeles que trazan a los lados
caminos que entrecruzan nuestra vida.

Todo tiene su espacio y su momento,
sus seis codos y un palmo de grandeza,
su lapso bajo el sol y su belleza
en un breve, en un largo esparcimiento.

Por eso te situaste tras paredes
en un mundo de límites comunes…
¡Tú, Señor, que en tus manos nos reúnes
como un montón de peces entre redes!

Por eso te encontramos en un templo,
creciendo en estatura como en gracia,
escuchando a la antigua aristocracia
del judío ortodoxo, sin ejemplo.

¡Oh, Señor! ¡Oh, mi Cristo bondadoso!
¡Piedra angular del templo que nos fraguas!
¡Oh, voz del propio fuego y de las aguas!
¡Oh, voz del mismo viento tempestuoso!

Fuiste creciendo en gracia, en estatura…
(¡Adiós a aquel pesebre en un establo!)
¡Tú venciste al desierto como al diablo
por esa sed de amarnos con locura!

¡Cuánto milagro, al fin, nombrado en vano!
¡El milagro eres Tú, mi Cristo eterno!
¡Pues tiemblan hoy las llamas del infierno
al soplo de tu aliento soberano!

Un milagro, y otro más… ¡Y Tú en la viña
del mundo que sostienes con tu diestra!
¡Consumador y autor de la fe nuestra,
del viejo Nicodemo que se aniña!

¡Qué inmensa tempestad aún nos calmas
al pneuma de tus labios entreabiertos!
Los muertos ya no entierran a sus muertos,
¡porque diste tu vida a nuestras almas!

Porque entonces andaban los sermones
de la voz más antigua de la tierra,
armándonos de paz para la guerra,
de simple caridad, para los dones…

¿Qué midieron los ángulos, los planos,
las rudas geometrías, logaritmos?
¡Que tu kairós unía nuestros ritmos
en comunión de cielos y de llanos!

¡Oh, mi Señor del manto tumultuario!
¡Oh, mi Señor del árbol sicomoro!
¡Oh, mi Señor del tránsito y del lloro
al ver tu templo en lapso lapidario!

incalculable Gracia que la mente
hoy procesa en imágenes veloces:
la Cena, la traición, aquellas voces,
la corona de espinas en tu frente.

“¡A Barrabás!”, decía el fariseo.
“¡A Barrabás!”, el amo y los esclavos…
¡Y al nazareno el Gólgota, los clavos,
en impiadoso y sordo martilleo!

¡Oh, mi Señor, aún cortan los azotes
las arterias del viento que te llama!
¡Aún grita tu sangre entre la grama
la ceguera de impíos sacerdotes!

¡Y el madero en tus palmas, mi Señor,
como otrora en las manos de tu oficio,
arrastró por el margen del suplicio
la medida apropiada de tu amor!

¿Cuánto midió tu cruz exactamente?
¿Cuántos pies, cuántos palmos, cuántos codos?
¿Qué cuenta se presume entre los nodos
para mediar al Hijo entre la gente?

Se agotaron tus fuerzas yendo en pos
de un destino que dobla las rodillas…
Del madero saltaron las astillas,
de tus ojos, las lágrimas de Dios.

¡Oh, mi Señor del pan en partimiento,
del sangrar, del martirio sacrosanto!
¡Se te cayó la cruz en el quebranto
de un divino, inhumano sufrimiento!

Si es intentar medir tu agotamiento
calcular lo que un cálculo no tiene,
¿cuánto cargó Simón, el de Cirene,
al arrastrar tu cruz por un momento?

¿Cuánto duró tu andar si, a cada paso,
toda la eternidad se estremecía?
¿Cuánto arrojó tu amor por esa vía
del rojo en fuga del sanguíneo vaso?

¡Cómo saberlo acaso! ¡Si no hay vara
que se extienda a lo largo de los suelos!
¡Cuando fijaste el rostro hacia los cielos,
quedaron fe y promesa, cara a cara!

Hacia tu padre el rostro, y tu figura
sobre el madero al fin, desparramada…
¿Qué contempló en los hierros tu mirada,
cuánto de comprensión y de locura?

Los clavos en tus pies como en tus manos
quebrantaron los límites del hombre…
¿Cómo se llama aquello? ¿Tiene nombre
un río de pureza entre pantanos?

Se ajustó la madera a la penumbra
de la base prevista en el terreno,
¡y te alzaron de pronto, nazareno,
cual sol enrojecido porque alumbra!

“¡Elí, Elí!”, Tú clamabas como Hijo;
“¡Elí, Elí!”, Él oiría como Padre…
¡Qué medida tomar para que cuadre
la humana bendición que te maldijo!

Las nubes congregaron su sentencia
tras ver tu cuerpo herido por la lanza…
¡Cómo alcanzar medir lo que no alcanza
a tener descripción en su apariencia!

¡Los muertos despertaron con tu muerte!
¡La Tierra se agitó, porque temblaba!
¡Y en el templo del velo que se ajaba
los escribas corrían por su suerte!

¡Ay, Señor! El sepulcro en que estuviste
callaba la obra adámica y deicida;
y en la mudez del Verbo sin medida
perdía el nombre todo cuanto existe.

¡Ay, Señor! Pero estaban tus palabras
tronando en los flamígeros subsuelos,
divinizando vida hasta en los duelos
con la mano invisible que nos labras…

Y luego apareciste en Emaús.
y luego nos mudaste las miradas,
pues cruzando las puertas más cerradas,
¡volviste por nosotros, mi Jesús!

¡Qué pared, qué cerraje, qué techumbre
puede pensar acaso detenerte!
¡Qué otra herida tocar para creerte
más alto que tu cruz sobre la cumbre!

¿Cuál es el fin del fin, cuál es, insisto,
la razón de este cálculo sin marcas?
¡Es tener que menguar por lo que abarcas,
mi gran, mi enorme, mi sublime Cristo!

L.G.C.

Texto agregado el 27-06-2016, y leído por 193 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
20-04-2017 "Dios le dictaba el argumento" filiberto
13-08-2016 La fe es un regalo precioso que debemos saber conservar... Preciosa oda al Señor. PiaYacuna
08-08-2016 Bendito amor. rhcastro
27-06-2016 No estoy de acuerdo con Sigfrido, tú no vendes Fe, la fe no se compra, se tiene o no se tiene.***** Saludos. ome
27-06-2016 Has regresado pisando fuerte con esta hermosa poesia.Bienvenido querido amigo.UN ABRAZO. gafer
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